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Cuando la música duele

Los intérpretes de clásica luchan para que se reconozcan como enfermedad profesional los numerosos tipos de lesiones que sufren

Si no hubiera sido por aquella lesión, probablemente nunca hubiéramos llegado a escuchar canciones tan deliciosas en la voz grave de Louis Armstrong como "What a wonderful world" o "Hello Dolly". El trompetista estadounidense empezó a cantar tras partirse el músculo orbicular de la boca por la fuerza con la que apretaba la embocadura de su instrumento. Esta lesión recibió posteriormente el nombre de "síndrome de Satchmo", tal era el apodo con el que conocían a Armstrong, abreviatura de "sacthelmouth", "boca de bolsa". Ganamos un cantante inmortal al perder al trompetista, pero muy pocas veces la enfermedad profesional de un músico tiene tan feliz resultado. Al contrario, casi siempre se sufren y se tratan en silencio, procurando que no trasciendan entre la profesión. La Seguridad Social española ni siquiera las tiene incluidas en su catálogo de dolencias profesionales, aunque la administración está en el proceso de reconocerlas.

Hacer visibles esas dolencias y lograr el reconocimiento administrativo -clave para que las mutuas acepten asumir los tratamientos correspondientes- es la tarea en la que están embarcadas tanto la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) como la Asociación de Músicos Profesionales de Orquestas Sinfónicas (AMPOS). Ambas instituciones están ahora encabezadas respectivamente por Ana Mateo, gerente de la Orquesta Sinfónica del Principado (OSPA), y por Francisco Revert, percusionista de la orquesta asturiana y secretario de AMPOS. Mañana jueves, con motivo del día de la seguridad en el trabajo que organiza la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se celebra un concierto en Madrid para concienciar sobre esta realidad, tan desconocida entre el público. "Lo que se ve son los músicos en frac, el mundo ideal, la gloria, pero detrás hay mucho sufrimiento", apunta Ana Mateo.

El catálogo de sufrimientos físicos de los intérpretes parece infinito, pero todos tienen un origen común: posturas forzadas para sostener el peso antinatural del instrumento y movimientos repetitivos, todos los días durante muchos años. En cierto sentido, los músicos son deportistas de élite que someten su cuerpo a movimientos pequeños y precisos que pueden acabar ocasionando lesiones muy dolorosas. Cada instrumento tiene su lado oscuro. Un fagotista puede sufrir una lesión en el nervio de la embocadura, tendinitis, problemas de dentición€ Un contrabajista, padecer codo de tenista, pinzamiento del nervio cubital o cervicalgia€ Un pianista, ciática, tendinitis, lumbalgias, síndrome del túnel carpiano€ Y así en todos y cada uno de los miembros de la orquesta. Por resumir, en los instrumentos de cuerda son muy comunes las patologías

musculoesqueléticas. Ahí se puede enumerar la contractura de ambos trapecios, la cervicalgia, contractura interescapular y subescapular, síndrome del desfiladero torácico, molestias dorsales, dorsalgia, y lumbalgia, epicondilitis (codo de tenista), epitrocleitis (codo de golfista), escoliosis lumbosacra o parestesias del pie entre otras. En el caso de los instrumentistas de viento-madera, viento-metal y percusión son muy comunes las lesiones por afectación de la articulación temporo-mandibular, también la mayoría de las anteriormente citadas en músicos de cuerda y lesiones dermatológicas como callos, grietas y eccema de contacto. Comunes a todos son los trastornos acústicos como la hipoacusia (disminución de la capacidad auditiva), hiperacusia (lo oyen todo: aumento de la sensibilidad auditiva que suele deberse a una irritación en alguna parte de la vía auditiva) o tinnitus (los tinnitus o acúfenos son un fenómeno perceptivo que consiste en notar golpes o sonidos en el oído, que no proceden de ninguna fuente externa).

Las enfermedades auditivas son muy comunes en unos profesionales que viven de producir sonido y no pueden esquivarlo de ninguna manera. Los tapones los aíslan y dificultan su trabajo. Hay que aguzar el oído. "Porque una cosa es escuchar una orquesta desde el público, donde lo que tú recibes ya está todo mezclado, que estar dentro de la orquesta", apunta Ana Mateo. "Nosotros soportamos picos de más de 140 decibelios", apunta Revert. Ese nivel de decibelios es comparable, por ejemplo, al despegue de un avión. Ahí es donde comienza el llamado "umbral del dolor" en emisión de sonido.

De todas las dolencias, la "bestia negra" de los músicos, apunta Ana Mateo, es la distonía focal. Dicho de manera coloquial esta enfermedad consiste en que el cerebro del músico "se raya" y cuando ordena mover un dedo para interpretar una nota se mueve otro dedo. Las neuronas enloquecen después de ser sometidas a repeticiones reiteradas de pasajes musicales. "La presencia de esta enfermedad entre los músicos es el doble que entre el resto de la población", indica Revert. La distonía puede afectar a las manos, pero también a la boca, a las cuerdas vocales€

Mientras que entre los deportistas de élite, especialmente entre los futbolistas, la aparición de una lesión es un hecho que se difunde públicamente -y a veces acapara la portada de los periódicos- en el caso de los intérpretes de música clásica, la aparición de una enfermedad o una lesión fruto de la actividad profesional es algo que se lleva con total y absoluta discreción. Es un estigma. Basta un rumor, el atisbo de una posible lesión, para que el intérprete se convierta en objeto de un escrutinio adicional y, mediante un mecanismo similar al del juego del "teléfono estropeado", que reciba al día siguiente algo parecido a un pésame por su reciente y total invalidez. En las clínicas especializadas en este tipo de dolencias, la reserva es máxima: los pacientes nunca se ven los unos a los otros.

La jornada reivindicativa de mañana jueves quiere sacar a la luz todo este mundo de dolor que se esconde bajo la belleza de la música y poner en evidencia carencias existentes, que la administración trata de remediar, como la no inclusión de estas dolencias en la lista de la Seguridad Social. Otra es la inexistencia de equipos médicos especializados en las orquestas. Al contrario de lo que ocurre en Finlandia, el mundo ideal en este aspecto, ninguna formación de España dispone de unos servicios que, según los profesionales, serían totalmente rentables pues reducirían las bajas de los músicos. Si los deportistas de élite los tienen, ¿por qué no los intérpretes de clásica, que además tiene una vida laboral más larga? Quizá habría que empezar a imaginar a los músicos de la OSPA recibiendo la atención de un fisio antes de su encuentro con el público, como los futbolistas del Oviedo o del Sporting.

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