23 de noviembre de 2010
23.11.2010
 

«Katia Kabanová», al límite de la opresión

La primera función de la ópera de Janacek se desplegó según una escena desoladora y una música trepidante bien servida por los cantantes y la orquesta

23.11.2010 | 01:00

La ópera «Katia Kabanová», de Leos Janacek, que se ofreció el pasado domingo en el teatro Campoamor de Oviedo impresionó. La atmósfera casi irrespirable, como indicaron ayer los contertulios citados por LA NUEVA ESPAÑA, se trasladó de la escena a la sala y nadie se sintió indiferente ante una representación de calidad, aunque con aspectos discutibles como, según indicaron, el hecho de ofrecerla de un tirón, si ningún descanso.

Oviedo, Javier NEIRA

La tertulia se celebró en la tarde de ayer en el auditorio Príncipe Felipe de Oviedo y, como indicó alguno de los participantes, precisamente en el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos.

RAÚL GARCÍA. La ópera se estrenó en 1921. Se desarrolla en una aldea hacia el año 1860. Es trepidante, tremendista, cruda, descarnada y naturalista. Presentada aquí con criterios minimalistas, según una búsqueda en la que creo que el escenógrafo acertó. Una zona superior oscura, que oprime la escena, a los personajes y también al público que los está viendo evolucionar. Los mismos muros también contribuyen a ese ambiente de opresión. Y las puertas, que parecen de una cárcel. Hay ahí ideas de Brecht al establecer la escena como una caja dentro de una caja, con lo que se acentúa la sensación de opresión y de prisión. Claro que no todo han sido virtudes, hubo defectos que a lo largo de la tertulia, sin duda, vamos a abordar.

ALICIA LASPRA. Si hablamos de la escenografía, estoy de acuerdo con lo que dices en términos generales, al menos. Como aficionada a la ópera y apasionada, creo que el título es bueno y la función en sí misma es musicalmente correcta. Bien las voces. Pero por así decir, yo mañana no volvería a verla, no repetiría, no asistiría a otra función. Sin embargo, a otras óperas que vemos aquí o en otros teatros volvería sin duda al día siguiente y encantada. Max Valdés, el director de la orquesta, de la OSPA, ha dicho algo así el otro día al afirmar que de alguna manera se trataba de que los espectadores saliesen desconcertados. Quizá se trata de transmitir una sensación que realmente a mí no me apetece volver a repetir al menos en poco tiempo. Y eso no me parece una virtud.

CARMEN GARCÍA TRELLES. Ciertamente, es más tragedia que, por ejemplo, «Jenufa», del propio Janacek, que vimos aquí no hace mucho.

RAÚL GARCÍA. En cuanto al ambiente, quizá.

ALICIA LASPRA. Y no me supo, precisamente, a mucho la decisión de quitar los intermedios. Cambiaban la escenografía sólo con unas breves pausas y el conjunto se redujo a una hora y tres cuartos. Nos robaron dos descansos.

CARMEN GARCÍA TRELLES. En el Real se ha hecho con un descanso antes de la tormenta, que es el pasaje central y clave.

RAMÓN SOBRINO. Es así como plantea la ópera el propio compositor, con seis cuadros seguidos. Es la forma y la disposición adecuada para llegar al clímax, a la tormenta.

ALICIA LASPRA. Es ópera y es teatro, en el programa te dicen que es una representación en tres actos y resulta que se ofreció en uno solo.

CARMEN GARCÍA TRELLES. Que sea en tres actos hace referencia a la estructura de la representación, no que deba haber descansos separando los actos. Puede haberlos o no, según el planteamiento concreto que se decida realizar.

ALICIA LASPRA. Si se hubiesen establecido los descansos, se habría masticado mejor la obra y se habría podido saborear más. Pero no, se hizo erróneamente sin pausa.

RAÚL GARCÍA. Es una dramaturgia sin pausa, por eso precisamente no se establecen descansos. Es un ritmo continuado. De ahí la tensión que ya comentamos. De ahí también que el enamoramiento y las sucesivas escenas de amor sean completamente fugaces. No es Bellini, donde una escena amorosa se extiende a lo largo de diez minutos. Es exactamente lo contrario para subrayar el carácter azaroso y tormentoso de las relaciones humanas.

CARMEN GARCÍA TRELLES. El planteamiento es el adecuado y, si no suficiente, sirve para que el conjunto de la obra funcione con el ritmo y las obsesiones que anidan en los personajes.

RAÚL GARCÍA. Casi ni se besan y ésa es una aportación genuina de Janacek, que subraya el mismo planteamiento con la música.

CARMEN GARCÍA TRELLES. La claustrofobia en que viven las mujeres creo que se lleva a escena de una forma un tanto exagerada. El desarrollo es campestre, deben oírse los pajaritos, ver el sol y los árboles. Eché de menos mucha más luz y no tanto agobio. Y es que si el libreto es un agobio no tiene mucho sentido subrayarlo más aún con la escenografía.

ALICIA LASPRA. Algún lance como cuando el marido tira al suelo a Katia me pereció del todo excesivo.

