05 de marzo de 2011
05.03.2011
Propiedad intelectual

"La ley Sinde se queda corta", advierte la industria musical

Antonio Guisasola, presidente de la patronal discográfica española Promusicae, dice que la piratería supone un "saqueo"

05.03.2011 | 17:56
Antonio Guisasola.

Antonio Guisasola es presidente de la Asociación de Productores de Música de España (Promusicae) y reflexiona en esta entrevista sobre la ley Sinde, la protección de los derechos de autor en Internet y asume cierta falta de "espíritu didáctico" por parte de las entidades de gestión para explicar el problema que supone la piratería.

-¿Cómo se valora la Ley Sinde desde Promusicae y la industria discográfica?

Constituye un primer paso positivo, todavía muy tímido pero en la dirección correcta. Durante la última década (y no hablo en sentido figurado, sino de sus buenos 3.650 días con sus correspondientes noches), la única ley que ha imperado en la música española ha sido la del salvaje Oeste. Nuestro sector ha sufrido ataques inaceptables, un expolio masivo primero en las mantas y luego en las redes. Hasta ahora, la clase gobernante había reaccionado con el viejo método de silbar y mirar hacia otro lado. Y no nos encontrábamos ante una cuestión baladí: estamos hablando de un sector que hace frente a un desplome del 80 por ciento en sus ingresos, de un saqueo que se ha llevado por delante varios miles de puestos de trabajo y de la pérdida de una parte sustancial de nuestro músculo creativo. Hemos salido perdiendo todos. No solo la industria musical, sino también la cultura española y, de forma particularmente devastadora, nuestra imagen y presencia en el exterior.

-¿Cree que será un beneficio para los creadores e Internet en general, como destaca el Gobierno, o se queda corta?

Se queda corta por el flanco, sobre todo, de las redes p2p, a las que el legislador no ha tenido el coraje de hincarles el diente. La ley puede servir para poner coto, en algo o en buena parte, a las páginas de enlaces, pero el intercambio de archivos entre particulares, ilegal aquí y en toda Europa, pese a las proclamas de los telepredicadores en contra de esta realidad, queda, una vez más, impune. Y la tozuda realidad indica que el 45 por ciento de los internautas españoles utiliza con frecuencia la red para transferir archivos protegidos por derechos de propiedad intelectual.

Pero expliquemos que es esto de intercambiar archivos: es coger sin permiso lo que es de otra persona y distribuirlo a todo el mundo, acabando con las posibilidades de que el creador de ese producto obtenga un rendimiento por su trabajo. Este expolio es lo que eufemísticamente llamamos intercambio de archivos.

Y en este robo generalizado España cuenta con el dudosísimo honor de ejercer como campeona europea; la media en el resto del continente apenas alcanza el 20 por ciento. Si la pasividad histórica de nuestra administración no tiene buena culpa de esto...

-Desde el mundo de Internet se les acusa de impedir la difusión de la cultura. ¿Cuál es su opinión?

En primer término, ignoro qué quiere decir eso de "el mundo de Internet" que es otro eufemismo que maliciosamente nos han colado. En este país se contabilizan más de 25 millones de internautas; usted y yo lo somos, y probablemente también nuestros primos, el tendero de la esquina, el ciclista que nos cruzamos por el Retiro y nuestros vecinos del tercero. ¿Con qué legitimidad unos cuantos internautas o blogueros se erigen en representantes de los usuarios de Internet? ¿Quién y cuándo los ha elegido para que ostenten semejante autoridad en un colectivo tan diverso y heterogéneo? Quienes hablan de que proteger la propiedad privada es impedir la difusión de la cultura tienen un grave problema: los remordimientos de conciencia del que roba y se busca una excusa romántica para justificar su propia cutrez. U otro más grave todavía: el cinismo. La cantinela de la cultura gratis es el movimiento más retrógrado y absolutista que he advertido en mucho tiempo. Primero nos expolian y luego nos explican que es por nuestro propio bien y por el de la ciudadanía. Y nos lo dicen, entre otros, señores que luego venden sus libros en las estanterías de las librerías, con su correspondiente código de barras y a 19,95 euros por ejemplar. ¡Caramba con los nuevos revolucionarios!

-¿Cómo se protegen los derechos de autor en otros países? ¿Supone la norma española equipararse a otros estados?

Aquí no estamos inventando nada nuevo. Es más, seguimos a rebufo, pero a bastante distancia, de nuestros vecinos del entorno occidental, países en los que, como en los casos de Francia, Reino Unido o Suecia, cuentan con un marco jurídico más avanzado y que, respetando escrupulosamente las libertades individuales, persigue -como no puede ser de otro modo- a quien pretende meternos la mano en la cartera, desplumarnos sin escrúpulos y, aun encima, convencernos de que nuestra reticencia al expolio forma parte de que somos unos "inadaptados".

Lamentablemente no es que España esté innovando en este tema sino, una vez más, lo que estamos es quedándonos a la cola del pelotón. Y eso en un mundo en el que la innovación y la creatividad están llamados a ser los nuevos factores de dinamismo económico nos va a pasar factura más pronto que tarde.

- ¿Cree que desde la industria no se ha sabido explicar los perjuicios que causan las descargas ilegales?

Los productores musicales nunca hemos renunciado a la autocrítica, aunque esta sea una característica poco extendida en nuestra cultura empresarial. Puede que, hace unos años, nos haya faltado espíritu didáctico, aunque también influye que nos hemos encontrado en la más estricta soledad a este respecto. No pocos usuarios de Internet han descargado, seguramente, material protegido desde una postura de cierta candidez, sin ser conscientes de las implicaciones que ello traía consigo. Ahora esa presunta candidez se ha superado y todo el mundo es consciente de lo que hace y sobre todo de lo que hace mal. Sean descargas ilegales o defraudar el IVA. Otra cosa es que nos queramos arropar en esa ideología falsamente libertaria para tranquilizar la conciencia, pero esa mentira tiene las patas muy cortitas.

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