08 de junio de 2020
08.06.2020
La Nueva España
Estado de alarma

Un bar 'pirata' oculta a diez clientes en un zulo para burlar a la policía

Los agentes accedieron al local de Barcelona de madrugada y el dueño, rodeado de copas vacías, sostuvo impasible que estaba solo

08.06.2020 | 19:27
Un bar 'pirata' oculta a diez clientes en un zulo para burlar a la policía.

A las tres de la madrugada del pasado domingo una pareja de agentes de los Mossos d'Esquadra golpean la persiana metálica del bar Chivagos, un local de música latina del final de la Gran Via de Barcelona, en el distrito de Sant Martí. Es una patrulla que pasea en prevención de los robos en domicilios y que ha visto que la persiana de este local no estaba bajada del todo y al acercarse ha oído ruido festivo procedente de su interior.

Sería un caso para la Guardia Urbana en circunstancias normales porque mantener abierto el bar después de su hora de cierre vulnera la ordenanza municipal. Pero no son circunstancias normales, faltan solo horas para que Barcelona entre en fase 2 y todavía está prohibido servir a clientes en espacios cerrados. Tras golpear la persiana, desde dentro responde la voz de un hombre que se identifica como el dueño del bar.

Los dos agentes ordenan que levante la persiana y el barman obedece y se hace a un lado para dejar que entren los funcionarios. El Chivagos está vacío pero el ambiente está cargado, impregnado de un aire cerrado que parece haber sido respirado por una multitud. El dueño admite que tal vez la cosa se le ha ido de las manos después de echar el cierre pero mantiene, impasible, que está solo. No cuela. Además del ambiente y de las copas los policías perciben un rumor de personas. Risas nerviosas.

Uno de los uniformados se fija en las bolsas de basura. Están colocadas sobre una plancha de metal. Le piden al dueño que las retire y que levante la plancha. El propietario obedece a regañadientes y al apartar la placa aparecen unas escaleras que conducen a un sótano. Los agentes descienden y encuentran a diez clientes que se habían escondido al detectar que se acercaba la patrulla. Acaban los once –los diez clientes y el dueño– denunciados por incumplimiento del decreto de alarma. Uno de ellos, además, también es sorprendido con susbtancias estupefacientes. Los Mossos avisan a la Guardia Urbana, que levanta un acta administrativa a las cuatro de la madrugada. Según fuentes municipales, es la primera vez que se descubre el uso de este zulo para esconder clientes.

Desde las restricciones dictadas por el gobierno central para contener la propagación de coronavirus los Mossos han clausurado 87 bares y han levantado 145 actas. Aquí están todos los locales que han sido sorprendidos pero no todos los incumplidores que durante los últimos tres meses han desafiado las restricciones con argucias que remiten –salvando todas las distancias posibles y alguna más– a las que emergieron durante ley seca americana del siglo pasado.

La ley seca

Durante los años veinte, el Gobierno americano prohibió la producción y venta de bebidas alcohólicas. La medida disparó la picaresca: bares con cámaras secretas, bebidas impostoras o almacenes de producción clandestina. También condujo al nacimiento de organizaciones criminales que se disputaron violentamente un mercado negro que terminó por demostrar la inutilidad de la prohibición. De aquel pasado quedan joyas cinematográficas como la de Brian De Palma, Los intocables de Eliott Ness, o cócteles como el Long Island Iced Tea, que mezcla sin complejos vodka, Cointreau –o Grand Marnier–, ron, ginebra, tequila y un poco de Coca-cola. Este último ingrediente le da al brebaje un color parecido al del té helado y así, según la leyenda, los consumidores ingerían de golpe cinco destilados mientras fingían tomarse una infusión.

El bar Chivagos también tiene un pasado. Abrió a principios de los 70 y Encarnación, su primera cocinera, recuerda que se llenaba de los albañiles que levantaron los bloques de este tramo de la Gran Via. En una mañana de domingo podía gastar un saco de 50 kilos de patatas en tapas de bravas. Los callos los hacía con las vísceras que le traía una vecina, casada con un matarife. Todavía recuerda con nostalgia el olor a calamar frito.

Tan bien fue aquel negocio que el dueño usó los beneficios para abrir un prostíbulo en La Jonquera que "incluso tenía camas de agua". Entre sus clientes, la memoria de Encarnación no perdona, estaban ilustres de la zona del Empordà, también "algún alcalde".

Entonces el sótano servía solo para guardar cajas de bebidas porque estaba lleno de ratas. La madrugada de este domingo ha ocultado clientes esquivos. Desafiar esta prohibición tiene menos épica que hacerlo durante la época de Al Capone porque son medidas para contener un virus letal y se castiga con una multa. También deja recuerdos con menos glamour.

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