07 de julio de 2019
07.07.2019

El último aplauso para Arturo Fernández

Una multitud arropa a la familia del actor en un emotivo funeral, en el que se ovacionó tanto la llegada como la salida del féretro hacia el camposanto de Ceares

07.07.2019 | 00:11
El último aplauso para Arturo Fernández

En su dilatada carrera profesional, Arturo Fernández tuvo muchos partenaires, muchos compañeros y compañeras de reparto con los que construyó actuaciones memorables en las tablas y el celuloide. Lina Morgan, Lola Herrera, Paco Rabal, Carmen del Valle... la lista es muy extensa y variada. Pero hubo un compañero perenne en toda esa trayectoria, setenta años creando sonrisas, lágrimas y carcajadas para hacer disfrutar al respetable. Ese compañero no era otro actor, sino un gesto: el aplauso del público, siempre puntual a su cita con Arturo Fernández. Y no podía faltar ayer, en la iglesia gijonesa de San Pedro, donde una multitud despidió al galán eterno del cine español, al "chatín" de la Puerta de la Villa. Un funeral casi íntimo pese a la gran multitud que abarrotó el templo y sus aledaños en la despedida del actor, con muy poca presencia institucional y el foco centrado exclusivamente en la memoria del popular intérprete y en su familia, que estuvo en todo momento muy arropada por los amigos y seguidores del fallecido.

En los prolegómenos del oficio, se respiraba en San Lorenzo el aroma de las tardes para recordar. No había un sitio libre en los bancos del camino arbolado que da acceso al templo de San Pedro. La familia de Arturo Fernández se unió para recorrer todos juntos esos metros, con un gesto muy significativo de su complicidad: el del hijo del actor, también llamado Arturo, que accedió al templo cogido de la mano de las dos mujeres que marcaron la vida del fallecido intérprete: Isabel Sensat, la primera mujer y madre de los tres hijos de Arturo Fernández; y Carmen Quesada, con la que compartió sus últimas cuatro décadas de vida.



Arturo Fernández hijo llega a la iglesia de la mano de su madre, Isabel Sensat, y de Carmen Quesada, y precedido por su hermana María y por Manuel Ballbuena. | LUISMA MURIAS


Junto a ellos, entraron en el templo sus hijas Isabel y María; el marido de ésta, Manuel Balbuena; y las dos nietas que le dio Isabel, Sandra y Clara Gustafson, que estuvieron además acompañadas de su padre. Sólo faltaron los dos hijos de María Fernández y Manuel Balbuena, Tomás y Lola, que por su corta edad no estuvieron presentes en la ceremonia.

Entre los muchos amigos que acudieron al funeral no faltaron el psicoesteta Ramiro Fernández y Gabino de Lorenzo, exalcalde de Oviedo, al que se vio muy afectado durante toda la tarde. "Perdí a un hermano. Yo, que soy hijo único, y él, que también lo fue, en los últimos momentos me dio la mano y me llamó hermano. Perdí a mi hermano mayor", aseguró De Lorenzo, justo antes de entrar en la ceremonia. La representación institucional, muy menguada, estuvo encabezada por el Consejero de Educación y Cultura en funciones, Genaro Alonso, que a su llegada al funeral reivindicó ante los medios la talla profesional del fallecido y su asturianía.

La llegada del féretro a San Pedro desató la primera ovación de la tarde. De manera espontánea, la multitud que se arracimaba a las puertas de la iglesia comenzó a aplaudir nada más que avistó el coche fúnebre que portaba los restos del actor. Un aplauso intenso, emocionado y emocionante, que no cesó hasta que el féretro, fue colocado frente al altar mayor.

Delante del ataúd avanzaba otro buen amigo del fallecido: el sacerdote Silverio Zapico, que presidió la misa auxiliado por José Antonio Álvarez y por el capellán del Sporting, Fernando Fueyo. Entre las muchas cosas que unían a Zapico y Arturo Fernández, destacaba la vocación solidaria: el actor llegó a donar varias de sus preciadas corbatas para uno de los rastrillos para causas humanitarias organizados por el sacerdote en la parroquia de Resurrección, la que correspondía a la madre del actor.

Por esa familiaridad, el sermón del cura resultó especialmente cálido, cercano y personal. "Arturo solía decir que los guapos nunca deberían morir. Y va a ser verdad, porque Arturo no va a morir para siempre", comenzó el sacerdote, que hiló diversas anécdotas y frases del fallecido actor a sus propias palabras, dirigidas principalmente a confortar a la familia.

