Tres antiguos combatientes cubanos, veteranos de la guerra de Angola, recorren la Sierra Maestra en unas maniobras interminables. Esto es “Entre perro y lobo”, la película de Irene Gutiérrez. Un filme exigente y huesudo, armado en torno a su terna protagonista, que rehúye la narración, la trama, para cerrar su objetivo en la descripción de la cotidianidad de estos guerreros obsoletos, los últimos barbudos, en continua preparación de una guerra ya acabada. Un viaje con vocación de documental, que transita por esa frontera y que se hace largo por momentos, tanto por la propia deriva del filme como por la predilección de la cineasta por el plano detalle, que contrasta con la carestía, en varios momentos del metraje, de primeros planos.

En su descripción de la cotidianidad de los personajes, incluso en esa relación elusiva con la naturaleza, “Entre perro y lobo” recuerda por momentos a “Honor de Cavallería”, la magnífica película de Albert Serra. Pero en “Entre perro y lobo” no está presente la retranca del catalán, su mala baba, tampoco su saludable irreverencia, que le lleva a subvertir sin ningún reparo a dos personajes de resonancias míticas como son Sancho y Don Quijote. Gutiérrez, en cambio, muestra un respeto máximo por sus criaturas, sin sacar el machete ni siquiera cuando las conversaciones del trío se limitan a proclamas que repiten citas de Bertolt Brecht y se cierran con el ineludible “Patria o muerte” de Fidel. Una decisión que lleva su película por otros derroteros, quizás no mejores, aunque sin duda respetables.