21 de mayo de 2012
21.05.2012
Crítica / Música

Sublime Myung-Whun Cheng

El maestro surcoreano mostró el gusto manierista por el control infinito de la sonoridad orquestal

21.03.2012 | 01:00
Sublime Myung-Whun Cheng

En el concierto de la Orchestre Philharmonique Radio France, con la magistral dirección de Myung-Whun Cheng, se alcanzó -en lo que a control se refiere del instrumento musical más complejo en su entramado que existe- el cénit artístico en cuanto al deleite sonoro que éste puede producir. La sensación inagotable de que cada nota de las escritas por el compositor adquiere su justa medida dentro de un sistema de imbricación sonora tan complejo y que todo fluye naturalmente entre la claridad de exquisitas sonoridades, efectos extremos de virtuosismo en el control de la dinámica hasta límites imposibles y la prolongación mantenida de la emoción es lo que uno de los directores más importantes de nuestro tiempo, Myung-Whun Cheng, ha logrado a su paso por Oviedo. El concierto, de primera línea internacional, marcó un hito en la programación de nuestro Auditorio ovetense. «Prélude à l'après-midi d'un faune» abrió una velada que alcanzó su clímax en la versión ofrecida de «La mer» de Debussy. Myung-Whun Cheng y su orquesta recrearon una atmósfera de un solo impulso motriz repleta de insospechados detalles, extraordinariamente sutil en cada momento de su desarrollo. La escucha en vivo en una sala de conciertos es esencial para apreciarlos incluso en las obras más conocidas del repertorio sinfónico.


El gusto manierista de Cheng por el control infinito de la sonoridad orquestal -la muestra de su virtuosismo como director- continuó su triunfal paseo a través de «El pájaro de fuego» de Stravinski. La misma extraordinaria eficiencia, la misma exquisita articulación y el control más bellamente aterciopelado del sonido de los que hemos escuchado en tiempo. Sonoridades orquestales puras sin la más mínima arista, pianísimos de ensueño, precisión sin límite y unos solos instrumentales que, salvo excepciones, y las hubo, por ejemplo, en la trompeta, fascinaron. La trompa, el oboe y la flauta principales tuvieron intervenciones espectacularmente bellas. «La valse» de Ravel fue la apoteosis final de lo que un conjunto orquestal de primera con un maestro como Cheng al frente es capaz de ofrecer. Su lacónica discreción gestual es paradigmática, crea el clima para que todo fluya naturalmente, pero nada escapa a su control. La música bajo su realización nunca ofende al oído, lo acaricia y tan sólo en la brillante, muy brillante en el tempo y la festiva sonoridad, «Obertura» de «Carmen» de Bizet de propina renunció parcialmente a su delicada compostura sobre el podio. Myung-Whun Cheng -así es internacionalmente conocida su espectacular trayectoria artística- ha sido un grande entre los grandes maestros que han pasado en el ciclo de conciertos del Auditorio. Ha sido una exhibición sublime de sensualidad orquestal regalada.

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