08 de mayo de 2011
08.05.2011

La chimenea de La Cuadriella y el pozu San José, iconos en altura

La primera mina turonesa fue abierta en 1867 e inició casi un siglo de crecimiento económico y demográfico

08.05.2011 | 02:00

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La primera mina del valle fue abierta en 1867, pero el gran año histórico es el de 1890, cuando recala la empresa Hulleras de Turón y cambia los ritmos de vida de este rompecabezas geográfico que llegó a tener 140 aldeas y caseríos poblados. De todo ello, de la historia enraizada en las entrañas de la tierra, queda una impronta difícil de definir, y más ahora, en tiempos de última reconversión. A medio camino entre el orgullo por el pasado y el escepticismo frente al presente. Del futuro, Dios dirá.


La economía siempre fue mixta, de campo y mina, y cuando se alcanza el área recreativa de El Mosquil, tras superar la senda verde de La Molinera, esa simbiosis de sectores productivos aparece en toda su extensión. El edificio de oficinas que Hulleras de Turón tenía en El Mosquil debía de ser impresionante a la vista de sus ruinas, tres pisos de piedra robusta en medio del bosque, con su plano inclinado y la entrada a la mina, que pertenecía al grupo de La Güeria. Las ruinas inquietan, como ocurre más abajo con las de Santa Bárbara y su desnuda sala de máquinas. Y eso que en El Mosquil el día es magnífico y un par de potros saltarines le dan vida al paisaje. Funcionaba hasta allí un tren minero que salía de La Cuadriella hasta La Molinera, unos 8 kilómetros para subir y bajar a los trabajadores.


Bajo nuestros pies, explica Ángel Fernández Ortega, todo está horadado. El carbón bajaba por planos inclinados, uno tras otro, hasta su primer destino, La Cuadriella, donde se lavaba; y desde allí, por tren, hasta los puertos, fundamentalmente el de San Esteban de Pravia, para ser cargados camino del País Vasco a fin de alimentar los altos hornos. El trabajo de interior tenía mucho de épico, pero el transporte de la materia prima no se quedaba atrás.


Turón mantiene sus hitos en altura. Uno es el castillete del pozu San José, que ejerce de torre de catedral industrial (el nomenclátor turonés está plagado de santos). Otro es la chimenea de La Cuadriella, que está desmochada pero al menos en pie. De milagro. La levantaron en los años veinte, dentro de la primitiva central termoeléctrica. «La Cuadriella se constituyó como el centro neurálgico del revoltijo industrial» que se llevó por delante a finales del XIX cerca de cinco mil hectáreas de las mejores vegas, dice Ángel Ortega. «Y con poco dinero y muchas presiones», que es, al fin y al cabo, como los pioneros de la industria minera asturiana se hicieron ricos.


El barrio de San Pedro -más santos- mantiene un buen puñado de casas de tipología minera, arañando espacio en la colina. En la mayoría de los casos, bien cuidadas. Abajo, junto al campo de fútbol, son evidentes los restos del antiguo cargadero de San Benigno, que recogía carbón procedente de distintos planos inclinados. Piedra de mampostería y sillería noble para una infraestructura que tenía 45 metros de largo y 6 metros de altura. El Grupo San Benigno comenzó a producir en 1917, años de expansión febril.


En aquellas décadas el valle se puebla de emigrantes castellanos, gallegos y andaluces, las casas reciben huéspedes, los hórreos se convierten en viviendas alternativas. Hubo quien soñó que aquel relativo Dorado iba a durar toda la vida. Pero hasta los sueños se agotan. Puerta abierta a otros nuevos.

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