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La insufrible epidemia de los piropos

Una docena de asturianas de 20 años cuentan cómo soportan el acoso masculino cotidiano: “nunca volvemos a casa solas por la noche, y si un hombre te dice algo, la gente lo oye y no hace nada”

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“Doblo la esquina hacia mi casa y hay un hombre. Miro hacia todos lados y no hay nadie más. En un segundo, barajo la posibilidad de si me dará tiempo a llegar corriendo a mi portal sin que me alcance, pero no lo veo viable. Doy la vuelta a

“Doblo la esquina hacia mi casa y hay un hombre. Miro hacia todos lados y no hay nadie más. En un segundo, barajo la posibilidad de si me dará tiempo a llegar corriendo a mi portal sin que me alcance, pero no lo veo viable. Doy la vuelta a la manzana. Mi camino se alarga cada vez más. Solo quiero llegar a mi casa”. Así relata Yomaira Rubiera, ovetense de 21 años, un día cualquiera al volver por la noche a su domicilio.

Esto es lo que siente Yomaira y también las doce jóvenes, todas en la veintena, a las LA NUEVA ESPAÑA pidió que relatasen sus experiencias relativas al acoso y al miedo que sufren solo por el hecho de ser mujer.

La macroencuesta del Ministerio de Igualdad sobre violencia contra la mujer, con datos de 2019, señalaba que un 27,8 por ciento de las asturianas han sido víctimas de acoso sexual a lo largo de su vida, y un 8,8 por ciento de forma reiterada. Los agresores son hombres en un 99,6 por ciento de los casos. En este estudio, se definía como acoso una serie de comportamientos no deseados y con connotación sexual: miradas insistentes o lascivas, contacto físico no deseado, exhibicionismo o envío de imágenes o fotos.

Debajo de estos porcentajes hay miedo, rabia, frustración y angustia. Es lo que cuenta Clara Nieto, ovetense de 20 años. “Cuando vuelvo sola de noche nunca sé dónde está el límite entre la preocupación real y la paranoia, pero sé que siempre cuando llego a casa me duelen la nuca y los hombros de la tensión”, comienza.

Narra una experiencia de hace alrededor de un año en Bilbao. Era de noche. Como casi todos los fines de semana, volvía desde Asturias. Acababa de bajarse del autobús. “Recuerdo el frío, recuerdo las calles vacías, recuerdo lo que sudaba al intentar ir más rápido de lo que mi maleta me permitía, buscando acortar el viaje lo máximo posible. Recuerdo también una noche en la que, mientras caminaba, un coche aminoró la velocidad a mi lado. Intenté no ponerme nerviosa a pesar de que ya estaba temblando, sobre todo cuando el hombre que conducía bajó la ventanilla”.

No recuerda las palabras exactas que aquel conductor le dijo. En su cabeza sonaba otra muy diferente: peligro, peligro, peligro. “Marqué el teléfono de mi padre mientras corría lo máximo que me permitían las piernas. El coche pasó de largo, dio la vuelta a la rotonda y volvió hacia donde estaba; corrí como nunca, ni siquiera miré hacia atrás para ver si me seguía, incluso estuve a punto de soltar mi maleta para poder ir más deprisa”, continúa.

Al llegar al portal, Clara se derrumbó. Se sentó y comenzó a llorar. Al teléfono, su familia intentaba tranquilizarla. “Seguro que tenían más miedo que yo”, dice. De esa noche recuerda también el sonido de su corazón. “Iba más rápido y más fuerte que nunca, retumbado en mi pecho”. Ese día aprendió que “volver a casa sola y tranquila es un ‘privilegio’”.

El principio

“Son pocos los silbidos, gritos o comentarios fuera de tono que tienes que escuchar para comprobar que ese apego a la prudencia que te han enseñado responde a un peligro real”, afirma Carmen Gallardo, llanisca, de 20 años, estudiante de Biotecnología. En su caso, a los 14 ya convirtió “ese miedo colectivo” en “algo propio”, inseparable de sí misma. Y “ese miedo” lo define así: “No poder deshacerse en ningún momento del miedo a ser acosada, violentada, violada por un hombre”. Lo ha intentado muchas veces.

Cristina Molina nació en Avilés, donde pasó su infancia y adolescencia. Alta, delgada, pelo castaño. A los 18 se mudó a Madrid. Se fue a vivir sola, y arrastrando el mismo “problema” con el que llevaba conviviendo desde niña. “Siempre me han dicho que es mejor volver a casa acompañada. Cuando era pequeña, porque era pequeña, y ahora que soy adulta, porque soy mujer”. Entonces, los taxis se convierten en sus aliados a la fuerza; desde la rabia, la frustración, el miedo o incluso la envidia por no ser un hombre y no poder regresar sola sin tener que pagar diez euros cuando pasan de las doce de la noche. Es el vergonzoso peaje que tienen que abonar por ser mujeres. Cristina, mientras tanto, está agradecida a todos esos taxistas que esperan en el portal a que entre en casa.

