14 de noviembre de 2017
14.11.2017
Libros

Las ruinas que explican nuestro tiempo

Marc Badal recoge en "Vidas a la intemperie" la pérdida del mundo del campesino

14.11.2017 | 13:49
Un fragmento de la portada.

"A los campesinos les era imposible concebir un espacio "natural" segregado de lo humano. El conjunto del territorio formaba parte del hogar. Ellos no se sentían parte de la naturaleza. Vivían en un mundo sin naturaleza, tan íntimo y familiar como la cocina o el desván".

Marc Badal recoge en "Vidas a la intemperie (Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino)" la pérdida de un mundo, el campesino, compuesto por muchos pequeños mundos que, como el autor advierte, se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas de un "etnocidio con rostro amable".
El prólogo de Irene García Roces pone en situación al lector. El texto, publicado por Pepitas de Calabaza, defiende la necesidad de recuperar las "ruinas que explican nuestro tiempo", cuestionando la mirada sobre el mundo rural que se produce desde los grupos normativos, aquellos que pueden generar normas y representaciones colectivas con mayor eficacia. Se propone ampliar la perspectiva "urbana desde la que se ha escrito la historia" y que ha definido "lo relevante y lo memorable». En este sentido, nos invita a un viaje al pasado que nos permite comprender un presente en el que nos hemos quedado huérfanas. Mediante una recopilación de citas e historias, el autor va tejiendo cuidadosamente multitud de voces que nos ayudan a entender los diversos mundos campesinos, haciéndonos transitar durante la lectura entre los "prejuicios y las buenas intenciones", entre barros y edenes.
"Somos los descendientes del campesinado. En sentido figurado y literal. Provenimos de un mundo que no hemos conocido y serán otros quienes nos cuenten cómo era. Los campesinos no pueden hacerlo. Han desaparecido y nunca escribieron su historia. Vivimos en el mundo que crearon. No podemos dar un solo paso sin pisar el resultado de su trabajo. Tampoco abrir los ojos sin ver el trazo de su huella. Una obra que es todo lo que nos rodea. Todo aquello que pensamos que es tan nuestro por el hecho de estar ahí. De toda la vida. La observación atenta y minuciosa de todo cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con la que contaban los campesinos. A su alrededor no había más que señales. Rastros y presagios. El movimiento de las nubes, el color de la hierba, el vuelo de los pájaros, la rama quebrada del cerezo. Su ojo no descansaba. Su memoria tampoco. Un caudal de información que debía ser procesado lo antes posible. Era necesario anticiparse. Avanzar o detenerse. Replantear la estrategia o mantenerla hasta las últimas consecuencias. En ello les iba mucho".
Desde hace más de quince años, Marc Badal Pijoan (Barcelona, 1976) compagina la investigación y la dinamización en el ámbito de la agroecología y el desarrollo rural con las tareas cotidianas en varios proyectos de recuperación de núcleos de montaña abandonados.
En sus textos aborda distintos aspectos vinculados a la cultura rural, la industrialización de las actividades agrarias y las experiencias agroecológicas.
Ha publicado Cuadernos de viaje. Fragmentos y pasajes históricos sobre semillas (Fundación Cristina Enea, 2016); Mundo clausurado. Monocultivo y artificialización (autoeditado, 2016); Vidas a la intemperie. Notas preliminares sobre el campesinado (Campo Adentro, 2014); Fe de erratas. La agitación rural frente a sus límites (autoeditado, 2011) y Los pies en la tierra. Reflexiones y experiencias hacia un movimiento agroecológico [coord.] (Virus, 2006); además de artículos en las revistasResquicios, Raíces, Cul de Sac, Ekintza Zuzena y Archipiélago.
Actualmente vive en un caserío escondido en la vertiente norte del Pirineo navarro, donde ha puesto en marcha kanpoko bulegoa ("oficina exterior"), un obrador artesanal de pensamiento aplicado en torno a la cultura rural y el territorio.
Así comienza el libro:
El 21 de enero de 2008 moría Marie Smith Jones a los ochenta y nueve años de edad. Vivía en Anchorage, Alaska. Fumadora y bebedora empedernida, se había casado en 1948 con un pescador de Orego?n con el que tuvo nueve hijos. Originaria de un pueblo llamado Cordova, junto al delta del río Copper, sus padres, al nacer, le pusieron el nombre de Udachkuqax*a'a'ch ("un sonido que gritas a la gente desde lejos"). Marie Smith Jones era la u?ltima eyak criada en su lengua materna. El eslabo?n que cerraba una cadena cultural originada diez mil an?os antes.

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