"Fue un padre atento y entrañable con sus hijos, lo sé porque lo vi. Y amó entrañablemente a sus nietos: 'Nunca me han dado un disgusto', decía. Y no se lo daréis", les dijo Zapico. De la trayectoria de Arturo Fernández, el cura destacó dos aspectos. El primero, la importancia de su ocupación: "Su trabajo era ser espejo de otros y hacer felices a otros, algo que no es cosa desdeñable en estos tiempos". El segundo, su capacidad para transmitir un legado de trabajo, dedicación y respeto a sus compañeros de profesión: "Aquel chaval del Gijón del alma, que se fue a Madrid con una maleta y trescientas 'pelas', creó escuela en su entorno; ayudó a otros actores y actrices a ser mejores".

Durante su sermón, Zapico no escatimó palabras de afecto para Carmen Quesada, a la que se vio muy afectada durante el oficio y después. Al final de la misa, el yerno de Arturo Fernández, Manuel Balbuena, tomaría la palabra para, en una nueva muestra del afecto y la unión con la que la familia del actor está pasando estos duros momentos, destacar la figura de Isabel Sensat, que estuvo casada con el actor entre 1967 y 1987, y que es la madre de sus tres hijos.

Las palabras del yerno fueron recibidas con aplausos por la multitud que abarrotaba la iglesia de San Pedro y, fue seguido de un uno de los gestos más hermosos y emotivos de la tarde: en medio de la ovación, la viuda de Arturo Fernández, Carmen Quesada , se giró en su asiento y tendió la mano a Isabel Sensat, que la apretó con fuerza. Ambas mujeres, totalmente emocionadas, compartieron así un gesto íntimo con todos los presentes, en una muestra de afecto y respeto que provocó más de una lágrima entre los que lo percibieron.


Una emocionada Carmen Quesada, viuda de Arturo Fernández, a la salida del funeral. | LUISMA MURIAS

Los aplausos retornaron al final del oficio, combinados con los sones del "Gijón del alma", interpretado por la soprano Tina Gutiérrez. Acompañaron también al hijo, el yerno y los amigos del difunto que portaron el féretro desde el altar hasta la entrada. Entre ellos estaba Sabino Bilbao, el técnico que durante décadas trabajó en la compañía de Arturo Fernández, poniendo sus conocimientos técnicos para poner en escena las ideas del intérprete. "Mi trabajo consistía en prepararlo todo para que él pudiera actuar. Llevo 28 años con él", afirmó Bilbao, al que le costaba hacer el tránsito verbal del presente al pasado. En sus palabras se percibía el afecto, el respeto y también la pérdida, un sentimiento casi se diría que de orfandad profesional, tras toda una vida junto al galán eterno.

Cuando el ataúd que transportaba los restos del actor retornó al coche fúnebre, los aplausos habían alcanzado la categoría de ovación. "Hasta luego, ¡chatín!", se oyó gritar en San Pedro, en un segundo en que las palmas pararon a tomar aliento, mientras el cortejo fúnebre se preparaba para arrancar en dirección al camposanto de Ceares, destino último de los restos del actor. El mismo cementerio donde descansan los de sus padres.

En el acto final de la ceremonia, la multitud se coordinó, de forma espontánea, para rendir un postrero homenaje al actor. Cientos de personas formaron un pasillo por las calles de Gijón, marcando la trayectoria que habría de seguir el cortejo fúnebre en dirección al camposanto.

El lento avanzar de los vehículos fue punteado con los aplausos inagotables de esos cientos de personas que se resistían a abandonar la zona, a dejar partir los restos de Arturo Fernández. Muchos no podía contener las lágrimas al ver pasar el coche fúnebre, y no faltaron algunas expresiones de incredulidad, de personas que no podían creer que ya no volverían a ver, sobre las tablas o por las calles de Gijón, al actor que les había regalado, con su talento y su entrega, tantas y tantas horas de felicidad.

"Arturo fue tan buena gente que animó a otros a ser gente mejor", había dicho, en su sermón, Silverio Zapico. Ayer, en la iglesia de San Pedro y en sus aledaños, Gijón fue la mejor villa que puede aspirar a ser: aquella que despide, con todo el cariño y el respeto, a uno de sus más grandes artistas.

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