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La Casa Malva: el primer paso para volver a vivir

El centro, ubicado en Gijón, ofrece treinta viviendas a las que las víctimas pueden acceder sin necesidad de denuncia previa: logran la tranquilidad necesaria para pensar qué hacer

Yoanna Magdalena, coordinadora de la Red de Casas de Acogida del Principado, frente a la Casa Malva de Gijón.

Yoanna Magdalena, coordinadora de la Red de Casas de Acogida del Principado, frente a la Casa Malva de Gijón. | Á. González

Hasta hace no mucho a las asturianas maltratadas se las cobijaba únicamente en casas clandestinas, apartadas del mundo. Por eso, cuando el centro de acogida de la Casa Malva abrió sus puertas en Gijón, en 2007, el recurso sirvió también como una declaración de intenciones para tiempos venideros: que un servicio de este estilo tuviese un espacio propio en la región obligó a la sociedad a mirar de frente a un problema que siempre se intentó esquivar. Durante estos trece años de actividad, por el centro han pasado ya 1.409 mujeres y 1.446 menores de edad. La pandemia, al obligar a vivir encerrados a agresores y víctimas, provocó también un balance por oleadas. Los primeros meses de encierro desde la red regional de casas de acogida veían con preocupación unos teléfonos que no sonaban, pero después, acercándose ya la desescalada, recibieron un significativo “aluvión” de demandas de ayuda que, intuyen, saldarán un balance anual más bien “estable”.

Explica Yoanna Magdalena, coordinadora de la Red de Casas de Acogida de Asturias, que la entidad nació hace ahora 20 años y que se impulsó tras la ley de violencia de género de 2004. “Desde el inicio hubo un gran compromiso por parte de las instituciones y un especial interés por parte del tejido asociativo. Fue un cambio de modelo, pasar de las casas de acogida a un centro integral, y fue bien recibido”, aplaude. La Casa Malva tiene 3.500 metros cuadrados con 30 pisos independientes que permiten vivir con privacidad. No es necesario presentar una denuncia para poder acceder a uno de ellos. “Es casi al contrario, es habitual que las mujeres aprovechen este espacio para pensar qué hacer, porque la violencia las deja paralizadas. La idea es que lleven una vida lo más normal posible”, resume la coordinadora.

El centro acoge también el servicio telefónico que da cobertura a toda la red de casas de acogida, un recurso que asumió durante la pandemia 150 demandas de ayuda. Muchas, dice Magdalena, eran de “simple desahogo” y no de urgencia inmediata. Sí se admitieron 41 nuevos ingresos, una cifra que se fue acumulando de forma inestable. “Por si acaso habilitamos un recurso habitacional extra que ya hemos vuelto a cerrar pero que sí se llegó a usar. En marzo hubo un pequeño repunte de ingresos que bajó en abril, que fue cuando hubo un momento extraño de silencio. Después ha habido pequeños repuntes, pero la cifra general creo que es estable”, completa la coordinadora, que alerta: “Hay más colaboración ciudadana, pero todavía tenemos que avanzar mucho. Aún nos cuesta entender por qué las mujeres permanecen en una relación violenta y sigue habiendo muchos estereotipos con la violencia de género. Si la sociedad lo entendiese todo mejor, ellas también”.

Historia.

La Casa Malva nació en 2007 como un cambio de modelo en la atención a la violencia de género en la región, hasta entonces basado en las casas clandestinas.

Balance.

La pandemia se ha saldado con 150 demandas al servicio telefónico y 41 mujeres acogidas. Se habilitó un recurso extra por el temor a quedarse sin plazas.

Cómo funciona.

La Casa Malva acoge a mujeres tengan o no una denuncia presentada y ofrece un espacio de reflexión para que, en un lugar seguro, decidan qué quieren hacer.

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