17 de noviembre de 2011
17.11.2011
 

Creaciones a toda máquina

Mónica Álvarez, comisaria de la Feria de Arte de Lisboa, relata la relación de la industria con la actividad artística desde el siglo XIX a la actualidad

17.11.2011 | 01:00

El programa de adultos que anualmente organiza el Museo Casa Natal de Jovellanos se inició ayer, en el patio del histórico edificio, con la conferencia «Industrialización y arte moderno, una relación necesaria», impartida por Mónica Álvarez Careaga. Acompañaron a la ponente en la presentación el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Gijón, Carlos Rubiera, y la organizadora del ciclo, María Josefa Pardo. Ambos coincidieron en la necesidad e interés de un programa que trata de acercar las artes plásticas al mundo no especializado, con el fin de que la comprensión del arte sea cada vez más asequible.


Carlos Rubiera hizo referencia a la bella voz de Pepa Pardo -«podría ser una estupenda cantante de boleros»- y, a su vez, ésta aplaudió el proyecto encaminado a revitalizar los museos, que éstos no sean espacios de entrar y salir, sino que sirvan para entender y abran el camino a otros lugares de admiración y estudio. Respecto a Mónica Álvarez Careaga, es santanderina, pero se licenció en Historia del Arte en la Universidad de Oviedo. Entre sus numerosas actividades, es comisaria de la Feria de Arte de Lisboa.


Comenzó su exposición haciendo una breve historia de lo que supuso la Revolución Industrial respecto al mundo del arte; cómo ambos se implicaron, hasta el punto de que hubo un momento en que la máquina llega a constituir una obra de arte. Paralelamente, surge una nueva clase social: el proletariado. En 1917 Marcel Duchamp presenta en la exposición de Nueva York su trabajo «Fuente» como un elemento artístico. El siglo XX crea máquinas para la producción en serie; algo que atrae poderosamente a los artistas. En el manifiesto futurista publicado en París, en «Le Figaro», Marinetti dice que «es más bello un coche de carreras que la "Victoria de Samotracia"». Surgen artistas como Humberto Boccioni o Fernand Léger, un cubista francés enamorado de las máquinas, que en 1950 al visitar Nueva York se maravilló ante la construcción de los rascacielos. El expresionista alemán Otto Dix pinta sus «Trincheras» en 1917, impresionado por la guerra y su armamento, un cuadro absolutamente precioso. Marcel Duchamps, a su vez, convierte una «Rueda de bicicleta» en arte, así como «El portabotellas» o «El molinillo de café». El húngaro Laszlo Moholy-Nagy crea su «Proyector de luz para una estación eléctrica» pensando en una pieza escultórica. «Dix es un ejemplo de artista que no está preocupado por la distinción entre obra de arte y obra industrial».


En esta línea, las grandes potencias, Rusia y EE UU, también ofrecen sus figuras. El soviético Alexander Deineka pinta temas de propaganda comunista; antes de la Revolución Industrial, al no existir proletariado, no hubiera podido hacerlo. «La defensa de Petrogrado», «Comunista en interrogación» son algunos de sus títulos. El norteamericano Charles Sheeler, interesado por las máquinas, tratar de fijar el alma americana en la producción industrial, su fotografía de la planta Ford, en Michigan, la denomina «Paisaje americano».


El mundo evolucionaba hacia la idea de que el talento artístico se podía aprovechar para el diseño de nuevos proyectos empresariales. Interesante y amena lección. Gracias a Saturnino Noval por su ayuda.

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