29 de mayo de 2013
29.05.2013

El pequeño saharaui vuelve a sonreír

Limam Omar, un refugiado de 8 años que sufría una leucemia mortal, salva su vida gracias a un trasplante de médula en el Hospital Central

29.05.2013 | 00:00

«Estoy muy contento», «tengo ganas de jugar», «no me gusta estudiar». En tres frases cortas, y despojadas de cualquier vestigio de formalismo, Limam Omar, de 8 años, resume su presente y el futuro al que aspira. En cuanto se descuida, esboza una amplia sonrisa y dibuja con sus dedos un doble signo de victoria. Nada extraño, porque su pasado reciente se llama enfermedad, o más bien muerte segura. Hace 40 días fue sometido a un trasplante de médula ósea en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), una intervención impensable para un niño nacido y crecido en la inmensa pobreza del desierto, en un campos de refugiados saharauis. Hoy la leucemia que padecía está en fase de remisión completa. «Está estupendo, perfecto. Lo lógico es que esté curado para siempre», explica Carlos Vallejo, responsable de la unidad de trasplante hematopoyético del Hospital Central.

Limam lee un cómic de «Spiderman». Su madre, Jadijetu Jalifa, le besa en su cabeza calva. Y su hermano Budbuda, de 16, sonríe también. Budbuda ha sido el principal cómplice de Limam. Una complicidad, en cierto modo, obligada: era el único de sus cuatro hermanos que podía donarle la médula que necesitaba, el único compatible, pese a que Limam es del Madrid y su hermano del Barça. «Me alegra mucho haber salvado la vida a mi hermano», subraya Budbuda Omar.

No obstante, Limam Omar deberá permanecer bajo vigilancia médica hasta que hayan transcurrido, como mínimo, seis meses desde el trasplante. Durante ese tiempo, continuará viviendo con su madre en la Casa de Acogida que, emplazada en Oviedo y destinada a enfermos saharauis, financia la Consejería de Bienestar Social del Principado y gestiona Cruz Roja. A partir de ese momento, el equipo que dirige el doctor Vallejo deberá valorar si la situación del niño permite que retorne a un entorno tan precario como es el campamento de Auserd.

Fue en junio de 2010 cuando la salud de Limam Omar comenzó a quebrantarse. Su madre explica que los síntomas del niño se resumían en «fiebre y anemia». La enfermedad no cedía y en junio de 2011 se hizo imprescindible tomar medidas. Evacuado a Argelia, ingresó en un hospital de la capital. Nueve meses permaneció allí, hasta que se hizo evidente que, con los medios disponibles en Argel, poco o nada se podía hacer. En marzo de 2012 el pequeño fue trasladado al Hospital Central de Asturias, donde le fue diagnosticada una leucemia linfoblástica aguda, mortal de necesidad si no era tratada de forma adecuada.

Limam iniciaba así una nueva etapa de su vida que, gracias a la colaboración de numerosas instituciones y personas, parece dispuesta a regalarle un porvenir más prometedor. Una etapa propiciada por una de esas iniciativas que enaltecen al ser humano, impulsada por el médico endocrinólogo Francisco Díaz Cadórniga, ya jubilado de su cargo de jefe de servicio del HUCA. En 1995 el doctor Cadórniga y otros profesionales asturianos iniciaron un programa de ayuda sanitaria al pueblo saharaui. Fue este programa el que permitió conocer el caso de Limam Omar y el que posibilitó que llegaran a Asturias el niño y su madre, en un primer momento, y su hermano, más tarde.

Ana Palacio, responsable de la casa de acogida de refugiados saharauis en Oviedo, y Consuelo Rayón, jefa de sección del servicio de Hematología del HUCA, relatan los mil y un obstáculos que fue necesario superar para que los especialistas del complejo hospitalario pudieran salvar la vida del pequeño. «Ha sido complicado, cosa que ya sabíamos de antemano. Pero ahora estamos encantados de que todo haya ido muy bien», señala el doctor Cadórniga, más activo que nunca pese a su estatus de médico jubilado.

Limam y su madre no tienen palabras para agradecer el trabajo de todo el personal de la unidad de trasplante hematopoyético del Hospital Central. En lo que va de año, este equipo suma 55 intervenciones, una cifra que seguramente ni un solo centro sanitario de toda la geografía nacional puede igualar. Pero pocos procesos pueden concentrar tantas vicisitudes y emociones como el de Limam. Al pequeño saharaui se le iluminan sus ojos oscuros cuando se le habla de volver a casa. Sonríe. Reconoce que se lo pasa mejor con sus amigos. De vez en cuando ojea el cómic de «Spiderman». Él no es un superhéroe, pero tal vez la vida le exija alguna proeza que otra cuando regrese a eso que muchos llaman desierto, y que para él es, simplemente, su hogar.

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