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Sebastián Miranda, un renovador apasionado por la caricatura

Una tesis de la historiadora del arte María Soto reivindica la figura del escultor del «Retablo del mar»

María Soto.

María Soto. / jesús farpon

Oviedo, M. S. MARQUÉS

Tras casi cinco años de investigación sobre la figura y la obra de Sebastián Miranda (Oviedo, 1885-Madrid-1975), la historiadora del arte María Soto, que ayer leyó su tesis doctoral en la Universidad de Oviedo, llegó a contabilizar más de 550 esculturas y 1.900 dibujos. Todo un patrimonio artístico que le valió al escultor asturiano un lugar destacado entre los grandes del siglo XX.

María Soto trabaja en la actualidad en el departamento de educación del Museo Lázaro Galdiano de Madrid, donde recaló tras varias estancias como becaria en otros museos nacionales e internacionales. Como director de la tesis eligió al profesor y conservador de la pintura del XIX del Museo del Prado, Javier Barón, quien guió sus pasos hacia la figura de Miranda, dado el interés de la historiadora por la escultura.

Para María Soto, Sebastián Miranda fue un renovador, un artista vinculado al modernismo, expresionismo, art déco... movimientos que sin ser vanguardistas intentaban renovar la tradición del arte del siglo XIX. Fue además un escultor de éxito desde su primera exposición en el Museo de Arte Moderno de Madrid, en 1921. Vivió temporadas en París y Roma, y cultivó una estrecha amistad con intelectuales de la época próximos a la República como Gregorio Marañón, Azorín y Baroja, y especialmente con Ramón Pérez de Ayala. Fue este último el que más influyó en su trabajo, sobre todo en los primeros años, animándole por el camino del humor y la caricatura.

De Sebastián Miranda se conoce, sobre todo, el «Retablo del mar», cuya segunda versión se conserva en el Museo Jovellanos de Gijón. La presentación en la ciudad en 1933 supuso el gran descubrimiento del autor. Se expuso en escayola policromada y fue tal el éxito que se le encargó realizarlo en madera. En eso estaba Miranda cuando la guerra civil dio al traste con el trabajo. El escultor abandonó Gijón para trasladarse a París, donde vivió los años de contienda.

Muchos años después recuperó parte de las viejas escayolas y realizó otras nuevas para recomponer el retablo que hoy se conserva. María Soto destaca la calidad de la pieza sin olvidar que quienes conocieron el primer original hablan de una mayor expresividad en las caras y de una policromía más lograda.

A pesar de que tanto esta obra como «La Monjardín» que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias destacan entre lo más representativo de su producción, la historiadora del arte lamenta que los museos asturianos no cuenten con más piezas que permitan una representación de todas las etapas de su obra.

«Aunque el artista admiraba la escultura renacentista y la clásica», afirma Soto, «su producción es de pequeño formato. Se sentía incapaz de hacer obras grandes, a pesar de haber realizado un par de monumentos».

La caricatura era una de sus pasiones. Empezó a practicarla en París. Tiene algunos retratos de personajes ovetenses a los que representa con rasgos caricaturescos, mientras que intentaba idealizar a las mujeres.

Después de estudiar su vida y su obra a fondo, Soto retrata a Miranda como «un bon vivant» al que «le gustaba comer bien, viajar, estar con los amigos y disfrutar de la vida». Además reivindica su figura como «un renovador vinculado al arte y a la literatura de todo el primer tercio de siglo». Considera de justicia recuperar su nombre, un tanto olvidado desde los años setenta.

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