22 de diciembre de 2011
22.12.2011
Crítica / Música

Un debate teológico sobre pentagramas

La «Epiphania d'oro: somni dei Magi», de Guillermo Martínez, triunfa en Oviedo

22.12.2011 | 01:00
Un debate teológico sobre pentagramas

Llegaron los Reyes Magos con algunas semanas de adelanto. Y lo hicieron en la catedral de Oviedo con el Concierto de Navidad del Coro Universitario y el estreno de una obra precisamente dedicada a esa nueva manifestación de Cristo que es la Epifanía y que se celebra el 6 de enero. «Epiphania d'oro: somni dei Magi», tal es el título de la tercera y última parte del «Oratorio de Navidad» que nos ha venido ofreciendo el compositor Guillermo Martínez desde 2009. El «Adviento» fue el tema del pasado año. «La Navidad», del anterior, pues no se presentaron con orden litúrgico. Y la Epifanía/Reyes, el del presente año.


Y si los Reyes Magos llevaron oro, incienso y mirra al Niño Jesús, Guillermo Martínez regaló belleza, calidad y emoción a los asistentes a dicho concierto. El Concierto de Navidad del Coro Universitario es una cita clásica en estas fechas. Y también es costumbre que el programa no se limite a las obras de repertorio. Ahí se ve la mano de ese gran músico y director que es el maestro Joaquín Valdeón. Le gusta arriesgar. Le complace meter al coro en proyectos de verdadero calado cultural. Y al final el apoyo del público compensa los esfuerzos.


El «Gloria» de Vivaldi fue la obra central de la primera mitad del concierto. El Coro la sabe muy bien, los solistas cumplieron a la perfección y el grupo instrumental reunido para la ocasión se desenvolvió holgadamente en esta hermosa composición. Los tempi estuvieron muy bien pensados, aunque a quien suscribe no deje de sorprenderle la motricidad que Valdeón impone al «Gloria» inicial o al «Quoniam tu solus sanctus» cercano al final. Y es que como ya explicó Nicholas Cook, uno de los leones de Cambridge, la influencia del siempre apresurado Strawinsky en la música antigua no es sólo una broma a modo de paradoja. Bellísimos momentos en las partes más lentas -como el «Qui tollis peccata mundi»- y hermosas voces, claras, llenas de gusto y bien afinadas en el caso del contratenor Christian Carlo Gil-Borrel y la soprano Ana Peinado, aunque siempre en lucha desigual con la magnitud del espacio catedralicio. A la misma altura estuvo Patricia Rodríguez, que aún no había dado lo mejor de sí misma como veremos en breve.


Otra sutileza de la programación fue incluir la pieza «Ostro picta», igualmente de Vivaldi, para abrir el concierto. Es una introducción al «Gloria». Dos preciosas arias con un recitativo central, todo ello muy bien resuelto por Ana Peinado, nos cuentan que las vanidades del mundo, las rosas purpúreas que brillan ahora y languidecen al día siguiente no son la verdadera gloria, a diferencia de lo que ocurre con la gloria divina y muy especialmente con la de la Madre de Dios. No hubiese sido mala idea que el programa incluyese los textos y sus traducciones, no ya del «Gloria», pero sí de «Ostro picta» o de la obra de estreno que vino después. Pues ni siquiera en la culta y levítica ciudad de Oviedo la mayoría de los oyentes traduce los cantos en latín o en alemán sobre la marcha.


La «Epiphania d'oro: somni dei Magi» es una especie de debate teológico sobre pentagramas. Guillermo Martínez eligió unos textos que enfocan la idea de la gloria eterna desde varias perspectivas. Es una constante de su «Oratorio de Navidad». Coexisten la visión eclesiástica y las referencias bíblicas sobre una gloria más allá de este mundo junto con las lecturas fuertemente hedonistas: carpe diem, aprovecha el día y el presente, ya que no hay nada más. Y fue en el aria de bajo, tras la litúrgica entrada del coro en gregoriano, cuando el público del concierto se dio cuenta de que estaba ante palabras mayores, pues Ángel Arias bordó una intervención comprometida, que explora muy a fondo sus registros agudos y que está trazada con criterio neotonal, un aria vitalista y afirmativa como corresponde al texto de los «Catulli Carmina» del que se parte. Y ahí Guillermo Martínez introdujo algunas de sus pasiones -«Korngold», por ejemplo- mostrando un dominio de la paleta orquestal verdaderamente llamativo en un artista que no ha cumplido los treinta. La belleza, la calidad y la emoción a que nos hemos referido se dieron a manos llenas. Las partes recitadas en la zona del «Interludio» ofrecían una opción mística en la línea de los viajes astrales y de la comunión con las energías del cosmos.


Patricia Rodríguez se lució posteriormente en su aria, poderosísima, manteniendo con bríos casi mahlerianos las notas agudas, potentes y prolongadas, sobre una orquesta llena de matices en la línea de lo ya dicho. Por cierto, los solistas vocales tienen muy distinta procedencia pero en la actualidad todos comparten el magisterio y el consejo de la gran profesora asturiana de canto Elena Pérez Herrero.


Al final del debate se impone la tesis bíblica, al menos en el plano musical. Y los oyentes quedaron con la certeza de que el compositor es un espíritu artístico en todos los sentidos y que tiene tal talento dramático que le auguramos éxito en la música para la escena, a pesar de las dificultades del género. Luego aquello fue una fiesta de aplausos para el maestro Valdeón, para los solistas y para la profesionalidad de los instrumentistas. Los responsable de Extensión Universitaria ya saben dónde hay valores sólidos para cumplir con su cometido y también merecen nuestra felicitación como organizadores del evento.


Y cuando salió a saludar Guillermo Martínez los aplausos se redoblaron, hubo bravos, murmullos de aprobación y hasta suspiros, pues al acabar el concierto fue como si nos hubiesen bajado demasiado de repente de la mismísima gloria.

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