CARMEN GARCÍA TRELLES. En vez de un abrazo le da un empujón.

RAÚL GARCÍA. La escena en general es casi propia del expresionismo abstracto y enlaza con el existencialismo. Janacek se adelanta a su tiempo. Aunque a propósito de lo que estáis diciendo, por ejemplo, es cierto no se ve el río, tan importante.

RAMÓN SOBRINO. La dirección de los cantantes quizá no fue tan cuidada como suele serlo en Oviedo.

RAÚL GARCÍA. El director de escena no estaba aquí. Sospecho que eso se ha notado. Katia es como Ana Karenina y otros personajes femeninos rusos capitales. Pero no ha aparecido así. Tiene una alegría de vivir que no se ha expresado. Y se suicida sin transmitir nada. Sí se puede subrayar positivamente de la dirección de escena cuando la madre da instrucciones a su hijo puesto de espaldas, de cara a la pared. Salvo eso, no hubo dirección de escena.

CARMEN GARCÍA TRELLES. Y la obertura debería ofrecerse con Katia en escena. Un comienzo mucho más emotivo.

RAÚL GARCÍA. Max salió a dirigir sin que se le viese, una forma impactante que llevó a parte del público a aplaudir cuando ya había empezado a tocar la orquesta.

RAMÓN SOBRINO. Fue un acierto no haber actualizado la ópera. Los trajes y todo eran de la época.

RAÚL GARCÍA. Bien, asimismo, la presentación de los campesinos, que recordaban a los de «Novecento».

CARMEN GARCÍA TRELLES. Janacek es un precursor o un avanzado en la estimación del papel de la mujer en la sociedad y eso se nota en todas sus obras y en ésta en especial.

ALICIA LASPRA. Y en lo negativo, también; ahí está el papel de la suegra. Terrorífico.

RAÚL GARCÍA. La suegra se corresponde más con el papel de jefe de un grupo que con el de mujer.

CARMEN GARCÍA TRELLES. Es Bernarda Alba.

RAÚL GARCÍA. Hay un gran paralelismo. Incluso en el final, donde tras la muerte no pasa nada. El Volga sigue, no pasa nada.

ALICIA LASPRA. Es puro naturalismo, que, como se ve en esta tertulia, se ha impuesto incluso a la música.

RAÚL GARCÍA. Ha comentado Max Valdés que una violinista rusa de la orquesta le contó que en su país impactó en su día tanto esta ópera que a las suegras autoritarias las llaman Kabanija en el mundo rural.

RAMÓN SOBRINO. Quizá sea el revés, quizás el personaje esté cogido de un arquetipo femenino de la Rusia rural tradicional.

RAÚL GARCÍA. Hay que ver, asimismo, el contexto personal. Janacek perdió a dos hijos, entró en crisis con su mujer, triunfó con «Jenufa» por fin. Es el tiempo de la I Guerra Mundial y del colapso del Imperio austro-húngaro. Rechaza con fuerza la burguesía checa.

RAMÓN SOBRINO. Hay que ser humildes con el repertorio que conocemos. Se da una repetición de unos 90 títulos década tras década. Pero se ha recuperado a Janacek y se empiezan a recuperar y estudiar partituras. Se hace en otros países y debería hacerse también en España, si hubiese verdadero interés. Existen verdaderos operones del verismo español, de Bretón o de Chapí, casi en el olvido. Hay que normalizar muchas cosas como, por ejemplo, que las orquestas conozcan bien a Janacek.

RAÚL GARCÍA. Janacek es complejo y está influido por la música popular checa, por Smetana, por Kodaly, por Wagner y por Stravinsky, entre otros. El resultado es maravilloso, aunque algunos vean demasiada complejidad.

RAMÓN SOBRINO. Lo que hay es una hiperorganización estructural. No hay desorden. Cuentan muchos años de trabajo con elementos wagnerianos, entre otros.

RAÚL GARCÍA. Con asimetrías.

RAMÓN SOBRINO. Con seis cuadros con una clara unidad.

RAÚL GARCÍA. Y con momentos bellísimos, líricos, que se cortan de golpe con una música muy dura.

ALICIA LASPRA. La música se podía seguir incluso visualmente por las intervenciones de los instrumentos de la orquesta, tan claras y diferenciadas. Es teatro cantado.

RAÚL GARCÍA. Así empezó en su día la ópera. Por eso hay que volver sobre este título.

ALICIA LASPRA. Quizá muchas orquestas no estén preparadas para obras así.

RAMÓN SOBRINO. La ruptura que protagoniza Janacek es menor que la que supuso Wagner y ahora parece continuación. Y lo mismo ocurrió con Berg o con Strauss.

RAÚL GARCÍA. Del conjunto de los cantantes, la mejor, a mi juicio, fue la intérprete de Varvara. También destacó el coro.

CARMEN GARCÍA TRELLES. El que menos, Tijon.

RAMÓN SOBRINO. Lo que ocurre es que gustan más los buenos que los malos, los personajes positivos para los que Janacek escribe de una manera, que los negativos, a quienes no permite apenas lucimiento.

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