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El aislamiento se lleva mejor en el campo

Niños de las zonas rurales mantienen las rutinas de juego, imposibles en la ciudad para los más pequeños: "En esto sí somos privilegiados"

Vera Martínez con un ternero.

Vera Martínez con un ternero.

No se pueden poner puertas al campo. El dicho popular cobra estos días más significado en las zonas rurales, donde los más pequeños no tienen que estar tan encerrados. En los pueblos, los niños pueden seguir siendo niños y preservar todo aquello que le es propio a la infancia: jugar,

Lo cuenta Paula García, ganadera de Taborcias, en Valdés, madre de tres niños, Matías, Gabriela y Alejandro García, de 10, 8 y 5 años, respectivamente. Los pequeños, ayer mismo, después de haber hecho sus tareas escolares y de haber comido, jugaban en el patio. Los dos mayores al tenis y a la comba. El más pequeño a conducir un coche de juguete. Actividades cotidianas en el campo, un lujo que en estos tiempos no está al alcance de los niños de las urbes.

No están libres del miedo. Las medidas para evitar contactos se siguen a rajatabla. Y las salidas al aire libre siempre en los límites del exterior de la casa o de las propiedades colindantes. "En épocas normales, los llevábamos a algunas labores. Estos días estamos segando para ensilar, pero no van con nosotros. Más allá del patio, de la huerta, no van. También hay temor a que si pasa algo el problema sea peor porque no nos pueda atender el médico", añade Paula García.

"Aquí nadie se lo está tomando a la ligera", hace constar también Arantxa Freije, ganadera de San Martín de Oscos. La gente mayor sale menos. Pero es cierto, señala, que la vida para los niños es "totalmente diferente". Tiene una pequeña de 2 años, Vera, que aunque nota la pérdida de la rutina de la escuela infantil a la que acude, puede tener otras propias de su edad.

"En un pueblo las casas están separadas y siempre hay patios y lo de alrededor. No tocas a nadie y los niños pueden salir porque seguimos aislados aunque estemos fuera. Es una ventaja, no es lo mismo salir a una ventana en un piso, que por mucho que respires no sientes la sensación de libertad", explica.

Su niña está alguna vez con ella en la cuadra. "El lunes de madrugada parió una vaca y las dos comprobamos si el ternero había mamado. Los animales hay que atenderlos siempre", señala, para incidir en que en los pueblos se respetan las normas impuestas. En ellos se conservan otras costumbres que ahora también ayudan. Los arcones frigoríficos están llenos de carne -"de casa", precisa- y hay huertas. El pan, muchas veces, se amasa para varios días. Llegado el caso, hasta pueden autoabastecerse.

No obstante, sí se compra en la tienda de comestibles de San Martín. La regenta María Jesús Quintana, abierta en estos tiempos más por vocación de servicio público que por negocio. Tiene un niño de 11 años, Marcos García. "Coge su balón, sale delante de casa y despeja su cabeza. Aunque ya no le dejo coger la bici por ahí como antes".

La salud le preocupa, pero tiene también otras incertidumbres. "Cuando salgamos un poco de este bache, tengo inquietud por el niño. Acaba la Primaria y ya tiene que ir para Secundaria a Vegadeo. No terminaron de hacer los exámenes de la segunda evaluación y les falta la tercera. A ver qué decisiones toma el Ministerio, no sé cómo van a reforzar y recuperar", añade.

Hay precauciones y limitaciones, como para todos en este estado de alarma, pero las casas tienen patios y prados y están lo suficientemente aisladas unas de otras como para no entrar en contacto con los vecinos.

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