“Dame, dame vitamina”, se canta al final de “Amor sin ciudad”, la insólita película con la que sus directores, Pedro Sara y Violeta Pagán compiten en la sección oficial del Festival de Cine de Gijón (FICX), que se clausura hoy. Y vitamínicas son estas once historias y quince fragmentos de vida, el resultado de un entendimiento del cine como experiencia terapéutica y pedagógica desde la Escuela Dentro Cine, en el madrileño Matadero. Pedro Sara habla en esta entrevista de su visión de las películas como talismanes sanadores.

–¿Cómo definiría “Amor sin ciudad”?

–Tiene unas características especiales en su producción. Surge de Escuela Dentro Cine, en la que hay jóvenes en riesgo de exclusión social. Se trata de ofrecer a los jóvenes posibilidades de cambio porque para nosotros el cine es transformador. Queremos hacer películas para curar heridas y concebimos la educación cinematográfica como un derecho.

–¿El cine como sanación y arte democrático?

–Uno de los objetivos es conquistar ciertos espacios de expresión artística y de derecho a la autorrepresentación. Queremos romper esa barrera por la que el lenguaje cinematográfico se concibe como algo acotado.

–¿Cuántas personas participaron en este gran mural que es “Amor sin ciudad”?

–Es una película de historias paralelas y unidas por la búsqueda de un lugar donde ser uno mismo y poder amar. Nació en la primavera de 2017. Han intervenido entre cincuenta y sesenta personas, incluida la parte técnica. Fueron los propios participantes quienes, a través de historias personales, suministraron las semillas para el guion que necesitábamos. No se trataba de filmar la vida de estos jóvenes de una manera documental, sino de construir fantasías e imaginar secuencias cinematográficas; todo a través del lenguaje del cine.

–¿Cuánto hay en su película de documental y cuánto de ficción?

–Trabajamos sobre experiencias vitales de los propios jóvenes, pero también sobre sus sueños, miedos, anhelos... Es decir, no solo sobre lo que les ha ocurrido. Confrontamos realidades muy distintas a través de atmósferas muy pensadas, muy cinematográficas y técnicamente buscadas. Queremos que todos los matices de las interpretaciones estén muy vivos. Y sí hay secuencias –vienen de esa concepción terapéutica del cine– que nos parecen maravillosas y están en la película.

–¿Y el trabajo de actores?

Lo que no hacemos es provocar una catársis solo para filmarla. Acompañamos. Es cierto que hay secuencias más documentales, pero son fruto de un proceso largo de preparación. Hay que dar con el registro en el que la persona se siente más cómoda. Lo hemos trabajado todo mucho, pero es verdad que estos jóvenes tienen una gran capacidad para transmitir la verdad, incluso rodeados de focos.

–Cierto. En la película hay un fondo de verdad que no siempre se comunica bien en este tipo de películas...

–Efectivamente: es algo muy complicado, por eso no queríamos plantear un documental al uso, de los que simplemente reúnen testimonios. Hemos huido de eso y por lo mismo hemos buscado también la ficción. Es sabido que, muchas veces, las grandes ficciones son las que mejor transmiten la verdad.

–¿Por qué deciden una solución de montaje en la que algunas de las once historias se abandonan y retoman?

–Le dimos vueltas al montaje durante meses. Optamos por esta alternativa que fue muy buscada desde el proceso del rodaje. El planteamiento es el de fragmentación poética de las historias; buscamos el acompañamiento del espectador. No queremos tanto contar las historias como mostrarlas.