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El guardián que pinta en verde el Evaristo Valle

Francisco Álvarez cuida en solitario los espectaculares jardines del museo gijonés, una joya con más de 120 especies: "Cada planta es distinta"

Una estampa de los jardines del museo.

Una estampa de los jardines del museo. JUAN PLAZA

Para Francisco Javier Álvarez Valle, el guardés de la Fundación Museo Evaristo Valle, las 120 especies de árboles y arbustos que crecen en la finca "La Redonda" son un mismo ser vivo al que mima como a un hijo. A esa tarea ha entregado 35 años de vida, desde que entrara a trabajar en el centro de Somió, dos años después de su inauguración. Era 1985, tenía 18 años y apenas sabía nada de jardinería. Ahora, más de tres décadas después, conoce hasta el último brote de los 16.000 metros cuadrados de los jardines del museo. Unos jardines que cuida como si fueran los de su casa, porque de hecho, lo son. Desde 1991 reside en la finca con su mujer, Begoña Alonso, y se encarga también de las labores de mantenimiento. "Un jardín es un ser vivo, tiene su propia vida", afirma.

Los jardines cuentan con medio centenar de esculturas de distintos artistas que son un complemento excepcional para los dos edificios donde están las obras y colecciones de Evaristo Valle, uno de los pintores asturianos más importantes del último siglo y medio. La finca es una de las más pulcras y bellas de Gijón y de toda Asturias. Incluso ha sido seleccionada por algunas listas de expertos como una de los más destacadas a nivel nacional e internacional. Álvarez Valle es el principal responsable de este éxito. A pesar de su segundo apellido, no tiene parentesco alguno con la familia del artista que da nombre al museo, de cuyo nacimiento se cumplirán 150 años en 2023. Una efeméride que la Fundación Evaristo Valle, presidida por José Ramón García, celebrará con una gran exposición. Lo anunció Guillermo Basagoiti, el director artístico de la entidad, hace unos días, cuando recibió el premio "Asturiano del Mes" de LA NUEVA ESPAÑA.

"Antiguamente, todo se hacía a mano. Ahora ya hay sopladores y cortacéspedes", afirma, como restándose importancia, el jardinero. "Mucha gente se sorprende cuando se entera de qué solo yo estoy al cargo. Piensan que hay más operarios", apunta, sin darse un ápice de protagonismo. Haciendo gala de una evidente humildad.

"Bien organizado, no es tanto trabajo", añade el profesional. Álvarez Valle como la palma de su mano una institución en la que también presta ayuda, por ejemplo, cuando toca montar una exposición. "Nos encargamos de la vigilancia y de la limpieza. Estamos 24 horas al día", completa. Así ha sido siempre, salvo en la cuarentena por el coronavirus, con el museo cerrado, que le pilló en Espinaredo, en el concejo de Piloña, al lado de Infiesto, donde tiene sus raíces el voluntarioso trabajador.

Álvarez Valle vivió de niño en "Las 1.500" , el popular grupo de viviendas de la avenida Gaspar García Laviana, en el barrio gijonés de Pumarín. Comenzó a trabajar en la Fundación Evaristo Valle a mediados de la década de los ochenta, solo dos años después de que se inaugurara el centro, el 5 de marzo de 1983, en una velada a la que acudió el por entonces ministro de Cultura, Javier Solana, muy pocos meses después del primer gran triunfo del socialista Felipe González en las elecciones generales.

Fue una tía suya, que regentaba la carnicería de Villamanín, en Somió, la que le avisó de la vacante de un puesto que a la postre ha marcado toda su trayectoria profesional. Acudió a la entrevista, probó suerte, le llamaron y hasta hoy. Su trabajo, eso sí, ha cambiado con el paso de los años y de las décadas. No solo en lo tecnológico, sino también en la compañía. Inicialmente, las labores que él realiza ahora en la Fundación Evaristo Valle estaban a cargo de un matrimonio. "Lo primero que hice fue plantar unas flores", relata. Ahora, hace de todo.

