16 de diciembre de 2011
16.12.2011
La Nueva España

Dolores Medio, un siglo en Oviedo

La ganadora del premio «Nadal» en 1952 nació el 16 de diciembre de 1911 en el corazón de una ciudad que ella noveló con maestría

16.12.2011 | 01:00
Dolores Medio, con su inseparable máquina de escribir... y de corbata.

Oviedo, Eduardo GARCÍA


«Oviedo es una ciudad dormida», una tierra en «dulce letargo», escribe Dolores Medio en el inicio de «Nosotros, los Rivero», la novela con la que ganó el premio «Nadal» en 1952. No es ningún misterio que aquel inicio novelado de su ciudad natal era un guiño a «La Regenta», de Clarín, aunque «Nosotros, los Rivero» estuvo siempre lejos de ser considerada de puertas para adentro una novela maldita. Su Oviedo es también una ciudad criticable, aunque hermosa en su sugestiva dejadez. «En los amaneceres, contemplado desde los altos del Naranco, presenta el valle de Oviedo el fantástico aspecto de un mar embravecido»...


Cien años del nacimiento de Dolores Medio. Se cumplen hoy y la fecha redonda es una ocasión perfecta para reivindicar al personaje -que, ni mucho menos, está en el olvido- y su obra, que va mucho más allá de la novela que la puso en órbita.


Cien años desde su nacimiento, y justamente quince años de su muerte. Morir el día del cumpleaños hay que entenderlo como una casualidad que no hizo sino rubricar lo original de un pensamiento que fue un poco por libre entre tanto corsé social, y hasta de una fachada corporal que no se atuvo nunca a modas convencionales.


Su literatura «marcó época», dice la catedrática de Lengua Española de la Universidad de Oviedo Josefina Martínez. «Personalidad arrolladora, voz propia, adelantada a su tiempo».


En ese contexto se sitúa «Nosotros, los Rivero», un viaje por las venas de la ciudad de provincias desde la óptica de una mujer joven. Ciudad en la que parece no suceder nada importante, hasta que estalla el conflicto, y con el conflicto las dudas por el destino propio y familiar, el desconcierto ante la violencia, siempre irracional.


Lena Rivero deja jirones de inocencia entre las ruinas humeantes de la ciudad histórica tras la Revolución de 1934. Lena es Dolores, claro está, y su novela forma parte de ese realismo social que a mediados del siglo XX dio frutos abundantes.


«Novela realista... con escapadas a la fantasía», definió la propia Dolores su obra en una entrevista allá por los sesenta. El escenario de «Nosotros, los Rivero» era un Oviedo de carne y hueso, por así decirlo, perfectamente identificable. Convendría recordar, ahora que se conmemora el centenario de la escritora, que Dolores Medio, como bien apunta Ignacio Gracia Noriega «no es, ni mucho menos, autora de una sola obra».


Más que realismo social, «realismo sentimental», a juicio del profesor de Literatura de la Universidad asturiana Álvaro Ruiz de la Peña. O, si se quiere, «realismo blando» sin las rugosidades clarinianas, aunque Medio beba inevitablemente de Clarín.


En el realismo sentimental se parece Dolores Medio a la primera Ana María Matute, a la gaditana Mercedes Fórmica o al vasco Juan Antonio Zunzunegui. Nada que ver, en cambio, con Carmen Laforet, la catalana que con apenas 23 años se hizo con la primera edición del «Nadal» con su «Nada».


El Oviedo, la Asturias de «Nosotros, los Rivero» no manaron hasta que Dolores Medio puso distancia, convertida aquí en liberadora de inspiraciones. Madrid «creó» Oviedo a través del tecleo en la vieja máquina de escribir familiar de una mujer «comprometida con la sociedad y con la literatura» -dice Josefina Martínez-. Todo un «símbolo femenino que, como otras muchas, seguro que nunca se planteó si era feminista o no. Dolores Medio fue, en realidad, una mujer coherente, con las neuronas bien puestas».


«Mujer acogedora y cálida; hospitalaria y generosa» en palabras del escritor Víctor Alperi. Vale para perfilar su personalidad, pero también para entender su literatura. «Escribía con fluidez, con soltura, y dominaba el idioma castellano», señala Álvaro Ruiz de la Peña.


Hoy se celebra a las doce y media de la mañana una misa en su recuerdo en la iglesia de San Tirso, organizada por la Fundación que lleva su nombre, el mismo templo que hace cien años sirvió de escenario para su bautismo.


«Dulce es soñar la muerte/ en soledad,/ sin despedidas,/ sin gestos de dolor de los que quedan./ Sentir nada, dormida...».

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