23 de junio de 2013
23.06.2013
 
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Imágenes, imágenes...

23.06.2013 | 00:00

Hay quienes ocultan su edad como una especie de secreto inconfesable. Yo no hago más que hablar de ella. ¡Sesenta y tres años ya! No acabo de creérmelo. La verdad es que cumplir un año más me parece el mejor regalo que me pueden hacer cada año.


El mal sabor de boca que le deja a uno el pabellón de España en la Biennale de Venecia lo compensa el de Cataluña. El primero está a la entrada de los Giardini, en el mejor lugar para atraer la atención de los visitantes, aún no fatigados de recorrer bajo el calor aquel inagotable laberinto. Pero nadie se detiene en él más de medio minuto. Se asoma uno a la puerta y ya está visto todo. Lara Almarcegui, la artista invitada, ha tenido la brillante idea de llenarlo de escombros, de la misma cantidad de escombros en que se convertiría el pabellón si fuera derribado.


La participación de Cataluña está fuera de los dos recintos oficiales de la Biennale, en la isla de San Pietro, uno de los lugares más solitarios y fascinantes de Venecia. Allí se encuentra la antigua catedral, con su blanco campanile inclinado y el antiguo palacio episcopal convertido en casa de vecinos. En las aventuras venecianas de Corto Maltese aparece más de una vez. A mí me gusta el desvencijado claustro, con su pozo en el centro y las dos columnas a las que abrazan un rosal y un jazminero.


La muestra de Cataluña ocupa la amplia nave de los «cantieri navali». Se titula «25%», que es la proporción de parados que hay en la comunidad, más o menos la misma que en el resto de España.


La ocurrencia de Lara Almarcegui cabe en medio folio, se ve en medio minuto, pero su realización, que no añade nada a su simple verbalización, costó, según parece, cerca de medio millón de euros. No sé lo que habrá costado la muestra catalana, pero parece un dinero algo mejor empleado. Ocho parados han sido fotografiados por Francesc Torres, filmados por Mercedes Álvarez, han escogido un objeto que tiene para ellos un significado especial, han seleccionado una obra del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, explican las razones de su selección.


Los parados son emigrantes y no emigrantes, catalanes y no catalanes, pero todos ciudadanos de Cataluña. Hay un senegalés, una arquitecta, una empleada doméstica, un metalúrgico. El fotógrafo ha convivido con ellos durante una o dos semanas y nos ofrece, junto a un gran retrato de cada uno, el relato en imágenes de su cotidianidad. Mercedes Álvarez -la autora del documental «El cielo gira», sobre su aldea natal, Aldeaseñor, en la provincia de Soria- los lleva al museo y allí les hace hablar de su vida y del arte. Aura Jovita González, ecuatoriana, escoge del museo una obra de Esther Ferrer, «Cadira Zaj», una silla con un cartel que dice algo así como «siéntate aquí hasta que la muerte nos separe»; ella, señalándola a través de la vidrieras del museo junto a otra casi idéntica, nos dice: «En esa silla no me puedo sentar porque es una obra de arte; esta no puede entrar en el museo porque la encontré en la basura».


Colección de vidas, reflexión sobre el arte y sobre su papel en la sociedad, obra colectiva -los parados también cobraron por su participación-, la muestra catalana, que nos vuelve más lúcidos y más tolerantes. Símbolo del pretencioso despilfarro de una época que nos ha dejado llenos de deudas, vergüenza y escombros, el pabellón nacional.


Menos mal que si la marca España no pasa por el mejor momento, todavía podemos enorgullecernos de la marca hispánica.


Soy un animal doméstico, como los gatos, frecuento siempre los mismos lugares y en ellos tengo mis rincones favoritos. Cuando vuelvo a esta ciudad me gusta sentarme a leer el periódico en la cafetería que hace esquina en el campo de Santa Sofía, frente al traghetto que lleva al mercado de Rialto. Allí siempre sopla una brisa fresca, por mucho que el calor parezca aplastar a quienes van y vienen por la Strade Nuove.


Y me gusta el campo de San Giacomo del Orio, con sus canteros de flores y sus frescos árboles; allí me siento a escuchar música y a ver pasar la gente que por aquí camina sin prisas y nunca en apelmazado grupo tras un imperioso guía.


A veces escribo unos versos: «El tiempo viene / a sentarse conmigo. / Ya no estoy solo».


Soñé que era yo quien estaba en esas celdas de plomo con que Ai Weiwei ha llenado la iglesia de Sant'Antonin, muy cerca de donde el San Giorgio de Carpaccio sigue dando muerte al dragón.


Seis contenedores, seis inmensos sarcófagos llenan la nave central del templo barroco. En lo alto y en uno de los lados tienen unas pequeñas ventanitas. Nos asomamos a ellas y vemos al disidente chino en su estrecha celda comiendo, durmiendo, sentado en la taza del retrete, duchándose, caminando, y siempre a su lado dos uniformados vigilando impasibles.


Recrea Ai Weiwei su estancia de casi tres meses en una prisión secreta, incomunicado, sin un instante de intimidad. Y esta especie de juego de muñecos nos hace partícipes de toda la angustia del momento.


Después de mirar por dos o tres de estas diminutas ventanas, tengo que salir a la calle a respirar hondo, a sentirme libre.


Estas celdas de Sant'Antonin, esta brillante idea de Ai Weiwei, me traen el recuerdo de otras celdas que recordar no quiero.


La del sótano de la Dirección General de Seguridad no tenía más ventanas que la de la puerta. Siempre estaba la luz encendida. Recuerdo que distinguía el día de la noche por el distante rumor del tráfico en la Puerta del Sol.


