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Crónicas víricas

En la rueda del hámster, por Chus Neira

La urgencia por llenar de actividades la jornada hace que pase rápido, pero todas se parecen tanto que el año no avanza

En la rueda del hámster, por Chus Neira

En la rueda del hámster, por Chus Neira

No es que cada mañana la radio te despierte con el "I got you babe" de "Sonny & Cher", pero el confinamiento, como le pasaba al meteorólogo que encarnaba Bill Murray en "Atrapado en el tiempo", crea esa ilusión de que todos los días son el de la Marmota. O algo peor. Porque si uno leyera la crisis sanitaria como gran experimento sociológico, solo en lo relativo a la percepción del tiempo parece más una tortura que un ensayo clínico.

De momento, y en solo un mes de encierro, a esa gran parte de la población desconcertada al ver sus rutinas suspendidas y no poder moverse de sus casas le han cambiado la hora (29 de marzo), han visto cómo se pasaba de una estación a otra (la primavera entró el día 20) y por el medio se supone que han disfrutado de días festivos, unas pretendidas vacaciones de Semana Santa del 5 al 12 de abril.

La realidad se percibe de otra forma. Hacia fuera, esa sensación del primer domingo de estado de alarma como si fuera uno de enero sigue presente, aunque se nota más en una parada de taxi que a la puerta de un supermercado. Con la mayor parte de los negocios cerrados también persiste la idea de que siempre son las tres de la tarde y la gente está acabando de comer o durmiendo la siesta. El triunfo "glocal" de la Vetusta clariniana como maldición pandémica.

Hacia dentro la cosa cambia y se produce la paradoja de la bicicleta estática, tan solicitada ahora, por otra parte. Sucede que los días se consumen de forma muy veloz, sin tiempo a nada, pero van acumulándose sin la sensación de que el año esté avanzando en ninguna dirección. Es el tiempo en estado de confinamiento, pura transitoriedad, como si estuviéramos metidos en la rueda de la jaula del hámster.

Salvo para los que siguen saliendo a trabajar diariamente o los que mantienen los horarios de antes aunque ejerzan desde casa, el día a día está lleno de videoconferencias, manualidades, apoyo escolar, hiperconsumo cultural y tareas domésticas que exceden las horas de vigilia. En principio, como en un viaje de fin de semana de mucho trajín, aventuras e imprevistos, la sucesión de acontecimientos, el bombardeo de estímulos, hace que el día pase rápido. Pero no acabará siendo recordado como más tiempo vivido, como sucedería en esa hipotética escapada. La vida de confinado hiperactivo es la misma día tras día, sin que un Jueves Santo o un domingo sean diferentes a cualquier lunes desde el 14 de marzo hasta donde llegue. Para los que estén instalados en esas vacaciones eternas en las que no hay que madrugar para ir al cole y donde todos los días se pueden estirar un poco por las noches, la relajación de horarios solo acrecienta esa confusión temporal. Y el chasco o el terror que llega en la duermevela del tercer capítulo seguido en la tele cuando te despiertas sobresaltado y descubres que no era una pesadilla. Que el confinamiento todavía estaba allí.

Una visión global del problema temporal, más allá del dentro/fuera, arroja otras contradicciones. Uno de los filósofos que más escribió, después de Bergson, sobre la velocidad en la sociedad contemporánea, el francés Paul Virilio (1932-2018), alertaba contra los peligros de estos tiempos cada vez más veloces. Mientras la información viajaba cada vez más rápida, explicaba Virilio, las sociedades occidentales estaban inmersas en un viaje repetido, y ese transporte acelerado de personas, signos o cosas agravaba una sensación de desaparición, provocando "la sustracción del sujeto, repetida a perpetuidad, de su contexto espacial y temporal".

Con ese planteamiento, la segunda paradoja es que en pleno encierro el mundo digital sigue siendo igual de agresivo, virulento, en su bucle de consumo de datos sin fin, pero mientras el simulacro prosigue, la cara B de la sociedad de consumo se ha detenido. No hay viajes low-cost al otro extremo del mundo ni un recorrido incesante por la gran ciudad, que Virilio analizaba como caja de velocidades, del trabajo al ocio entendido como acontecimiento y consumido de forma masiva.

El análisis más pesimista es que ya solo estaríamos viviendo en el simulacro y esa anulación del individuo se habría consumado. Pero si no somos apocalípticos también veremos un redescubrimiento del viejo tiempo. Aquello que está proporcionando duración al confinamiento. Lo que tarda en consumirse un jamón mientras ofrece desayuno y merienda a toda la familia, las horas que tiene que levar la masa de pan antes de ir al horno, lo que aguanta una despensa antes de reponerse, la lectura, no ya de 140 caracteres y sí de 1,5 millones de palabras (Proust).

Luego, por acabar, están los que por pasarlo rápido se han dado a la disciplina carcelaria, a hacer gimnasia para aprovechar la condena. Y ahí, en la idea del presidio, puede que esté la única certeza. Que el confinamiento será como lo que decía el gánster Avon Barksdale en "The Wire" sobre la cárcel: "Sólo estás dos días: el día que entras y el día que sales".

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