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Emma Whitehead, la niña que venció a la leucemia con el virus del sida como aliado

El bioquímico de la Universidad de Oviedo Xosé Antón Suárez Puente explica un caso que avala la terapia génica y abre nuevas vías terapéuticas

Emma Whitehead.

Emma Whitehead.

Oviedo, Eduardo GARCÍA

La sonrisa de Emma Whitehead, la niña norteamericana de 7 años que ha logrado sobrevivir a una leucemia linfoblástica aguda mediante un tratamiento experimental de terapia génica, inundó esta semana los medios y las redes.

Emma se estaba muriendo. El tratamiento al uso mediante quimioterapia no había dado resultados y en el hospital infantil de Filadelfia donde estaba ingresada decidieron apostar por un casi imposible. No había ya nada que perder.

Los padres de Emma aceptaron que su hija se convirtiera en el primer ser humano con ese tipo de leucemia en recibir una terapia génica que parece de ciencia ficción porque los médicos se aliaron con el virus del sida para acabar con el cáncer de la niña, al menos en ese primer asalto. Y después de siete meses están convencidos de que lo han conseguido. La sonrisa de Emma ya es todo un triunfo.

El bioquímico asturiano Xosé Antón Suárez Puente, profesor del departamento de Bioquímica y Biología Molecular, asegura que el caso «abre vías nuevas para el tratamiento de algunos tipos de leucemias, pero hay que ser muy prudentes». Ese último intento llevado a cabo con Emma Whitehead se hizo ya con otras personas (diferentes enfermedades) y los resultados clínicos fueron dispares.

El virus del sida se utilizó en este caso como «envase». Es, lógicamente, un virus modificado «al que se le quitaron todos los genes que causan la enfermedad». A ese «envase» se le inyectan genes que permiten atacar moléculas que expresan las células tumorales.

Por expresarlo de forma muy básica, se utilizan las propiedades del temible virus del sida, su enorme capacidad para meterse en las células, en este caso para sanar. El objetivo, los linfocitos tumorales de la leucemia. No se dejan invadir fácilmente, pero frente a ellos hay un virus con mucha experiencia «invasora» y con millones de años de evolución.

De todos los cánceres que pueden afectar a los niños, la leucemia linfoblástica aguda es el más frecuente. Al contrario que la leucemia linfática crónica (que lleva años siendo estudiada desde Asturias por el equipo de Carlos López Otín), la linfoblástica aguda se desarrolla a enorme velocidad. Hace unas décadas era una enfermedad fatal, pero hoy -recuerda Xosé Antón Suárez Puente- los niveles de supervivencia se han disparado por encima del 70% de los casos. «Cuando reaparece el tumor es preciso buscar alternativas como el trasplante de médula, pero no es fácil encontrar donante y obliga a una medicación de por vida».

La terapia génica empezó a ser usada hace unos veinte años para el tratamiento de los «niños burbuja». Generó problemas adicionales y en algunos casos motivó leucemias, por lo que fue necesario echar el freno de mano y replantearse la situación. «Hay que ir poco a poco, buscando vectores seguros». Un vector es un virus, toda una herramienta: «algo donde introducir un trozo de ADN y que lo pueda conducir a un lugar del genoma donde no cree problemas».

Introducirlo en una célula afectada por enfermedades como la leucemia es relativamente sencillo, explica Suárez Puente, pero no lo es tanto cuando hablamos de tejidos, músculos o huesos. «De hecho, es muchísimo más complicado».

Emma Whitehead vivió casi al mismo tiempo dos graves crisis. La primera, su enfermedad en su versión más cruda, y la segunda, los efectos iniciales de la terapia génica, que ponen al organismo al borde de su resistencia. Queda mucho por avanzar en la terapia génica, pero el caso de la niña norteamericana abre esperanzas y, sobre todo, marca el camino.

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