El Norte, una estación que miraba al Sur
El actual Museo del Ferrocarril, en Gijón, conserva muchos de los elementos del viejo edificio inaugurado en 1874 que dio vida a la ciudad a la sombra de las máquinas de vapor

Los andenes de la vieja estación, desde el primer piso del edificio principal, con la estructura de la antigua marquesina en primer término. / ángel gonzález
Gijón, Eduardo GARCÍA
Si levantaran la cabeza los numerosos asturianos que se acercaron a la nueva Estación del Noroeste el 23 de julio de 1874, día de su puesta en servicio, hoy serían capaces de reconocer aquel edificio que traía, de la mano del ferrocarril, la modernidad a Gijón. Al menos en lo que respecta a ese cuerpo central, con 70 metros de andén cubierto, planta baja y primer piso, proyectado por Melitón Martín y convertido en estación de primera como dos de sus hermanas norteñas, las de La Coruña y Lugo; de diseño ecléctico, elegante en su inspiración francesa. La nueva puerta de la ciudad.

El Norte, una estación que miraba al Sur
La estación, convertida hoy en Museo del Ferrocarril de Asturias, de titularidad municipal, era punto de inicio y final del servicio Gijón-Pola de Lena, el primer ferrocarril de ancho español que se ponía en marcha en el Principado. Faltaban aún diez años para que se abriera el paso del Pajares y, por tanto, el ansiado enlace con Madrid.
La construcción del museo salvó a la estación, que se cierra al tráfico en enero de 1990 y que no vuelve a estar activa -resucitada para la cultura- hasta octubre de 1998, cuando el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, inaugura el nuevo equipamiento. En medio, mucha obra y unos cuantos años de abandono, con la piqueta como permanente, aunque superada, espada de Damocles.
Los visitantes que estos días se acercan al Museo del Ferrocarril ven, en realidad, dos edificios separados por el haz de vías pero unidos en su parte superior, por una cubierta translúcida. Algo así, salvando las distancias de los materiales, era lo que había proyectado el arquitecto de la estación ferroviaria. Pero los dineros no alcanzaron y el edificio se redujo a un único cuerpo que muy pocos años después ya disponía de una enorme marquesina bajo la que se cobijaba el andén.
Y ahí sigue el esqueleto de hierro fundido de la marquesina, tal cual lo conocieron los usuarios de la estación hace más de un siglo. Imaginemos ese Gijón de finales del XIX. La actual calle de Rodríguez Sampedro no existía y el mar llegaba hasta escasos metros de la nueva estación. El último tramo de la actual calle del Marqués de San Esteban, tampoco, y entre la llegada del ferrocarril y la calle del Comercio, que era -por así decirlo- como la última frontera urbana, había un tramo apenas urbanizado, un caleyón probablemente sin nombre, convertido en un barrizal en invierno. En 1877, tres años después de la inauguración ferroviaria, los vecinos de la zona reclamaban al Ayuntamiento mejoras en el alumbrado: «El número de trenes que durante las altas horas de la noche entran y salen en la referida estación con pasajeros no puede menos que tenerlo en cuenta el Ayuntamiento de Gijón y reconocer en su buen juicio que es de absoluta e imprescindible necesidad la mejora», según se lee en uno de los expedientes municipales (del libro Luces de Gijón. El alumbrado público municipal 1834-2010).
Por entonces funcionan los faroles de esquisto. Fueron instaladas doce columnas por importe de más de 15.000 reales para mejorar los accesos de lo que se conocía como la estación del ferrocarril del Noroeste, término que se mantuvo a lo largo de todo el siglo XIX para denominar a lo que más tarde pasaría a ser simplemente la Estación del Norte. Disponía de cantina, de urinarios en edificio aparte, de sala de espera de primera clase (y otra para todos los demás). Las fotos más antiguas enseñan una fachada principal con una segunda marquesina en el patio de carruajes, sobre la entrada principal al recinto en lo que era una explanada de dimensiones más que generosas.
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