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Crónica vírica

"Trato de no ponerme nerviosa"

Los vecinos son el apoyo de Angelita Díaz, sola en Oviedo; la disciplina y la tecnología, los de Iván Donoso, madrileño recién mudado a Asturias

Angelita Díaz, ayer, asomada en el balcón en su piso de Oviedo.

Angelita Díaz, ayer, asomada en el balcón en su piso de Oviedo. MIKI LÓPEZ

"Recuerda que mantener la paz interior nos conecta con las personas pacíficas que hay en todo el mundo". Lo escribió en 1991 Louise L. Hay, pionera de los libros de autoayuda, y lo relee estos días largos de primeros de abril María Angelita Díaz de la Grana en su

Una y otro son las dos caras de esas 139.000 almas que en Asturias viven el confinamiento sin nadie al lado. Iván, madrileño recién mudado a Gijón, 44 años, trabaja en una gran empresa tecnológica; Angelita, 81, natural de Villazón (Salas), es vecina de Oviedo desde que volvió de América, al perder al marido. Iván tiene a toda la familia, amigos y novia en Madrid. Angelita, una hija, yerno y dos nietos preciosos de 16 y 14 años, en Canadá, y un hermano en Gijón al que iba a ver todos los domingos antes de que no se pudiera salir de casa. Los dos, cada uno a su modo, combaten la tristeza y los nervios como pueden. Angelita lee y ve un poco la tele. Iván escucha a "Soundgarden" para tener algo de ruido alrededor, hace su gimnasia, se pone la bicicleta en el rodillo y los fines de semana trastea con la guitarra y los pedales. Pero los dos confiesan que hay días cuesta arriba, en los que la irrealidad y la ausencia de otro al lado pesan.

Angelita tiene el alivio al otro lado de la puerta de su casa, y da gracias a Dios por ese vecindario "buenísimo y tranquilo". Una "buena vecina" hace la compra por internet y de paso le pide lo suyo también. Dolores, encargada de la portería, le fue un día a la farmacia. Ayer ella misma bajó a buscar las cartas al buzón, pero por lo demás aquí lleva en la casa desde aquel domingo, y sin necesidad de salir.

La vía de escape y apoyo de Iván es, al revés, pura virtualidad. Carece en Gijón de toda red social porque, precisamente, aquí se mudó en enero. Necesitaba un cambio, Madrid le estaba matando y pidió a la empresa una ciudad con mar y montaña. Si no hubiera sido Gijón, habría sido Oporto o Lisboa. Pero fue conseguir un piso, adaptarse al trabajo y cuando ya estaba a punto para poder empezar a disfrutar de la ciudad llegó el confinamiento y se quedó encerrado en un piso desde el que -sí- ve la playa, y las mareas, pero también la tabla muerta de risa detrás de la puerta. Así que el alivio de Iván son los chats de whatsapp, las multillamadas de los colegas, las reuniones del trabajo. Conectividad, pero no tanta. "De alguna manera estoy conectado, pero al finalizar un día de reuniones empiezo la ronda con la familia, los amigos, la pareja? Y acabo con cerebro hecho papilla, estoy todo el día conectado pero no veo a nadie". Él sí baja, pero solo a hacer la compra, y en modo ninja, tapado, rápido y en las horas desiertas, que estuvo en Madrid cuando lo peor y carga con esa responsabilidad y esa inquietud.

Angelita no tiene esa tecnología. No tiene computadora en casa. Cuando su hija llama, habla con los cuatro. Lo de verse las caras era solo cuando se lo ponían los domingos en casa de su hermano o los días que venían los sobrinos. También, claro, cuando estaba allí. Este año tenía pensado viajar en mayo a Canadá a verlos, pero cómo ahora.

La soledad, cuentan los dos, acrecienta otras sensaciones. Iván, a falta de alguien con quién discutir, dice que el tiempo se le difumina y que ayer se preguntaba qué día de la semana sería. Cuando llega el sábado es distinto, pero también raro porque pasa rápido y a la vez también se hace largo. "Y acabas sintiendo la necesidad de llenarlo de actividad para no caer en la tristeza". Otra cosa es la disciplina. También ayuda. La hora de desayunar, la de trabajar, la de dejar de trabajar, la de las tablas de ejercicios. "Eso me vale de mucho".

La gimnasia de Angelita Díaz son su libro de autoayuda, algo de tele y las cosas de casa, que ahora ya no le viene la asistenta. "Trato de entretenerme y de no ponerme nerviosa, porque día tras día cuesta". Con los años vividos, esta vecina de Oviedo conserva algún recuerdo en el que reflejar esta zozobra, este encierro de estos días. "Estuve en Venezuela y allí me tocó lo bueno y parte de lo malo, porque vaya situación que se vivió, pero no es lo mismo". El miedo sí. Cuando faltó su marido tuvo que ir sola por la vida. Y fue, pero iba con miedo. "Gracias a Dios, nunca me pasó nada. Ni allí ni aquí". Tampoco ahora. Paz y salud.

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