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Hoy es siempre todavía || Jesús A. Arévalo | Músico, afinador y empresario

“Probé el piano a los 8 años y me gustó, pero yo quería ser delantero del Real Oviedo”

“Después del confinamiento hubo mucha alegría, llamadas, interés por los instrumentos musicales y más compras”

El músico, empresario y afinador de pianos Jesús A. Arévalo, en Oviedo. | JULIÁN RUS

El músico, empresario y afinador de pianos Jesús A. Arévalo, en Oviedo. | JULIÁN RUS

Jesús Ángel Arévalo (Oviedo, 1964) es músico, técnico afinador de piano y empresario.

–Estoy bien de salud, que no es poco, y mi núcleo también.

–¿Y la tienda?

–Pasamos mucho miedo en marzo, cuando cerró todo, pero la gente que hace música, profesional o amateur, necesita música. Al levantarse el confinamiento hubo mucha alegría, llamadas, interés por instrumentos y compras. Ahora es diferente, con el cierre y apertura que no entendemos bien.

–Esa alegría ¿fue por el aburrimiento, por el “cuando tenga tiempo aprenderé a tocar”, por los conciertos en la ventana...?

–Hay un fenómeno social que sorprendió a todos, incluso en Oviedo, que es una ciudad musical. Como músico, en el confinamiento duro seguí con mi faceta de compositor y adelanté trabajo.

–No se bloqueó.

–No. Soy casero. Me gusta el deporte y no lo podía hacer.

–¿Y las academias?

–Bien, y para los que tienen miedo damos clase online.

–¿Habrá una generación covid de guitarristas?

–Y de pianistas.

¿Vende pianos que caben en los pisitos de hoy?

–En 1,30 metros caben las 88 teclas y no pasa nada por tener el piano junto al radiador. Si no, ¿de qué vamos a vivir los afinadores?

–Usted creció entre pianos.

–Al poco de nacer yo mi padre abrió una tienda-almacén de pianos en la calle Puerto Pajares, en Teatinos. Con 5 años yo estaba junto a él mientras afinaba y hablaba con músicos. Conocí a Jesús González Alonso, uno de los mejores pianistas de Asturias, al brillante empresario, crítico e intérprete Juan Jesús Ronzón y a muchos profesores de piano.

¿Cuándo empezó a tocar?

–Mi padre, Jesús Arévalo Casado, me dijo “a clase de piano” cuando yo tenía 7 años. Me enseñó mi tía abuela Ascensión, casada con el pintor Adolfo Álvarez Folgueras. Yo vivía en la avenida del Mar, en las casas de Traval, y mis amigos me decían “Chus, vamos a jugar al fútbol al campo del Mirasol” mientras yo iba a clase de música, donde todo eran niñas que cuchicheaban de mí. El sistema pedagógico musical de los sesenta era horrible: antes de tocar el instrumento estabas dos años marcando el compás. Mi padre me dejó tocar un teclado a los 8 años y me gustó, pero yo quería ser delantero del Real Oviedo.

¿Qué tal jugaba?

–Fui mejorando, pero a los 10 años me pusieron gafas y quedé para pachangas de amigos.

¿Cuándo cambió su actitud respecto a la música?

–Con 10 años, vi un minuto, en un televisor en blanco y negro, a Jerry Lee Lewis tocando el piano y me dije: “Esto quiero hacer”. Mi segunda sorpresa fue Elvis Presley. Ahí salió la música que llevaba dentro. Hasta entonces iba a la Filarmónica –donde mi padre era afinador y donde vi a Arthur Rubinstein y a Nikita Magaloff–, pero llegaba cansado de la Gesta, veía salir a un señor de pingüino, cara seria, saludar y tocar... Alguna vez me dormí en el hombro del vecino de butaca. Ahora me gusta toda la música buena.

–¿Cuándo supo que quería vivir de la música?

–A los 14 años empecé a componer y a repartir las partituras a los amigos del Conservatorio, algún violonchelista, algún guitarrista. Tocaba Beethoven y Chopin y escuchaba “Pink Floyd” y “Emerson, Lake and Palmer” y “Supertramp”, la música increíble de los 70 y 80 que entroncaba con la sinfónica. Me interesaba la música electrónica y en la tienda tenía la suerte de probar sintetizadores. Pronto hice mis formaciones y arreglos.

–¿Qué prefiere tocar?

–Todo. Me gusta mucho acompañar cantantes.

–¿Elige estar detrás con lo que luce el estrellato en los músicos?

–Sí, y conste que el estrellato es bueno. Sin él no podrías ser músico porque te achicarías en un escenario y eso no puede ser: tienes que dar al público.

–Se formó como técnico de pianos de cola en Alemania.

–En la fábrica de Schimmel en Braunschweig, que era el instituto de física acústica más importante de Europa. Fue un año interesante, pero no era una ciudad universitaria, estaba solo y me aburrí bastante. No aprendí ni papa de alemán porque Walter, el profesor, budista, técnico magnífico, hablaba 7 idiomas y practicaba conmigo su español.

Iba a aprender su oficio.

–Gran parte lo conocía por mi padre desde los 14 años, pero en una fábrica de pianos practicas muchos reglajes de escape, tratamientos del calado de tecla, entonación de macillos... Un año antes había trabajado dos meses en un almacén en el Indubuilding de Madrid, adonde llegaban pianos de la Rusia profunda en su embalaje de madera. Teníamos que adecentarlos para la tienda: llegaban con arañas enormes, ratones muertos, el teclado fuera... Afinar pianos no tiene nada que ver con tocar, pero es mi vocación.

–En la tienda, ¿qué cambió del piano de las señoritas a hoy?

–Se ha perdido la ilusión de esperar dos meses para probar un sintetizador DX7 de Yamaha. Cuando llegó el B200 de Hammond los músicos iban a ver cómo sonaba. Recuerdo la fiebre de la música andina con sus quenas, quenachos y charangos. Ahora el gusto está deslavazado y no sabes qué vas a vender. Sigue el boom del ukelele, de pronto alguien pide una guitarra portuguesa y otro, un arpa de boca o un piano. La guitarra es la reina de los jóvenes y ha bajado la percusión africana.

¿Oviedo es buena plaza?

–Sí, y me considero ovetense por los cuatro costados. He vivido en otros sitios y pude marcharme a Estados Unidos.

¿Por qué no lo hizo?

–Fui un buen hijo, no quise dar un disgusto a mi padre, quedé y siempre he estado feliz. He hecho música para cortos, la banda sonora del largometraje “Tristesse”, de Emilio Ruiz, que produce Miguelo, fui director musical de “Rumbo a la fama” en televisión, dirijo una big band de 18 músicos que ahora con el protocolo covid no puede funcionar, he acompañado cine mudo, voy al festival Musika Música de Bilbao para atender cinco Steinway maravillosos. Todo sin salir de Oviedo.

Arévalo está separado, tiene pareja y un hijo de 14 años, Iván, que juega al tenis, toca la guitarra eléctrica y empieza a interesarse por el piano.

–Veo los atractivos sistemas pedagógicos y lo envidio.

¿Y se aprende igual?

–Sí, vigilo porque la disciplina es la disciplina, pero hay que enganchar con el instrumento y que no sea un sufrimiento, como fue en muchas épocas y casos. Como afinador conozco a mucha gente que dejó la carrera porque le amargaron y vuelven porque quieren disfrutar con el piano.

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