09 de agosto de 2009
09.08.2009

Alfredo Mendizábal, el pacifista al que los dos bandos de la guerra quisieron destruir

Un libro recupera la figura del que fuera catedrático de la Universidad de Oviedo, fundador del Comité Español por la Paz Civil, que luchó por un final dialogado

09.08.2009 | 02:00

Oviedo, Eduardo GARCÍA


Alfredo Mendizábal, aragonés de nacimiento, asturiano de adopción, fue catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Oviedo, y es un perfecto desconocido para la mayoría de asturianos. Su figura, sin embargo, cobró especial trascendencia durante los primeros años de la Guerra Civil española cuando promovió en París, en febrero de 1937, el Comité Español por la Paz Civil, un intento de evitar la sangría y de llamar a la negociación de la paz. El propio Mendizábal escribió: «Nuestra posición no era cómoda... Sospechosos para los dos campos, se nos reprochaba por indecisión, falta de opción o compromiso». Republicano y católico profundo, dos mundos no incompatibles, Mendizábal, asturiano de vocación, promovió el Comité por la Paz junto a un grupo de intelectuales a imagen y semejanza de los que ya se habían creado en Francia e Inglaterra y apoyado por dos de las grandes figuras del pensamiento europeo de la época, el francés Jacques Maritain y el italiano Luigi Sturzo, creador del Partido Popular italiano.


Un libro trata de rescatar ahora una figura imprescindible del derecho y de la reciente historia de Asturias, editado por el RIDEA y firmado por Benjamín Rivaya, Etelvino González y Rafael Sempau. «Queremos que sea el primer paso en la recuperación de la memoria de Mendizábal». El libro incluye el esbozo de lo que iban a ser las memorias del catedrático, que recoge intensos episodios de su vida, como el sufrido durante la Revolución de Octubre en Oviedo.


A Alfredo Mendizábal la revolución le sorprende en un hotel de la calle Fruela, en Oviedo. Clientes burgueses, piensan los estúpidos alzados en armas: hay que ejecutarlos. Los reúnen a todos, los mandan bajar a la calle y, según salen, les disparan. Matan a algunos, pero una bomba que estalla en las cercanías obliga a suspender momentáneamente la función. Mendizábal se libra por los pelos. Minutos antes de la ejecución logra hacer llegar un mensaje a su amigo el diputado socialista Teodomiro Menéndez, que ordena su inmunidad.


El golpe de Estado militar que da lugar a la Guerra Civil española sorprende a Mendizábal fuera del alcance de las balas. De nuevo la suerte le sonríe. Está en Londres, en un congreso. Cuando se entera de las noticias, quiere regresar cuanto antes, pero su familia le convence de que no lo haga, ante el riesgo de un desenlace trágico. No era para menos. Las oleadas de barbarie se llevan por delante a dos amigos íntimos de Mendizábal, Leopoldo Alas y Jesús Arias de Velasco, ambos rectores de la Universidad en distintos momentos.


Mendizábal se pone a trabajar por la paz tan intensa como inútilmente. Su posición le supone que es depurado de su cátedra en la Universidad de Oviedo por los dos bandos contendientes. El que más se apuró fue el franquista. La Comisión Depuradora del Profesorado Universitario le abre expediente en febrero de 1937. En el informe interno se recordaba que Mendizábal «había trabajado entusiásticamente por lograr el indulto de Teodomiro Menéndez y de González Peña, condenados como dirigentes de la Revolución de Octubre».


El bando republicano -explica Benjamín Rivaya- le sancionó de igual forma. «Fue el ministro comunista de Instrucción Pública, Jesús Hernández, quien firmó la destitución. Tras él se hallaba Wenceslao Roces, convertido ya en dirigente del Partido Comunista y subsecretario del Ministerio». Roces era un buen amigo de la ortodoxia, por decirlo de la forma más educada posible. Muchas décadas más tarde sería nombrado senador por Asturias en las primeras elecciones democráticas, pero pronto dejó el cargo.


El filósofo asturiano José Gaos le había pedido a Mendizábal adhesión a la causa republicana. «La única adhesión que podía pedirle era la de no secundar la insurrección ni apoyarla de forma alguna», dice Rivaya. Pero no fue bastante.


Al acabar la guerra, primero desde Francia y después desde su destino más estable, los Estados Unidos, ayuda a fundar en 1940 la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero.

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