Pequeña de nuevo

“A veces te haces pequeña de nuevo”, explica Ainara -nombre ficticio. Prefiere no revelarlo porque no quiere que su familia escuche su relato y se preocupe-. Pone algunos ejemplos de ese “empequeñecimiento” al que se ven sometida: en el autobús, cuando un hombre se sienta a su lado ocupando más espacio del que le corresponde, y se tiene que apretar contra la ventanilla; o de fiesta, cuando un grupo de chicos invade el espacio que ocupa su grupo de amigas y les da igual “estamparlas” contra la pared. “E incluso cuando uno se acerca y dice: ‘Hola, guapa. He visto que me estabas mirando y…’ Y tú solo piensas que le devolviste la mirada porque notabas que te observaba fijamente y estabas incómoda”.

Puede ocurrir en cualquier momento. No tiene que ser un callejón oscuro y solitario. Cualquier calle, tranquila y de día, se puede volver en cualquier momento una amenaza. “Yo no bajo sola. Nunca. Ni de coña. Dependo de que alguien como si tuviera cinco años. Y lo hago de forma inconsciente. Siempre busco que vayan conmigo. O cojo un taxi. Y si alguna de nosotras lo hace, como ayer con Celia (su amiga), siempre hay un ‘avisa cuando llegues’. Y mientras ella vuelve, yo estoy esperando con el móvil en la mano por si pasa algo”. Este relato es de Candela Cortizo. Tiene 20 años y siempre ha vivido en Oviedo. Lo conoce como la palma de su mano, pero de noche, pasadas las doce, la ciudad se vuelve una gran desconocida. Se considera valiente, pero ese trayecto de escasos veinte minutos a casa le causa pavor.

“Yo creo que no tiene que ver con la edad, sino con ser mujer”, afirma Elisa Barahona. Graduada en Derecho, trabaja en una consultoría tecnológica y le apasiona pasear sola de noche con música -cosa que no hace muy a menudo, por miedo-. Ese problema no lo tienen solo las veinteañeras. Lo dice con conocimiento de causa. Hace unos días llegó su madre a casa muy nerviosa. Un coche con tres hombres dentro había ralentizado la marcha a su paso, siguiéndola muy de cerca. Su madre no sabía qué querían. Le empezaron a decir “cosas”. Aunque no especificó el qué exactamente, la hija se lo imagina a la perfección. Ella también ha vivido otras veces la misma escena. “Por desgracia”. El mínimo adjetivo que se le ocurre para describirlo es “violento”. Dibuja un gesto de indignación en el aire: “Que hablen, que frenen, que te digan cosas. ¿Por qué tenemos que vivir eso?”.

Un "cumplido"

Ante esas situaciones, nunca se sabe cómo actuar, aseguran todas ellas. No son cumplidos ni piropos porque “se supone que eso te hace sentir bien”. Que les griten desde un coche genera incomodidad, miedo y angustia. Ocurre en cualquier lugar, a plena luz del día. En público. En un autobús urbano.

Marta Ruiz, de 22 años, combina los estudios con el trabajo en un restaurante. Para ir utiliza el transporte público a diario. En ese trayecto, tiene la costumbre de no encender la música en su móvil hasta que no está acomodada, aunque lleve los cascos puestos. “Supongo que los de mi alrededor piensan que no les oigo. Quizás ocurriera por eso”, evoca, con cierto desagrado. Se refiere a aquel día. Eran las ocho y media de la tarde. El autobús no iba vacío, pero tenía los suficientes sitios libres como para elegir uno con libertad. Se sentó en un hueco con cuatro asientos, encarados dos a dos. Había un chico enfrente que desde el primer momento la miraba mucho. No le prestó atención; iba a lo suyo: su música, sus auriculares, su trabajo, su rutina.

Pero “antes de encender la música, escuché que él iba hablando sobre mí con otra persona al teléfono. Decía: ‘Se me acaba de sentar una chica en frente. Es guapísima”. En un primer momento no supo cómo actuar. No se movió. Tampoco puso la música. Conforme transcurría la conversación, lo que oía era cada vez peor. Marta estaba cada vez más incómoda. El chico, a dos metros de ella, iba subiendo el tono: “Buf, tío. Es guapísima. Es que estoy palote. Me estoy poniendo cachondísimo. Me la follaba aquí mismo”. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Se cambió de asiento. Estaba muy nerviosa. Todos en el autobús lo estaban escuchando pero nadie hacía nada. Lo último que oyó, antes de que el chico se apeara, fue: “Está justo detrás. Cuando me baje, fíjate”.

