“La perla Peregrina salió de España robada por el rey José Bonaparte y ya no volvió”. Así lo contó ayer en el Club Prensa Asturiana digital la escritora Carmen Posadas (Montevideo, 1953), que acaba de publicar “La leyenda de la Peregrina” (editorial Espasa), el libro en el que narra 500 años de historia a través del periplo de la pieza de nácar más famosa de todos los tiempos, pescada en Panamá en el siglo XVI y, posteriormente, ofrecida al rey Felipe II.

Posadas, que en apenas quince días ya va por la segunda edición del libro, relató que siempre pensó en escribir la historia de una joya cuando veía el anillo que llevaba su madre, que había pasado por varias generaciones de mujeres de la familia. La escritora, que tiene antepasados asturianos, dejó Uruguay a los 12 años, por el trabajo de su padre, y vivió en diferentes países, como Argentina, Rusia e Inglaterra, donde fue al colegio y en cuya Universidad de Oxford estudió. Cuando se casó por primera vez, a los 19 años, pidió a sus padres como regalo un collar de perlas y esmeraldas similar al que llevaba la heredera americana Bárbara Hutton. “Las perlas siempre me han fascinado, aunque hay quien las relaciona con las lágrimas y las cree portadoras de mala suerte”. Precisamente, en forma de lágrima es la Peregrina, llamada así por su rareza y conocida también como “la única” o “la sola”.

El e

se convirtió en una de las joyas principales de la monarquía española.

En 1969, Alfonso XIII le regaló a Victoria Eugenia una perla que la reina siempre creyó la Peregrina, hasta que se anunció su subasta en Nueva York y decidió enviar a su nieto favorito, Alfonso de Borbón Dampierre, a pujar por ella. “Alfonso no logró su propósito porque se cruzó en su camino Richard Burton, que se empeñó en regalársela a Elizabeth Taylor y lo consiguió”, explicó Posadas.

“Victoria Eugenia le dice incluso al duque de Alba que convoque una rueda de prensa para que diga que la perla subastada no es la verdadera, pero no sirvió de nada”, indicó la escritora. Lo cierto es que la perla, que a diferencia de otras no estaba taladrada, ha ejercido auténtica fascinación en todos sus poseedores, “Isabel de Francia la lució muy bien, pero me gusta mucho cómo la llevaba María Luisa de Orleans, esposa del Carlos II el Hechizado, que llegó a España con 15 años procedente de una familia desestructurada, para casarse con aquel monarca al que trató de querer, a pesar de sus numerosos defectos físicos y escaso atractivo intelectual”. Carmen Posadas realiza a lo largo del libro una exposición exhaustiva de la vida en la corte española, centralizada en el antiguo alcázar, una especie de avispero en el que a diario ocurrían todo tipo de sucesos. “Felipe V, por ejemplo, estaba completamente loco y decidió que nunca iba a cambiarse de ropa por temor a ser envenenado con las prendas; lo único que le tranquilizaba era la voz de Farinelli, el famoso castrato, que llegó a tener un gran poder en la corte e incluso fue nombrado ministro”, señaló Posadas. “Era muy inteligente y llegó a ser el artífice de todos los fastos y decorados”, explicó la autora. Carmen Posadas se refirió también a María Tudor, la primera esposa de Felipe II, a la que regaló otra valiosa perla anterior a la Peregrina, de la que no se separaba.

La joya, que en 2011 fue subastada con el resto de alhajas de Liz Taylor y se vendió por 12 millones de dólares a un anónimo comprador árabe, también jugó un papel clave para financiar la campaña de Napoleón III en su carrera a la Presidencia de Francia, pagada en parte con el producto de su venta.

Del suntuoso joyel de los Austrias a la glotonería del caniche de Liz Taylor

sclavo africano que logró extraerla del mar ganó su libertad. Fue ofrecida décadas después al rey de España Felipe II por el alguacil mayor de Panamá, Diego de Tebes, quien la había llevado a Sevilla. Pesaba 58,5 quilates y

La reina Margarita de Austria-Estiria lució la Peregrina engarzada en el célebre joyel de los Habsburgo, que contenía, entre otras piezas, el diamante conocido como “El Estanque”, que acabó en la empuñadura de la espada de Fernando VII. La reina luce la perla en el retrato ecuestre terminado por Velázquez, hoy en el Museo del Prado. Su esposo Felipe III la lleva prendida de su sombrero en el retrato que hace pareja con aquel. Con el paso de los siglos la perla panameña acabó en el hocico del caniche de Liz Taylor, quien, tras probársela varias veces en el hotel de Las Vegas en el que se hospedaba con Richard Burton, la perdió de vista y la encontró antes de que su mascota la devorase. “Burton acababa de regalársela, así que hubiera sido algo catastrófico”, apuntó Carmen Posadas. La reina Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, también la lleva en un retrato del taller de Velázquez. La Peregrina permaneció en España hasta 1808, cuando José Bonaparte ordenó que le entregasen las joyas de los Borbones españoles. La perla fue enviada por Bonaparte a su esposa Julia Clary, que residía en París, pero años después de perder el trono español el matrimonio se separó y Bonaparte marchó a Estados Unidos, con una amante y con la perla. Cuando regresó a Europa, se trajo la perla consigo. Se cree que dispuso en su testamento que se le entregase al futuro Napoleón III, que se la vendió al marqués de Abercorn, cuya esposa la lució en París, en un baile en el palacio de las Tullerías. Tras casi cinco siglos de historia, el periplo de la Peregrina aún continúa.