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Último telón para Lobato, un partisano del teatro

"Mi padre era una revolución en todos los sentidos", recuerda la hija del actor fallecido

Lobato en el Teatro Filarmónica

Lobato en el Teatro Filarmónica Fernando Rodríguez

José Antonio Lobato, fallecido en la madrugada del lunes a los 64 años tras una larga enfermedad, recibió ayer un último aplauso. El de los suyos, el de los familiares y amigos que siempre han estado a su lado, en los momentos buenos y, en especial, en los malos. El de aquellos que le ovacionaron desde el patio de butacas y los que le dieron un empujón en la intimidad cuando más lo necesitó. No hubo acto de despedida, solo se llevó a cabo la incineración del cuerpo a las 11.00 horas, en el tanatorio el Salvador. Solo un último y sentido aplauso. Un reducido grupo de amigos acompañó a la mujer de Lobato, Sara Gladys Pérez, y a la hija de ambos, Elisa, en ese último instante. Al caer la cortina que oculta el ataúd, antes de introducirlo en el crematorio, se produjo ese aplauso sincero y lleno de significado. Fue el último telón de Lobato. "Fue muy emocionante", contaron los que estuvieron allí.

Lobato se fue con discreción y escuchando música. La hospitalización fue dura, en los últimos días con cuidados paliativos y ya el pasado sábado sedado. Pero siempre estuvo la música. "Mamá y yo le poníamos música en el hospital", recordaba ayer su hija. Esa música era la que siempre había escuchado la familia y la que enviaban los amigos. La primera en hacerlo fue su "partenaire" en multitud de ocasiones sobre la escena, Ángeles Arenas, Geles, que quiso sumarse a esa última banda sonora. A la esposa de Lobato, "se le encendió la bombilla" y le pidió a Geles "que lo moviera, que pidiera más música a los amigos". Todos se animaron y el domingo, en esas últimas horas de vida de Lobato, la música no dejó de sonar para él.

"Se pasaba el día compartiendo música y en casa la música siempre estuvo presente", relata Elisa Lobato. A la hija del fundador de la compañía "Teatro Margen" se le vienen a la cabeza los vídeos que grababa cuando era pequeña bailando con su padre. En aquella casa sonaba de todo, "desde clásica, a blues, Santana, 'Beatles', de todo". Tampoco podía faltar la música en los viajes familiares, en los que Lobato ponía insistentemente la cinta de casete de "Desde Santurce a Bilbao blues band", "una cinta que era muy divertida", rememora Elisa.

Por encima de muchas de esas canciones sonaba el "Bella ciao". "Yo me comí todas sus obras desde que nací hasta los 16, cuando iba menos", rememora Elisa. A los 6 años se fueron de gira con el espectáculo "War", que llevó a "Teatro Margen" a Portugal. Es una de las obras icónicas de la compañía y a la cría que entonces era Elisa le chiflaba, "aunque 'Viaje a ninguna parte' también fue una maravilla", añade.

Entre esa música que los amigos compartieron con Lobato en sus últimas horas estaba el "Bella ciao", la canción que sirvió de banda sonora de "War", comenta la hija del actor y director. "Papá me enseñaba la canción contándome la historia real, la de los partisanos que se levantaron contra Mussolini", y, en cierto modo, así era Lobato, un partisano, según el retrato de su hija: "Mi padre era una revolución, en todos los sentidos, porque luchaba por lo que creía en cualquier ámbito". Palabra de hija.

En muchas de esas luchas estuvo Juan Mortera, el encargado de glosar la historia de "Teatro Margen" cuando el grupo recibió la medalla de oro de Oviedo, tras 40 años en la ciudad. Mortera estuvo ayer en el último aplauso a José Antonio Lobato. El director de teatro despidió ayer a un amigo y también "a la historia del teatro en Asturias, en unas condiciones de producción y supervivencia muy complicadas". "Margen", la compañía en la que trabajaron juntos durante años, es para él "el faro que lo alumbró todo con una manera de hacer que se fue perdiendo en el tiempo".

Y lo hacía desde Asturias, porque ya puestos a imaginar, "si Lobato hubiese nacido en Hollywood sería una figura mundial", en opinión de Juan Mortera. En Asturias "pudo sobrevivir" y "fue víctima de vivir en la periferia, y en los tiempos que le tocaron", explica su amigo.

Los suyos, los titiriteros, le rindieron ayer un breve y último tributo en el tanatorio. Ahora, tal vez las administraciones deberían reconocer la enorme figura de Lobato, tal vez una calle en Oviedo, o algo más discreto, como él, una placa en su memoria en su querido teatro Campoamor, dejaron caer ayer los allegados del dramaturgo, tras su última despedida.

José Antonio Lobato llevaba apenas un año jubilado y toda su vida fue un luchador. Era, y así pasará a la historia, un hombre sencillo, nacido en Soto de Rey, en Ribera de Arriba, y vecino de Oviedo, de Ciudad Naranco, de cuyo paisaje era un personaje destacado. Con la naturalidad con la que se paseaba por su barrio, allanó el camino a actores y dramaturgos e hizo historia del teatro en Asturias.

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