Sus conocimientos de jardinería eran más bien escasos por entonces, por no decir que simplemente carecía de ellos. Casi todo lo que sabe hoy Álvarez Valle lo conoce por haberlo buscado en libros. Es decir, que se puede afirmar que el trabajador es "autodidacta", además de "curioso". "Se me daba bien hacer cosas. Al final, lo que puede hacer una persona, lo puede hacer cualquiera", asegura, una vez más, restándose importancia. En 1991, la dirección de la Fundación del museo le ofreció quedarse como interno. Fue casi a la vez que cuando se dio el "sí, quiero" con su esposa, Begoña Alonso. "Al principio, el jardín abruma un poco, pero después, a base de leer y de las cosas que vas haciendo te vas orientando. Me gusta lo que hago, eso es cierto", puntualiza.

Álvarez Valle tiene un arma secreta para que los jardines del Evaristo Valle luzcan tan bellos. No se trata de ningún artilugio moderno ni de ningún potente insecticida. En realidad, su gran virtud es la paciencia y una férrea organización sobre todo lo que hace. "Se dice que la paciencia es la madre de la ciencia y creo que esa expresión tiene toda la razón", comenta. El jardinero realiza su trabajo casi de memoria. Lo cambia levemente en función de la estación del año, que es lo que más marca su faena. "No es lo mismo trabajar en otoño, que hay mucho más que hacer, que en verano, que la cosa está más relajada. Por ejemplo, en otoño, muchas veces hay que ser paciente. No puedes dedicarte a quitar todas las hojas que caen, es imposible", comenta.

El guardés del Evaristo Valle posee un conocimiento enciclopédico acerca de las más de 120 especies que crecen en los alrededores del museo. Explica que en el jardín hay especies tan curiosas como un cedro del Líbano, con más de cien años de vida; una "araucaria araucana", que es un árbol originario de Chile; y una sófora japónica, "también bastante antigua". "Un jardín tiene vida propia, eso es lo primero que hay que tener en cuenta. Cada planta tiene sus cuidados. No se puede hacer cualquier cosa con ellas", explica. "En el caso del Evaristo Valle, esto ha sido trabajo de muchas otras personas anteriores a mí, porque hay árboles que tienen más de cien años de vida", repasa.

Una de las labores más complicadas para Álvarez Valle es la topiaria, que es el arte de darle formas geométricas a los setos de un jardín. Un arte para el que no solo hace falta ser hábil con la tijera sino también reunir ciertos conocimientos sobre perspectivas, pesos y direcciones. Uno de los secretos, cuenta, es tener en cuenta por dónde llegarán a la planta los rayos del sol. "Hay muchos factores y no siempre queda recto. Hay que calcular pesos, direcciones, tratar de hacer formas geométricas...", resume.

En sus 35 años, el guardés del Evaristo Valle reúne un buen puñado de anécdotas. La primera que se le viene a la mente tiene que ver con un temporal que tumbó varios árboles. "Recorrí con el coche la finca por fuera y pensé que los destrozos no eran tan grandes", rememora. Pero sí lo eran. "Cuando entré, estaba todo patas arribas, cayeron varios árboles", cuenta sobre este duro mazazo para él. Porque Álvarez Valle siente la vida de las plantas casi como si fueran algo suyo. "Hay que asumir que las plantas son seres vivos y que nacen y que mueren. Su vida es un proceso largo del que yo solo soy una parte", reflexiona.

A sus 53 años, el guardés disfruta ahora de unas merecidas vacaciones de verano tras un año extraño, marcado en los últimos meses por el virus. Le aguardan a su vuelta los 16.000 metros cuadrados del jardín, así como las más de decenas de especies de plantas, árboles y flores que crecen en ese lugar, que seguirán necesitando de sus cuidados. La Fundación Evaristo Valle tiene en su guardián otro tesoro. Quizás el más oculto, pero uno de los más valiosos.

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