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Santamarina, el artesano de la pureza

El diseñador gráfico ovetense, una de las grandes referencias del siglo XX español en su campo, expone sus depurados volúmenes en la galería 451 de Oviedo

José Santamarina, en la exposición de la galería 451. IRMA COLLÍN

José Santamarina (Oviedo, 1941) asegura que tiene una "paciencia acelerada". Es decir, siempre está activo y no se está quieto ni un segundo del día, pero cuando se centra en una pieza logra detener el tiempo. Corta y pliega materiales tan humildes como el papel, la cartulina o el acetato para construir con ellos cuadros exquisitos que son arquitecturas, esculturas en las que la luz se cuela, se dobla en muchos ángulos, gira, salta, pincha y cambia de dirección. Sí, hay que tener una santa y minuciosa paciencia para alumbrar todos esos volúmenes perfectos a base de cúter y mano diestra.

Santamarina protagoniza hasta el próximo 10 de octubre la exposición de la galería 451 (Calle Mon esquina Canóniga, Oviedo). No se prodiga mucho. Su última exposición individual fue en 2018 en la Vitrina Dolsé, en Oviedo. La próxima primavera protagonizará otra muestra en la galería Cornión, en Gijón. Dice que la reclusión forzosa de la pandemia le resultó más que fructífera: no paró de crear.

Se azora un poco cuando alguien se refiere a sus relieves como "obras de arte". Prefiere denominarlas, simplemente, "piezas". Es de los que consideran que no hay que subir a los artistas al pedestal. De los que aún valoran, y añoran, la capacidad que cada creador tenga "de hacer cosas con las manos". Arte es también artesanía. La producción de "piezas" de Santamarina fue, en un principio, algo secundario en su carrera creativa. Lo suyo era "la profesión", y con eso se refiere a una larga trayectoria como diseñador gráfico. "Grafista", dice a la manera antigua. Y ahí hay pocos que le tosan. Durante los años 60, 70, 80 y 90, allá donde se mirase, en Oviedo y en Asturias, por doquier aparecían los logotipos, calendarios, indicativos, carteles e imágenes corporativas de empresas privadas y de servicios públicos salidos de su talento. Hasta que no se repasa su obra -que, por ciento, expone y recopila desde hace años en Instagram-, no se descubre hasta qué punto los asturianos tenemos nuestros recuerdos marcados por las imágenes comerciales o institucionales que creó Santamarina. Algunas de sus creaciones están en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA, donde trabajó como grafista entre los años 1967 a 1969. Vistos en retrospectiva, la modernidad de aquellos diseños de periódico resulta francamente sorprendentes. Solo hay tres españoles cuyo trabajo haya sido escogido por una de las obras de referencia mundial en el mundo del diseño gráfico. "La historia del diseño gráfico", de la editorial Taschen, seleccionó veinticinco trabajos de Santamarina -de los años sesenta y setenta- entre los más importantes del siglo XX.

Aunque Santamarina siempre dio más importancia a su faceta como diseñador gráfico, nunca abandonó la creación artística. Siempre alejándose de los caminos trillados. "La primera exposición que hice, en 1964, que se titulaba 'Sahara-64', era de pintura tradicional, pero no quedé nada satisfecho. Yo no quería seguir esa línea, era una pérdida de tiempo. Buscaba soluciones que me llenasen". Así empezó una larga relación con los materiales más característicos de su creación artística: el papel, la cartulina, el acetato y, últimamente, el aluminio. Así comenzó un aprendizaje de la minuciosidad para alcanzar los cortes perfectos y darles la presencia deseada.

Tras su jubilación, esa parte de su producción que era como "un juego" con el que descansar de su actividad profesional ("Hacía maquetinas y maquetinas hasta que me cansaba") empezó a ocupar la mayor parte de su tiempo. No obstante, la creación es para él "una terapia, un relax; es como ir al psiquiatra, digamos". Paradójicamente este hombre que se define a sí mismo como "nervioso y acelerado" se refugia en la creación de piezas que requieren meticulosidad, precisión y mucha planificación. El formato cuadrado es uno de sus preferidos. En colores, aunque ofrece contrastes, prefiere el blanco. "La luz y el volumen son importantes. Son piezas en las que el espectador participa y, a medida que se va moviendo al contemplar la obra, van apareciendo sombras diferentes", explica.

Ahora, aunque la palabra no le guste, Santamarina es artista a tiempo completo. Pero el ojo de diseñador, tantos años afilado, no le deja descansar. Confiesa que va por la calle y en todo cartel o rótulo que que ve encuentra que determinada letra tendría que haber ido más arriba. O más abajo. Admite que no ve logotipos que le entusiasmen, que a la imagen pública de las tiendas y empresas que cruza le falta "personalidad". Se supone, dice, que los carteles "han de ser como un grito en una pared, pero hoy tienes que acercarte a ellos para leer la cantidad de texto que tienen".

Este artesano de la pureza, siempre en contacto íntimo con los humildes materiales con los que trabaja, lamenta que el diseño se haya digitalizado, que los estudios de los diseñadores no sean más que una mesa y un ordenador. Añora aquel ambiente de estudio artístico, "cuando solo por el olor abrías un guache y ya sabías de qué color era".

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