15 de febrero de 2012
15.02.2012
 
Tribuna Libre
Mariano Gónzalez Campo 

El espejismo nórdico

"Desde hace unas semanas, varios medios de prensa y televisión noruegos están dando a conocer la lamentable situación en que se hallan diversos españoles recién emigrados a ciudades como Oslo o Bergen"

15.02.2012 | 14:45

"Desde hace unas semanas, varios medios de prensa y televisión noruegos están dando a conocer la lamentable situación en que se hallan diversos españoles recién emigrados a ciudades como Oslo o Bergen, condenados a vagar por las calles bajo el cruel frío ártico y a solicitar habitación en centros de acogida que no dan ya abasto con tanto inmigrante procedente del sur de Europa"

Poco hacía pensar en pleno boom inmobiliario y de la ibérica cultura del pelotazo que pocos años después, víctimas de una crisis inmisericorde y fieles a una especie de nietzscheano eterno retorno de lo mismo, muchos españoles jóvenes y no tan jóvenes se verían abocados, al igual que en los años 60 y 70, a buscar suerte económica y laboral allende los Pirineos y, con frecuencia, un poco más allá. Programas como Españoles por el mundo y sus innumerables versiones regionales han mostrado hasta la fecha el escaparate de una serie de paisanos satisfechos y pletóricos en variopintos países de la geografía mundial en los que, según dicen, se han encontrado a sí mismos o han podido desarrollar una serie de proyectos empresariales, artísticos o existenciales que su madre patria les negaba. Es el retrato del triunfador que ha tenido la buena fortuna de labrarse un porvenir en lugares tan infrecuentes como Australia, Madagascar, Groenlandia o la Patagonia argentina.

Pero, como dice el viejo adagio, no es oro todo lo que reluce y junto a la imagen de esos privilegiados televisivos repartidos por todo el mundo hay que ir empezando también a conocer, y afrontar críticamente, el lado oscuro de la emigración española en los albores de la segunda década del siglo XXI.

Uno de los destinos que más atractivo ejerce sobre numerosos emigrantes potenciales de la malherida España son los países nórdicos y, en especial, la bella Noruega de los fiordos y los pozos petrolíferos del Atlántico Norte; la Noruega de un alto nivel de vida donde, si no conserváramos una sana dosis de escepticismo, creeríamos a ciegas que atan a los perros con longaniza, o los salmones con salchichas, que para el caso es lo mismo. Pero, por desgracia, la arpía realidad suele imponerse al final frente a los sueños de cada cual, y Noruega, al igual que otros países más o menos célebres por su Estado de Bienestar, ha terminado convirtiéndose en una amarga trampa para cientos, ya miles, de españoles que viajan hasta aquel país escandinavo buscando un trabajo, una oportunidad, una vida mejor.

Desde hace unas semanas, varios medios de prensa y televisión noruegos están dando a conocer la lamentable situación en que se hallan diversos españoles recién emigrados a ciudades como Oslo o Bergen, condenados a vagar por las calles bajo el cruel frío ártico, dormir en marquesinas de paradas de autobús como tristes vagabundos o solicitar durante unas pocas noches una habitación en centros de acogida que, según sus responsables, no dan ya abasto con tanto inmigrante procedente del sur de Europa. Por su parte, las autoridades noruegas, tácitamente orgullosas de ser modelo de bienestar para otros europeos menos afortunados tras su pelotazo particular del petróleo atlántico en los años 70, juran y perjuran que no pueden acoger a tantos inmigrantes que vienen a su país sin apenas recursos, sin conocimientos de la lengua noruega y, lo que es peor para la mentalidad nórdica, sin previsión ante lo que se podían encontrar.

Según las autoridades noruegas, es la embajada de España en Oslo la que debe hacerse cargo de sus ciudadanos y, qué duda cabe, informar sobre las posibilidades reales de encontrar trabajo en un país donde, a decir verdad, sin un reclutamiento previo por parte de alguna empresa, las posibilidades de encontrar trabajo para personas sin la cualificación necesaria son prácticamente inexistentes a corto, medio e incluso largo plazo. Demasiado tiempo, quizás, para los precarios neoemigrantes españoles en un país donde el nivel de bienestar va a la par con una obscena carestía cotidiana de la vida.

Y mientras numerosos paisanos españoles pasan sus míseros días deambulando por las gélidas calles de Bergen, Oslo o Stavanger y tranquilizando a sus familias a través de económicos mensajes SMS en los que teclean mordiéndose la lengua que todo va bien, que es sólo cuestión de tiempo, los políticos patrios se dedican a fomentar ese drama de la emigración con sus subidas de impuestos, sus políticas de destrucción de empleo y su siniestra indiferencia hacia la imparable fuga de mano de obra desde Guatemala a Guatepeor?

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