15 de mayo de 2011
15.05.2011

Salime, un salto de arte y energía

El embalse construido a mediados del pasado siglo es hoy un ejemplo que combina técnica y cultura en un territorio que vio para siempre transformada su fisonomía

15.05.2011 | 02:00

Vaquero Turcios pintó el mural figurativo que relata todo el proceso

Oviedo, M. S. MARQUÉS

La construcción del embalse de Salime a mediados del pasado siglo supuso la transformación radical de un entorno que hasta entonces constituía uno de los territorios más pegados al pasado de todo el occidente asturiano. La presa que anegó varios pueblos de las riberas del río Navia en pos de la producción de energía eléctrica es hoy uno de los bienes de patrimonio industrial más reputados de Asturias. Así lo confirma un comité internacional que lo incluye entre los ocho más destacados del Principado.

La construcción del salto fue una empresa faraónica en cuyo emplazamiento tuvo mucho que ver Narciso Hernández Vaquero, ayudante de Obras Públicas, y el primero de la saga de los Vaquero que iban a estar estrechamente vinculados al proyecto. A mediados de 1940 todo estaba ya en marcha para dar los primeros pasos en la adecuación de terrenos, construcción de accesos e instalaciones para la residencia de los obreros.

Levantar la que en aquel momento iba a ser la mayor presa de España supuso, además de la desaparición de pequeños núcleos de población, la realización de una obra ingente que movió varios centenares de miles de metros cúbicos de hormigón y obligó a desviar el curso del río, a fin de dejar seco su lecho en la zona donde se levantaría el muro de la presa. Un túnel serviría de cauce provisional a las aguas desviadas del curso natural del río. Fue excavado en roca y revestido de hormigón, para lo que se precisó una excavación de 30.725 metros cúbicos y el empleo de 11.789 m3 de hormigón.

El cemento para la fabricación de hormigones se producía a pie de obra, lo que obligó a buscar una cantera próxima capaz de facilitar el enorme volumen de piedra necesaria. Solventado el proceso de producción de materiales y la construcción de los cuatro poblados que iban a dar acogida a los operarios se pusieron en marcha las obras de la presa, para lo que se utilizaron 630.000 m3 de hormigón, lo que en sacos de cemento sería el equivalente a rodear cuatro veces el perímetro de la comunidad asturiana.

La construcción de la presa cambió para siempre la fisonomía de una zona agreste y escasamente poblada. Fue necesario inundar 1.995 fincas, con más de 3.000 parcelas, 25.360 árboles maderables, 13.800 de diversos frutales y 14.051 pies de vid. Todo ello supone una superficie de 685 hectáreas, que incluyen, además de laderas sin cultivo, fincas urbanas, construcciones en ruina, patios y corrales, ocho puentes, cinco pequeñas iglesias, varias capillas y cuatro cementerios.

Se levantó un muro de tipo «arco de gravedad» con taludes del 5% aguas arriba y 72% aguas abajo, con radio de 400 metros en su coronación y con una altura sobre cimientos de 132 metros, lo que situaba la presa como la mayor de España y de Europa. Su altura supera en 42 metros a la torre de la catedral de Oviedo, incluida la cruz de su remate, y pesa mil seiscientos ochenta millones de kilos. En la parte superior tiene una longitud de 250 metros, en cuyo centro se encuentra el aliviadero con cuatro compuertas de 12x7 metros y una capacidad de desagüe de 2.000 m3 por segundo. Bajo el aliviadero se construyó la central, que se alimenta por cuatro tuberías de 2,50 metros de diámetro para el abastecimiento de las turbinas. Cada una de ellas acciona un generador que produce 30.400 kW a un voltaje de 11.000 voltios.

Son muchas las insuperables cifras de las que pueden presumir el salto y la central de Salime, pero además del aspecto industrial hay otro que la hace singular y excepcional. Es sin duda el vinculado a la parte artística, característica que la hace peculiar en el universo de la producción de energía. En este aspecto tuvieron mucho que ver Vaquero Palacios y Vaquero Turcios, hijo y nieto del que fuera máximo responsable de Hidroeléctrica del Cantábrico durante la construcción del salto de Salime.

Joaquín Vaquero Palacios, arquitecto y pintor, proyectó la central y se encargó de la parte ornamental y decorativa. Es el autor de la escalera interior que da acceso a la sala del cuadro de mandos y del curioso mueble con sofá circular, mesa central e iluminación, situado cerca de esta sala. También se encargó de distintos aspectos constructivos de la coronación de la presa, donde estaba previsto situar dos grandes halcones, descartados más tarde.