Marta se quedó en shock. Siguió sentada en su nuevo asiento hasta que le tocó a ella salir del autobús, tras varias paradas. “Nunca he tenido miedo. Yo soy de las que prefieren bajar solas a pagar un taxi. Pero cuando eso ocurrió no supe reaccionar. Me pareció fatal, una falta de respeto que estuviera hablando así de mí. No lo entendía. Y tampoco entendía que nadie en el bus, que habían visto cómo me cambiaba de sitio, hiciera nada. Yo no sé si el chico pensaba que no le estaba escuchando. No sé”.

Necesitó oír una voz amiga para calmarse porque no podía entrar tan nerviosa a trabajar. Se sentía muy mal. Luego se le pasó el susto y volvió a su rutina. “Y ya está. Si puedo, sigo volviendo a casa andando”, concluye. Porque no quiere darle más vueltas.

“Cuando pasan estas cosas, el resto de la gente que lo está viendo parece que no le da importancia”. Es la queja de Claudia Fernández, graduada en Bellas Artes en proyecto de ser profesora de instituto. Ella también sabe de lo que hablan sus amigas. Estaba en las fiestas del Carbayu, en Lugones. Regresaba sola y pasó por delante de un grupo de chicos. “Prefería no haberlo hecho, pero no me quedaba más remedio. Estaban en medio del camino”, se justifica. Uno de ellos la cogió del brazo e intentó entablar una conversación. Primero fueron los “cumplidos clásicos”: qué guapa eres, qué ojos tan bonitos tienes. Daba igual que Claudia no estuviera cómoda, él seguía con su retahíla. “Yo me quería ir y no me dejaba. Que no fuera pesado, que no quería nada. Al final, me soltó”. Sus amigos comenzaron a increparla también, pero la respuesta de Claudia no cambió: “No”. Daba igual, no era suficiente. Finalmente, el chico le arañó la cara. Y dijo un último “cumplido”, pero a la inversa: “Si no eres para tanto”. Nadie más dijo nada.

La insistencia

Hay una norma no escrita en un grupo de amigos “mixto” cuando se sale de fiesta. Recibe varios nombres: “anticobertura”, “ir a salvar a alguien”... Se refiere a aquellos momentos en los que aparece un “personaje masculino” cercano para “librar” a la chica de otro mucho más pesado. “A pesar de decir que ‘no’, la insistencia se hace tan agotadora que tiene que ir un amigo a ‘salvarte’, porque si va una amiga no sirve”, indica Lucía Albañil, logopeda. Y si no llega ese “salvavidas”, como le ocurrió a Claudia, pueden “ponerse agresivos”.

Lucía recuerda todas esas noches de fiesta por Oviedo en las que tuvo que recurrir a ello. Desde los 15, cuando comenzó a “salir”, hasta antes del covid, con 21 años. El proceso es, más o menos, siempre el mismo: “Se acerca un chico que quiere conocerte. A ti o a alguna amiga. Si es recíproco, bien. Si no, problemas”. Lo primero a lo que hay que enfrentarse, según explica, es a una larga conversación, porque “la mayor parte de las veces con un ‘no’ por respuesta no es suficiente”. A veces hay que tirar de la excusa maestra: “Tengo novio”. “La usamos sea cierto o no, porque parece que, al existir otro hombre, el ‘no’ empieza a tener valor”. Si la invocación al novio no funciona, el último recurso es “el amigo salvador”. “Hasta que no aparece un personaje masculino en tu vida parece que la insistencia es totalmente válida”, lamenta Lucía.

"Avisa al llegar"

Por las noches, el móvil se convierte en una herramienta de supervivencia. “No tener batería no es una opción. Que no funcione el GPS no es una opción. Atravesar por una zona sin cobertura no es una opción”, indica Yomaira Rubiera, estudiante de un máster en la Universidad de Oviedo. Quedarse sin él produce pánico. Una sensación de inseguridad: “Miro los mensajes en Whatsapp y se repiten con todas mis amigas: ‘Envíame tu ubicación en tiempo real’, ‘avisa cuando llegues’, ‘dejo el móvil con sonido por si pasa algo’”. Pero el móvil no es una armadura, no es suficiente. Siguen sintiéndose perdidas frente a una calle vacía. “Vivimos condenadas al miedo a caminar solas. Un camino de diez minutos es agobiante. Uno de quince se puede convertir en un infierno”, asegura Yomaira.

