Crítica
«Aida» como encuentro de civilizaciones
MacVicar desdeña la espectacularidad en una representación que carga acentos en el mundo enrarecido de los ritos isiacos

«Aida» como encuentro de civilizaciones
Guillermo GARCÍA-ALCALDE
Se supone que el encuentro de civilizaciones ha de buscar sus referentes en los pueblos antiguos. David MacVicar, el escocés que firma el espacio escénico de esta «Aida» coproducida por el Covent Garden de Londres, la Ópera de Oslo y el Palau de les Arts de Valencia, presta un gran servicio al sueño de Zapatero al agitar en su coctelera licores egipcios, chinos, mayas y japoneses. La novedad «sincrética» de un relato faraónico con sumarias decoraciones del período Ming, samuráis entrenados en artes marciales y sadomasoquismo sacrificial de la América prehispana da carácter a la apertura de temporada del colosal escenario de Calatrava, que la intendente Helga Schmidt mantiene en cabeza de los europeos pese a las mutilaciones del presupuesto, único dato «universal» de la ópera de hoy. Pero ya es obligado ver qué hace Valencia. El que no tenga en cuenta sus propuestas se queda a la cola, y no sólo en el ámbito español.
MacVicar, de rabiosa moda en este país (también es autor de los recientes Britten de Madrid y Berg de Barcelona), desdeña la espectacularidad habitual e incluso la luz. Sus decorados son austeros y abstractos, tenebrista la luminotecnia y tan sólo el vestuario multiétnico de Moritz Junge se permite lujos. El sentido de la representación carga acentos en el mundo enrarecido de los ritos isiacos, con pesadas atmósferas de manipulación psicofísica, perversión erótica y demasía seudorreligiosa. Todo en frío, por exceso de hielo en la coctelera.
Estos hermetismos encajan a la perfección con las «divinas lentitudes» y, por tanto, longitudes de Lorin Maazel, vaca sagrada que a los 80 años pasa por completo de fáciles lucimientos para concentrar su técnica prodigiosa en la elaboración de un concepto, en este caso claramente expresionista y capaz de «refundar» sin traicionarla una partitura archipopular. Expresionismo contenido, en todo caso, en las notas de Verdi, sus excesos heroicos, misteriosa sinuosidad orientalista y violentos contrastes. La Orquesta de la Comunitat y el Coro de la Generalitat valencianos, titulares del Palau, sirven admirablemente la dilatación de los tiempos y la significación de masas, conjuntos y solos que pide la batuta. La precisión en la respuesta a sus ilustres maestros sigue siendo la «tierra» firme y fecunda en que se apoyan los sueños representados.
Pocos tenores «spinto» hay en el mundo comparables al canario Jorge de León por la calidad del timbre en todos sus registros, la extensión, el poder y la entrega. Pero son muchos menos los que pueden aguantar sin ahogarse el tempo que impone Maazel (de las nueve funciones de «Aida», el divo argentino Marcelo Álvarez cantará precisamente las no dirigidas por aquél). De León es el «vincitor» indiscutible de este gran acontecimiento musical, en paralelo con la mezzo Daniela Barcellona, sensacional en la refinada línea de canto, la amplitud de tesitura y la suntuosa audibilidad de los graves de pecho y los sobreagudos. Con ellos, por orden de calidad, el bajo Giacomo Prestia, gran sacerdote que impresiona por voz y presencia; la soprano Indra Thomas, poderosa en su color cambiante, y, en plano medio, el barítono Gevorg Hakobyan y Marco Spotti.
Maazel y los conjuntos del Palau acaban de decir lo último en «Aida». Ya es una costumbre...
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