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El negocio de la compra-venta de óvulos: “Me arrepiento. Tienes la sensación de que te estás prostituyendo”,

Algunas donantes dicen tener secuelas como varices o endometriosis | Los motivos económicos son la principal causa de que cada vez más mujeres opten por la donación

¿Cuál es el momento ideal para congelar los óvulos?

Laura es un nombre ficticio. Habla bajo este seudónimo y desde el anonimato porque al donar óvulos firmó un contrato de confidencialidad con la clínica. Tras haber caído en las redes de este negocio hasta en ocho ocasiones, dos más de las permitidas por la Ley de Reproducción Asistida, asegura que “no lo volvería a hacer”. “En caliente no te lo planteas, pero con el paso del tiempo ves que es superpeligroso lo que están haciendo”, confiesa, años después, arrepentida. “Yo no era tan joven (allí había chiquillas de 19 años), pero me veía vulnerable y lo hice por necesidad. Hoy, aunque necesitara el dinero, no lo haría”, insiste esta viguesa que vendió sus óvulos cuando tenía entre 33 y 35 años, la edad máxima legal.

La donación de óvulos es un mundo que se vende como un acto de solidaridad y con palabras de color rosa: “Te sentirás como nunca por tu generosidad”, anuncian las clínicas en sus redes sociales, páginas web y demás cartelería. Sin embargo, la práctica coge matices más bien oscuros. Los procesos de hormonación dicen que no deja secuelas, pero Laura nota cambios en su metabolismo: “Tengo problemas de circulación. Se me aceleró todo el proceso de las varices. También tengo endometriosis. Son cosas que no terminan de cuajarme”. Además, cree que se trata de un negocio que “se aprovecha de la situación de la mujer”, de la precariedad económica, de la que podría sacar aún más provecho con la pandemia, ante la falta de ingresos.

“Me arrepiento. Tienes la sensación de que te estás prostituyendo”

Laura - Donante 8 veces

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Es el caso de Alba Rodríguez, que ya ha donado sus óvulos en cuatro ocasiones, la antepenúltima en noviembre. Porque tiene claro que va a repetir. “Con el COVID, encontrar trabajo es bastante difícil”, expresa esta joven de 25 años, también natural de Vigo, que “estaba por días sueltos en una empresa de trabajo temporal” y cuya situación ha cambiado “bastante”.

La historia de Laura y Alba es la de cientos de mujeres gallegas reincidentes. Sin ir más lejos, según la Sociedad Española de Fertilidad, el país es una potencia mundial en reproducción asistida (de hecho, de aquí salen cantidades ingentes de óvulos para países árabes o China). Aunque cabe señalar que el perfil de donante habitual es el de estudiante universitaria, menor de 25 años, en busca de dinero “fácil” para pagarse la carrera.

“Necesito dinero. Con el COVID, encontrar trabajo está muy difícil”

Alba Rodríguez - Donante en 4 ocasiones

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Con este contexto, desde la Plataforma Feminista Galega entienden que la donación de óvulos no supone “ningún conflicto ético”, eso sí, “siempre y cuando sea dentro de la sanidad pública, al igual que sucede con la donación de sangre o de órganos”. “El problema radica en la mercantilización, cuando se convierte en un negocio suculento”, avanza Luisa Ocampo Pereira, quien considera que “lo que sucede en las clínicas privadas es una auténtica explotación”: “Se están enriqueciendo a costa de la utilización del cuerpo de las mujeres”.

850 euros por la primera donación, mil por las siguientes

La primera vez que fue Alba le dieron 850 euros; las tres siguientes, mil. “Necesito dinero para mis cosas, no puedo decirle a mi padre que sea mi banco”, explica al mismo tiempo que piensa que le parece “poco”. Laura recuerda perfectamente qué hizo con los 600 euros de su primera donación: “Me compré un colchón y almohadas nuevas”. Con las siete siguientes, cubrió “gastos de casa”. Aclara que su móvil fue “económico”: “Con 33 años, era madre, no tenía trabajo y me iba a casar. No encontraba trabajo y me sentía bastante anulada”.

En la clínica, una enfermera les explica todo el proceso de hormonación y extracción, tienen una profunda entrevista con una psicóloga. Y, por último, les hacen una analítica “muy completa”, cuenta Alba. “Hay que pasar por varios filtros. A esta gente no les interesa mujeres muy necesitadas, de bajo nivel social, sino una persona de perfil medio-alto y que tenga unas características genéticas determinadas”, añade Laura sobre un negocio de tinte “elitista”.

En cualquier caso, el problema no es la atención y el trato, sino que “la donación te la ponen como indolora” cuando no siempre es así. “Yo sé de chicas que lo pasan muy mal”, comenta Alba, que, en su caso, apenas tuvo molestias, solo unos “pinchacitos”. No así Laura: “En la zona de los ovarios me sentía muy hinchada y al caminar me dolía, no podía saltar”. Aparte están las inyecciones de hormonas que tiene que tienen que administrarse en sus casas a diario. Para ella, como par aun buen puñado de mujeres, fue una experiencia fallida de la que está arrepentida: “Nuestra vida cuesta muchísimo más que ese dinero que nos están pagando. Estamos vendiendo un trozo de nuestro cuerpo. Al final, tienes la sensación de que te estás prostituyendo”.

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