20 de enero de 2011
20.01.2011
40 Años
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Mirador de sombras

El Purgatorio

Una estación intermedia que, según el Papa, no es un lugar sino un fuego interior

20.01.2011 | 01:00
El Purgatorio

No les concedemos importancia a las estaciones intermedias, y ahora viene el Papa a decirnos que el Purgatorio no es un lugar, sino un fuego interior. Mas, ¿a quién le preocupa el purgatorio? Por lo general, antes, preocupaban el Cielo y el Infierno, la salvación eterna o la condenación sin límites. En esta inamovible geografía de la otra vida, el Purgatorio era un híbrido con escenografía infernal y esperanza celeste. Se padecían en él las penas del Infierno y se disfrutaba de una esperanza de la que carecen los bienaventurados: la de algún día, una vez purgadas las culpas, gozar del Cielo. El que está en el Cielo no puede aspirar a ninguna otra cosa, a diferencia de los ex jefes de Gobierno, que pueden recibir sueldos millonarios por asesorar a empresas en asuntos en los que no están especializados: ya ha llegado a lo más alto que se podía llegar. Tampoco los que se encuentran en el Infierno, donde «lasciate ogni speranza, voi ch'entrate». Infierno y Cielo son para siempre, mientras que el Purgatorio es lugar de paso, y lo que caracteriza a estos sitios es la provisionalidad. El ser humano se acomoda bastante bien a las situaciones que no son definitivas, en las que es posible encontrar consuelos. En el caso concreto del Purgatorio se piensa: «Ya pasará», y las quemaduras serán curadas con bálsamos celestes, o bien: peor sería estar en el Infierno.


La concepción habitual del Purgatorio es la de un lugar tan candente como el Infierno. No difieren Purgatorio e Infierno en la intensidad del castigo, sino en la duración de la pena. Es una cuestión de tiempo, que en realidad tiene poca importancia tratándose de la eternidad. Que ahora el Purgatorio no sea un fuego de hoguera sino un «fuego interior» es rebajar aún más su categoría, porque el castigado observa con mayor tranquilidad las penas psicológicas que las físicas. Asimismo, el Papa, ilustre teólogo, contradice a Dante, quien describía el Purgatorio como una montaña con topografía precisa: un cono truncado escalonado por cornisas que rodean todo el monte, y en la meseta que lo corona se encuentra el paraíso terrenal. Al final del canto XXVI del Infierno, Ulises, navegando hacia el Sur, avista «un monte oscuro por la distancia, tan alto como no había visto nunca otro». Los comentaristas aún discuten si se trata de la primera visión de la montaña del Purgatorio o del pico Teide, en Tenerife.


Refiriéndose al gran poema de Dante, T. S. Eliot observa que el Purgatorio es su parte más difícil porque la condensación (el Infierno) y la beatitud (el Paraíso) son más emocionantes que la expiación. Pero hay pecados que merecen ser purgados, aunque quienes los cometieron no merezcan estar eternamente condenados.


Le Goff nos informa de que la palabra «purgatorium» no existía como sustantivo hasta finales del siglo XII: hasta entonces, el Purgatorio no existía. Ahora el Papa nos dice que es un estado mental. Lo que, en gran medida, es una manera de dejar de existir.

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