A veces uno viene a la Biennale como quien va al circo, a divertirse, sorprenderse, asombrarse con los extremos a que ha llegado el arte contemporáneo.


Este año es distinto. Massimiliano Gioni, en Il Palazzo Enciclopedico, ha reunido una colección de obsesiones y fantasías de las que resulta imposible salir indemne.


Kohei Yoshiyuki, fotógrafo publicitario, mientras paseaba una noche por un parque de Tokio, se encontró con una pareja haciendo el amor y con un furtivo espectador escondido tras los arbustos. Era en los años setenta. Decidió fotografiar a esas parejas clandestinas y a los que las miraban. Lo hizo durante una década. Tuvo que probar con lentes ultrasensibles para no usar el flas y pasar inadvertido. La primera exposición, en 1980, fue un escándalo y resultó prohibida. Las fotografías eran de tamaño natural, estaban en una sala a oscuras y los visitantes entraban provistos de una pequeña linterna, convertidos ellos también en voyeurs.


Junto a la sexualidad furtiva de Kohi Yoshiyuki, las fantasías adolescentes de Evgenij Kozlov en su álbum de Leningrado, doscientos dibujos a tinta realizados entre los doce y los dieciocho años. «De niño -leemos en el cartel adjunto-, Kozlov fue introducido en el mundo femenino de la madre, que a menudo le llevaba con ella a la zona reservada a las mujeres en la sauna o a la sala adjunta donde las mujeres se vestían y se preparaban para salir. A su erotismo ardiente e inocente contribuyó también la promiscuidad obligada del Kommunalka, los apartamentos típicos de la Unión Soviética en que creció Kozlov».


El sexo y sus fantasmas nos acompañan de una sala a otra, y también otros fantasmas: las sombras que sostienen bebés en las fotografías coleccionadas por Linda Fregni Nagler o los noventa venecianos -muertos con unos días de permiso- que Pawel Althamer ha reunido en una sala, o la mujer que espera un tranvía desde 1983.


Fantasmas, fantasmas, o imágenes, imágenes, como tituló Roger Caillois uno de sus libros, que yo compré hace años en Buenos Aires, y en el que nos habla de «la belleza de las piedras, tales como se las encuentra en las cuevas o a veces pulidas sobre una de sus facetas para que brillen en todo su esplendor, para que sus matices aparezcan más vivos o se vuelva más visible su granulación o su dibujo».


Entre todas esas piedras destaca el ágata de Pirro, de la que nos habla Plinio en su «Historia natural», en la que se reconocía, sin ninguna intervención humana, a Apolo tocando la lira en medio de las nueve musas.


Lo mejor de la colección de piedras de Roger Caillois se expone aquí, pero entre ellas no se encuentra la fabulosa ágata de Pirro. No la echamos de menos. En otra estancia está el Libro Rojo de Jung, donde el psicoanalista fue dibujando minuciosamente sus fantasías, contando sus sueños, que son también los nuestros. ¿Y cómo no reconocerse en el diablo que Aleister Crowley mandó dibujar para una de sus cartas del tarot?


Más fantasmas, infinitos fantasmas al sol inclemente de este ya pleno verano en Venecia. Lo que Bioy Casares soñó en «La invención de Morel» («una Odisea de prodigios que no parece admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo», según Borges) se hace realidad en el pabellón argentino. Eva Perón entra y sale, se mueve entre nosotros, se desnuda en su dormitorio. Oímos sus pasos, abre de pronto una puerta, se asoma a una ventana, saluda a la multitud, se sienta en un sofá y a su lado se sienta ella misma más joven o demacrada por la enfermedad. Por un instante sentimos en nuestra mano su mano de niebla. En otra sala se nos cuentan las glorias del peronismo, pero qué nos importa toda esa palabrería oficial. Una hermosa mujer, gracias a los prodigios técnicos que imaginó Bioy, sale de su tumba y nos hace compañía. Cierro los ojos y sueño otras resurrecciones.


Tengo poca fantasía, pero alguna imaginación. Soy como el paleontólogo al que un simple hueso le basta para reconstruir un animal desaparecido hace miles de años. ¿Qué pasaría si hubiese hecho esto en lugar de aquello otro, si me hubiera casado, si me dieran el premio Nobel?


Me gusta jugar esas partidas de ajedrez, inventarme novelas de las que soy el protagonista. Si me dieran el premio Nobel, se acabaría cualquier tranquilidad en mi vida, homenajes, periodistas, viajes, no podría dar clases, todo serían discursos protocolarios sobre esto y lo otro. Uf, qué lata. Lo único bueno es lo que fastidiaría a la gente que me detesta. Pero me parece demasiado poco para tanto engorro.


Me imagino toda la novela del Nobel y luego respiro aliviado cuando veo que sigo disfrutando del anonimato y del lujo de hacer lo que me da la gana.


Yo, que en seguida me canso de todo, hay lugares a los que no me canso de volver nunca. Venecia, por ejemplo, donde nunca paso más de tres días, pero donde nada más poner el pie en la calle ya me siento como si viviera allí toda la vida. O Nueva York, que me aguarda sonriente, como la princesa de los cuentos, tras su cerco de dragones aduaneros. O Avilés, donde entré por primera vez en un Palazzo Enciclopedico como el que soñó Marino Auriti, como el que intenta recrear Massimiliano Gioni en la Biennale. Un Palazzo del que aún no he salido. Y que se llama la Biblioteca o, por otro nombre, el Universo.

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