Claudia Fernández llevaba encima el móvil el día que vivió una de sus peores experiencias. Regresaba a su casa y se percató que un chico la seguía, cada vez más cerca. La abordó: “¿Dónde vives? Vamos a follar. ¿Por qué no vamos a follar?”. Ella aceleraba el paso; él, también.

La pregunta se convirtió en una amenaza: “No corras, sé dónde vives, nos vamos a ver en tu portal. Ahí follamos”. Se cambió de acera un par de veces y apretó los puños. Cada vez caminaba más rápido. Él, también. De repente vio a su “salvación” apostada en una parada: una señora desconocida que cogía el primer bus de la mañana. Sin darle ninguna explicación, Claudia se paró a hablar con ella para que su perseguidor pensara que tenían algún tipo de relación. La dejó en paz, pero el miedo seguía en el cuerpo. “¿Sabría realmente donde vivía?”, se preguntaba Claudia, nerviosa. Para llegar a casa dio un rodeo por donde había más luz. Unos veinte minutos, media hora.

A veces el miedo es compartido. Si son dos las que van solas también puede aparecer. A María Agudo le ocurrió un verano, en León; una ciudad desconocida para una blimeína de 24 años. Era una noche más en el curso de formación que estaba realizando. Temperatura ambiente: con una “chaquetina”, suficiente. Todo estaba en calma, iba charlando con una amiga. Se alejaron del centro, donde estaba el resto del grupo. La calle estaba en silencio. De repente, el entorno se convirtió en una potencial amenaza: cubos de basura, ruidos, cualquier movimiento ajeno a ellas. En un momento dado, se cogieron del brazo y aceleraron el paso. “Ni acompañada me sentí segura del todo. Creo que llevamos algo dentro que nos incita a tener miedo”, cuenta. Solo buscaban un refugio.

Culpables

“Lo estuve pensando mucho. Yo cuando peor lo pasé fue con mi exnovio. No me pintaba los labios ni iba a sitios sola. Tampoco tenía amigos chicos. Él no se enfadaba, pero ponía mala cara y sabía que íbamos a discutir. Porque me miraban. Y yo tenía la culpa”, cuenta Alba -nombre ficticio porque prefiere que el suyo no aparezca “para no tener problemas luego”-. Según la RAE, culpa significa “la imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta”. Entonces estaba en su mano cambiar sus hábitos: ni pintarse los labios, ni ponerse escote, ni tener amigos, pensando que eso era “lo normal”.

Cristina Molina, la avilesina que reside en Madrid, muchas veces se ha llegado a preguntar lo mismo: ”¿Tengo yo la culpa? ¿Soy demasiado precavida? ¿Es por mi educación? ¿O son todos esos hombres que se han sentido con la valentía para contribuir al miedo?”. Es la tónica general. Rabia, frustración y querer que desaparezca. Los mismos interrogantes que se hace Carmen Gallardo, la joven de 20 años estudiante de Biotecnología.

En su retina flota la imagen de un día que estaba en su lugar favorito, un castro de Llanes -que suele estar vacío y no tiene cobertura-. Como hubo más movimiento de lo que ella consideraba habitual se asustó. Su cabeza iba a mil por hora. Sus pulsaciones, también. Estaba sola frente al mar, pero su sonido esta vez no la tranquilizaba. Por su mente rondaba la idea de que podría estar acompañada de un agresor. ¡Era tan raro que hubiera ruido!

Intentando mantener la calma, comenzó a pensar en puntos de fuga, por dónde huir. Se quitó la música, buscando tener mayor control. Tras unos segundos, aparecieron tres personas y ninguna con intención de agredirla. El rictus de Carmen se relajó del todo cuando vio que una de ellas tenía rostro femenino. Si no, tampoco hubiera estado tranquila. “Y todo así. Algunas veces más y otras menos, pese a que me quiera convencer de que siempre menos, no dejo de culparme por no ser capaz de disfrutar momentos de soledad en espacios públicos. Ni siquiera en mi sitio favorito”, cuenta.

Ese miedo es muy limitador. Hay lugares que se prestan más a él, en los que parece que hay más predisposición, y en otros aparece sin previo aviso, un día normal de la rutina. “Recuerdo cuando hablando con un amigo para salir una noche le dije que no quería ir a un sitio porque luego tendría que volver muy tarde sola, y se sorprendió dándose cuenta de que él nunca lo había pensado”, relata Ainara.

A los hombres esas cosas no les pasan. Miedo por ser mujer. Y ya. Sin ningún condicionante más.

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