Suyos son también los relieves fabricados en hormigón que adornan la fachada principal de la galería por la que se accede al interior de la central y sobre la que se sitúa la subestación o parque de intemperie. El mural representa el proceso de producción de energía eléctrica.

Del otro lado del cauce del río y a la altura de la carretera que desciende desde el puerto del Palo, su hijo Vaquero Turcios ideó un mirador colgante, conocido como la boca de ballena, desde el que se puede admirar todo el conjunto. Fue también el autor de los murales que adornan la sala de turbinas. El de mayor tamaño, 60 metros de largo por 5 de alto, ocupa el muro de fondo y representa todo el proceso constructivo de la central, desde los primeros estudios hasta la transformación en corriente, transporte y consumo.

El mural recoge como si de un libro se tratara los diferentes episodios que fueron sucediéndose durante el transcurso de la construcción y hasta su puesta en marcha en 1954. En él Vaquero quiso dejar testimonio de las muchas vivencias, sensaciones, esfuerzo, tenacidad y sufrimiento que se vivieron durante los más de ocho años de obras.

En los primeros dibujos se puede ver a Narciso Hernández Vaquero llegando a caballo al pueblo de Salime, lugar donde finalmente se decidió situar el salto. Ante los altos costes que el proyecto suponía, difícilmente asumibles por una sola empresa, fue necesario alcanzar un acuerdo con Electra de Viesgo que desde entonces formaría sociedad con Hidroeléctrica del Cantábrico para la producción de energía eléctrica. El mural representa la reunión del consejo de administración de la nueva sociedad donde se acuerda iniciar la faraónica empresa.

Los vecinos abandonando los pueblos anegados, el inicio de las obras, la construcción del muro del salto, los heridos y los muertos, los nuevos poblados, los productores, los operadores de turbina y la transformación de la corriente son algunas de las escenas que forman parte del mural. Vaquero Turcios también se pintó a sí mismo y a su padre en plenas labores artísticas.

Del otro lado de la sala de turbinas ambos artistas ejecutaron otro mural, a la vez abstracto y figurativo, conocido con el nombre de «La chispa», que representa un arco eléctrico entre dos bornes, una forma ondulada y tensa, de colores eléctricos, que acompañase a los alternadores que se levantan ante él.

Los bocetos artísticos de la central incluían también pinturas en las ménsulas que sostienen, sobre el mural figurativo, el corredor de la planta donde se ubica la sala de mandos. Vaquero Turcios había pensado dibujar en algunas los rostros de Picasso, Einstein, Planck y Freud, lo que no se pudo llevar a cabo por la estrechez de miras que caracterizaba la censura del régimen, incluso en aspectos de índole artística.

Pero Vaquero Turcios nunca se olvidó de aquella idea y en el año 2001, con motivo de la restauración que llevó a cabo en el mural, decidió incorporar a las ménsulas los retratos que había pensado para ellas casi cincuenta años antes. Desde entonces las caras de Picasso, Freud, Planck y Einstein presiden desde lo alto la gran sala de turbinas de la central de Salime.

Uno de los aspectos menos conocidos de la construcción es el capítulo que incluye todo lo relativo al fracasado proyecto de rematar la coronación del salto con dos grandes figuras escultóricas. Se pensó en la fuerza del caballo o en la proximidad del oso, vecino de los montes asturianos, como símbolos de potencia, pero ninguno de los dos acabó de convencer a los artistas. Finalmente decidieron apostar por una pareja de águilas como remate de la presa, pero tampoco esta opción fue la definitiva, ya que por acercarse demasiado a la simbología del franquismo hacía temer por su integridad. Las águilas fueron sustituidas por una pareja de halcones, cuya maqueta en escayola se conserva en el interior de la central. La idea de coronar el embalse con dos grandes miradores con forma de halcón nunca se convirtió en realidad debido a lo elevado del presupuesto.

Hoy, la central de Salime continúa a pleno rendimiento, aunque en las imponentes instalaciones únicamente trabajan diez personas, nada que ver con las más de nueve mil que pasaron por las obras durante los ocho años que duraron. En ese tiempo se calcula que los accidentes que se produjeron causaron la muerte a algo más de trescientas personas.

En las laderas del valle quedan aún abundantes testigos como restos de silos, tolvas y otros mecanismos utilizados para el movimiento de materiales. Es de interés señalar que durante las obras fue necesario construir un teleférico que partiendo el muelle de Navia fuese capaz de transportar el tonelaje de clinker, yeso y otros materiales que se recibían por vía marítima. En su momento, fue el mayor de los teleféricos construidos en España -contaba con ocho estaciones-, y el más importante de Europa en su modalidad.

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