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Hoy es siempre todavía || Claudia Barral | Realizadora

“Mi profesión me permite trabajar desde cualquier parte y sueño con vivir en Asturias”

“Estoy en fase de arranque laboral, que va despacito, y el covid lo ha frenado, pero también permitió analizar desde la calma”

Claudia Barral, en Oviedo. | MIKI LÓPEZ

Claudia Barral, en Oviedo. | MIKI LÓPEZ

Claudia Barral Magaz (Oviedo, 1993), licenciada en Bellas Artes por la Complutense y máster en Dirección de Fotografía en Cine Digital, es realizadora/directora de cine. Hizo el último videoclip de Leiva (“Mi pequeño Chernóbil”).

–Es muy respetuoso hacia los demás artistas. Me dio toda la libertad y el respeto, aunque yo esté empezando y él tenga trayectoria.

–¿Es segura?

–Sí, desde el principio.

–¿Qué tal le fue 2020?

–Complicado para todo el mundo, pero ha sido peor para la gente que acababa de terminar sus estudios. Estoy en la fase de arranque laboral, que va despacito, y esto lo ha frenado, pero también ha permitido parar a pensar y analizar desde la calma. No desconecto mi vida personal de la profesional porque una idea puede venir en un paseo y, como disfruto con mi trabajo, eso es bueno.

–Hace publicidad.

–Ayuda a pagar el alquiler y la hay bonita: aspiro a hacer campañas como las que admiro.

–¿Su proyecto personal?

–“__/__/__” (“Places”), un corto que hicimos, muy todos a una, cuando acabábamos de salir de la escuela. Fue nuestra carta de presentación al ámbito laboral.

–Cuando hizo Bachillerato artístico en la Escuela de Arte de Oviedo, ¿sabía qué quería ser?

–No. El Bachillerato lo tuve claro siempre, pero luego se fueron abriendo puertas y decidí que quería hacer Bellas Artes y, en la facultad, especializarme en Fotografía.

–¿Qué había en usted?

–Algo que hay en mi familia, empezando por mi abuelo paterno, que pintaba y era un pastelero creativo y un chocolatero muy bueno. Mi padre, Juan José Barral, es escritor y siendo pequeña hacíamos collages, pintábamos sobre fotos...

–¿Qué hacía su madre?

–Mi madre, Mila, ama el arte. Ha sido profe de francés toda su vida y acaba de jubilarse a los 60.

–¿Es de objetivos en la vida?

–Sí. Me gusta imaginarme dónde y cómo voy a vivir, aunque me digan “sueñas demasiado”.

–¿Qué es lo próximo?

–Un cortometraje en preproducción para 2021... esperemos. Con los cortos disfrutas. Hablan de quién eres de la manera más clara. Se junta mucha gente y trato de que el resto de los departamentos se sientan como yo en la expresión y en el disfrute.

–Exigen mando.

–Cuando empezamos el máster de cine pensábamos que seríamos capaces de hacer algo colectivo, pero es imposible: tiene que haber una cabeza. Me gusta escuchar a los demás pero, si no me convencen, la última palabra la tengo yo. Un pintor o un guitarrista tienen una idea y la pueden plasmar. Nosotros dependemos de muchos factores, mucho dinero y mucha gente. Soy equilibrada, porque esta profesión lo exige cuando no te llaman y cuando tienes mucho trabajo.

–Lleva tres años en el oficio, ¿cómo le va económicamente?

–Cada vez vivo más de ello.

–¿Qué la llevó a la fotografía?

–Un profesor, Rafael Trobat, fotógrafo, discípulo de Cristina García Rodero, me hizo enamorarme de la fotografía en primero de Bellas Artes. Dimos fotografía analógica, que enseña a planificar. En tercero hice el “Erasmus” en París, donde me especialicé mucho más. En cuarto busqué de nuevo a Rafa como profe.

–Pero su proyecto final fue audiovisual.

–Porque no soy solitaria y el cine tiene la magia del equipo y cosas que me gustan, como la música.

–¡“Erasmus” en París!

–Fue un año duro. Sentimentalmente complicado porque tenía un amor joven en Madrid y una ciudad como París no ayuda: es muy bonita, pero bastante hostil. Crecí mucho ese año. No lo borraría, pero la ciudad me vino grande y el momento, mal. Después de París intentamos retomar, pero ese curso marcó un antes y un después.

–¿Es casera?

–Hace nueve años me fui a Madrid y el primer año venía cada dos semanas. Necesitaba reconectar con mi tierra. Con los años me fui haciendo a la ciudad y muchos de mis amigos de aquí han acabado yendo a vivir a Madrid. Cuando regresé de París, Madrid ya era cálido, cercano, gente, sol, casa. Sobre todo tengo una relación muy estrecha con mi familia y me gustaría volver a pasar más tiempo con ellos cuanto antes. No venía desde finales de verano por el covid. Me gusta volver una vez al mes.

–¿Es familiar para formar una familia?

–Sí. Mi chico y yo somos hijos únicos y nos gustaría tener tres o cinco hijos.

–¿Vive en pareja?

–Sí, con Andy Pulido, que es director de fotografía. Nos conocimos estudiando el máster. Lo muy bueno de este oficio es que es muy condensado pero deja mucho tiempo libre y puedes disfrutar de él, de tu pareja y de tus aficiones. Que podamos compartir todo eso es un regalo. De momento nos entendemos muy bien.

–¿Dónde imagina su futuro?

–En Asturias.

–¿De verdad?

–No soy fanática del teletrabajo. Me gusta estar con la gente. Mi trabajo tiene una parte personal, de tus tiempos, y otra que es de puesta en común, rodaje y posproducción, más de mano y de cuerpo a cuerpo. Pero mi profesión me permite trabajar desde cualquier parte y sueño con vivir aquí, seguir en conexión con Madrid e ir a rodar a donde sea. Oigo a madrileños decir que vendrían a vivir a Asturias.

–¿Y eso lo comparte Andy?

–Sí. Él nació en Colombia, pero vino de bebé a Madrid y se fue a vivir a la sierra, así que le gusta mucho la naturaleza. Yo soy más urbanita que él, pero viviría en Las Caldas o un sitio así. Tengo aquí la familia y los amigos, siempre me gustó Asturias y he aprendido a valorarla más al estar fuera.

–Usted trabaja con algo tan virtual como la imagen y hace cerámica, que es muy material.

–Descubrí el año pasado un curso. Con lo audiovisual me expreso mucho y con la cerámica canalizo fuerzas. No conectaba con los materiales desde Bellas Artes. Nunca había hecho torno. Disfruto con la creación, me da paciencia y equilibrio y enseña a pensar la idea y ejecutarla. Tienes un objetivo y es bueno que sepas llegar hasta el final. Eso sirve para la vida.

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