26 de abril de 2012
26.04.2012
40 Años

El joven y la corista Brutal y chiflada

25.02.2012 | 01:00

Uno siempre ha tenido debilidad por «Harold y Maude» (1971), ese estupendo filme de Hal Ashby en el que un adolescente inadaptado (Bud Cort) se re-enrolaba a la vida gracias a una relación amoroso-filial con una anciana (Ruth Gordon). Ese riesgo del cineasta norteamericano, esquivando el tabú y cerrando un relato emocionantísimo, parece que ha desaparecido de la filosofía de las películas masivas que optan por ese tipo de historias. «Mi semana con Marilyn» discurre por unos días que fueron cruciales en la existencia del, entonces, jovencísimo ayudante de dirección Colin Clark (aquí interpretado por Eddie Redmayne): su intensísimo y brevísimo affaire con Marilyn Monroe (Michelle Williams) durante el tumultuoso rodaje en Inglaterra de «El príncipe y la corista» (1957), de Laurence Olivier (Kenneth Branagh).


Acostumbrado a los telefilmes, el director/productor Simon Curtis tendría que haberse preguntado algo más sobre sus personajes que el cómo hacer una réplica física. No es necesario estudiar demasiado las bamboleantes biografías de humanos como Marilyn Monroe, Arthur Miller o Laurence Olivier, para entender que, si no queremos caer en el ridículo, no pueden, no debieran, ser narradas con los mimbres de una película de las tres de la tarde en un canal de TDT. En ese momento de su historia (mediados de los cincuenta), pequeño para ellos y vital para Colin Clark, confluían divorcios, drogas, inestabilidades, cambios sociales? que, en ningún momento se reflejan con viveza en el filme, más preocupado en olvidar cualquier evolución o contradicción en su desarrollo.


¿Qué queda de «Mi semana con Marilyn»? Los esforzados trabajos de Michelle Williams y algunos actores británicos que, casi como en Fuenteovejuna, se vienen todos a esta producción (pasan Derek Jacobi, Emma Watson, Toby Jones, Julia Ormond, Dominic Cooper o Judi Dench). Pero, como un futbolista que corre sin ton ni son, por mucho que hagan los intérpretes el largometraje se queda en una sombra, en una réplica de la réplica, en una franquicia sentimental de lo que pudo haber sido esa semana, mínima y explícita a un tiempo.

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