01 de noviembre de 2011
01.11.2011

El estreno de «La tempestad»

Hoy se cumplen 400 años de la primera representación conocida de la famosa tragedia de Shakespeare

01.11.2011 | 01:00
El estreno de «La tempestad»

El 1 de noviembre de 1611 tuvo lugar la primera representación conocida de «La tempestad», con Richard Burbage en el papel de Próspero. Burbage era un actor habitual de Shakespeare desde que veinte años antes había interpretado «Enrique VI», y el autor debía estar satisfecho de este intérprete especializado en papeles de rey o de personajes ilustres, ya que lo menciona en su testamento, junto a los también actores Henry Condell y John Hermige, legándoles veinticinco chelines y ocho peniques para que compraran sortijas. «La tempestad» requería una escenografía complicada, con efecto espectaculares, por lo que Shakespeare, que había marchado a Stratford meses antes, regresó a Londres para supervisar el montaje. La obra siempre se representó a lo grande: en 1667, Dryden y Davenant la convirtieron en ópera con el título de «La isla encantada», y como tal fue representada durante siglo y medio, destacando en ese largo período los montajes de Garrick en 1756 y Kean en 1857, que encantaron al público, hasta que a comienzos del siglo XX Frank Benson recuperó la obra original. «La tempestad» conoció también las inevitables versiones cinematográficas; bastante estúpida la de Paul Mazursky, con John Cassavetes de Próspero moderno con amante, hija liberada y sometiéndose a chequeos médicos, y otra pintoresca en clave de ciencia ficción», «Planeta prohibido», de Fred McKeod Wilcox, con Walter Pidgeon dando vida a un Próspero que ya no es un mago, sino un científico insaciable.


«La tempestad» es la despedida de Shakespeare, aunque no sea su última obra. En la escena final, única del acto V, Próspero renuncia a su arte, deja en libertad a Ariel, se reconcilia con todos e incluso perdona a quien por sensatez no debería perdonar: a su hermano. Y dispone el regreso a casa: «Os prometo una mar tranquila, vientos favorables y velas tan rápidas que pronto habréis rebasado vuestra real flota», después de formalizar su despedida y su renuncia: «Ahora quedan rotos mis hechizos...». No obstante ser la del estribo, «La tempestad» está llena de novedades: por primera vez, Shakespeare respeta las tres unidades aristotélicas; la tempestad se produce al comienzo de la obra y no a su mitad o al final, como era norma, pues no es recomendable empezar con una escena de gran efecto; pero el autor, en pleno dominio de su arte, se atreve; y tratándose de una comedia, su desarrollo es casi lineal, reduciéndose a dos acciones paralelas. El mundo mágico se torna melancólico, como si quien despierta del «Sueño de una noche de verano» lo hiciera siendo adulto. Podía haber sido una tragedia en su planteamiento, pero lo mismo que en «Cuento de invierno», le da la vuelta con final feliz. Próspero es una figura del viejo mundo desterrado en el nuevo mundo, que siendo sabio no gobierna de acuerdo con la filosofía, sino por medio de la magia, y Calibán, el habitante del nuevo mundo, es contemplado como una anomalía de la Naturaleza. En el acto II escena I, Shakepeare confirma que leyó a Montaigne (una de sus firmas auténticas que conserva sobre un ejemplar de los «Ensayos»).


1611 fue un buen año para la lengua inglesa (como 1911 lo fue para los champagnes y los vegueros de Vuelta Abajo). Se estrenan «Cuento de invierno» y «La tempestad», se estrena «El diablo blanco» de Wenster, que publica la versión autorizada de la Biblia. Ahora que los sucesores de quienes arrasaron España pretenden acabar también con la lengua española sustituyéndola por el inglés mercantil de los ordenadores, debieran leer al menos algún verso de Shakespeare para que se enteren de cómo se las gastaba la lengua inglesa en su momento de máximo esplendor.

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