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El veraneo real está en el Cantábrico

Los Borbones “inventaron” el descanso estival en las villas costeras del Norte, entre ellas Ribadesella: un libro de Turner recopila la historia de casonas y familias

Casonas en el paseo de la playa de Santa Marina, en Ribadesella.

Casonas en el paseo de la playa de Santa Marina, en Ribadesella.

Hay convencimiento popular, sea verdad o no, de que la Reina Letizia “detesta” veranear en Palma de Mallorca, no lleva muy bien esos calores sofocantes del Mediterráneo, huye como si fuera un vampiro del mínimo rayo de sol y está presta cada agosto a poner tierra de por medio de las Baleares en cuanto puede. Por ello –sea verdad o no– le han caído por todos lados: desde los que critican su falta de tacto con las islas y el turismo, además del “feo” que eso supone para su familia política –Juan Carlos y Sofía inauguraron las estancias estivales mallorquinas a mediados de los años 70–, hasta los que ven en esa resistencia de la mujer de Felipe VI a Palma la prueba de que le faltan supuestos “glamour y gusto real” dada su ascendencia plebeya, lo que no le permite apreciar como se merece el paraíso mediterráneo y la “dolce vita” de aguas cristalinas y fragancia a pinos y limoneros.

Posado de la Familia Real en Palma de Mallorca.

Pues mira por dónde va a ser que no. Al menos, esto último. Porque si hay un lugar regio y con solera en España para el veraneo de “gente de alta alcurnia” –como gusta a muchos decir–, ese está unos cuantos cientos de kilómetros del palacio de Marivent, del estirado Club Náutico de Palma y de las atractivas calas mallorquinas. No es otro que el Cantábrico, precisamente el mar que baña la tierra de la que es oriunda la Reina de España: Asturias. Lo más chic y elegante hace un siglo y también ahora es, sin lugar a dudas, refugiarse en alguna tranquilla y fresca villa costera del Cantábrico, lejos de la marabunta y los calores de Palma e Ibiza.

Letizia y Felipe, entonces Príncipes de Asturias, en Ribadesella, en el paseo dedicado a la primera.

Veraneo en España como tal y parecido a lo actual (aunque las características distan años luz) no lo hubo hasta finales del siglo XIX y comenzó en el exclusivo Norte. “Y el papel que jugó la familia real española en su desarrollo fue esencial”, sostiene el periodista y escritor Ramón Pérez-Maura en el prólogo de “Veranos en el Cantábrico”, un libro editado por Turner el pasado diciembre y que reúne la historia de algunas de las casonas y familias con más solera y notoriedad de la costa, de San Sebastián (País Vasco) a Ribadesella (Asturias).

Baños de época al sol de septiembre

Casonas levantadas por los veraneantes adinerados que dejaban atrás Madrid y Cataluña al llegar los calores estivales y se iban al Norte, primero a Santander, donde la reina Isabel II puso de moda los baños de ola, y luego de forma progresiva al resto de “pequeñas capitales” costeras como Comillas, Zarauz, Neguri o la citada San Sebastián –elegida por la Reina María Cristina– que colonizaron poco a poco. “La rivalidad suegra-nuera, entre las reinas María Cristina y Victoria Eugenia (mujer esta de Alfonso XIII), dio pie a que los santanderinos vieran su oportunidad. En 1908 reglaron a la familia real la península de La Magdalena y, por suscripción pública, erigieron el magnífico Palacio de La Magdalena, que permitió a la mujer de Alfonso XIII tener su propio territorio estival”, cuenta Pérez-Maura, miembro de una de esas ilustres y adineradas familias santanderinas –es sobrino nieto del banquero Emilio Botín– y, por tanto, un prologuista con conocimiento de causa.

El chalé de los marqueses de Argüelles, en una foto antigua.

Tras la estela de los Borbones no solo se instalaban de este a oeste del Cantábrico veraneantes adinerados, sino que su afluencia también impulsaba la ejecución de obra pública (Comillas, cuenta el escritor, fue la primera localidad española en tener alumbrado eléctrico en las calles, algo que promovió el marqués de Comillas para honrar a los Reyes en 1881), el desarrollo de servicios y el impulso de la urbanización de terrenos hasta entonces yermos y sin vida.

Fue el caso de Ribadesella, donde ya entrado el siglo XX, en 1905, Federico Bernaldo de Quirós y Mier, heredero de grandes terrenos en el monte de Somos y el Arenal de Santa Marina, se convirtió en el gran propietario de la zona junto a su esposa, María Josefa. Además, logró la concesión administrativa a perpetuidad para el saneamiento y desecación de las marismas de río San Pedro. “Todo ello obedecía al sueño, hecho realidad, de convertir ese arenal, hoy conocido como ‘la Playa’, en una estación balnearia, a pequeña escala, a imagen y semejanza de las vasco-francesas en boga en aquellos años”. Así lo cuenta en el libro la bisnieta de Federico, María Isabel Ybáñez y Bernaldo de Quirós, condesa de San Antolín de Sotillo. “Sus relaciones con un amplio espectro de familias de la aristocracia española vinculada a Asturias como las relacionadas con los prósperos indianos retornados de Cuba y México, fundamentalmente, logran que muchas familias se construyan casas en lugar”.

Portada del libro.

Y así surgió la Ribadesella de veraneos ilustres y con gran poder adquisitivo que hoy se conoce y cuyo legado sigue en pie en primera línea de playa de Santa Marina con numerosas casonas entre las que destaca la de los bisabuelos de la María Isabel Ybáñez, que posteriormente fue vendida y hoy está transformada en el Gran Hotel del Sella.

Son tres las casonas que representan a Ribadesella en “Veraneos en el Cantábrico”: Villa San Pedro, la casa de los marqueses de Argüelles (la de los antepasados de Ybáñez) y Ribamar. La primera descrita por Enrique Chapa, quien recuerda que Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, tenía como hábito darse un refrescante baño en la playa riosellana una vez coronaba alguna cumbre de los Picos de Europa. Y así podría haberlo hecho en 1904, después de haber sido el primero en ascender junto a Gregorio Pérez “El Cainejo” al Naranjo de Bulnes. Tanto le gustaba Ribadesella, que allí compró varias casas para sus cinco hijos, entre ellas, Villa San Pedro, que adquirió en 1918, al año de ser construida, para su única hija, María Pidal y Gilhou. Sus hermanos también veraneaban en la villa en sus respectivas casonas y con sus respectivas familias. “Hoy en día siguen presentes en Ribadesella todos sus descendientes”, cuenta Enrique Chapa, uno de ellos nieto de María y su esposo, Castor Cañedo.

María Isabel Ybáñez aborda la historia de la casona que levantaron sus bisabuelos, los marqueses de Argüelles, hoy el famoso y emblemático Gran Hotel del Sella, cuyos jardines y pistas de tenis antiguos en los que la actual condesa de San Antolín jugaba con su legión de primos “están hoy ocupados por el edificio ampliado en los años 60”. En la casona actuó el célebre Antonio Machín en un bautizo y hubo una “intensa actividad social y política” derivada del hecho de que Federico era diputado regional, senador por Pinar del Río (Cuba) y diputado a Cortes. “Destaca la celebración del tiro de pichón ofrecido a Alfonso XIII en 1912”, cuenta la condesa.

La familia dueña de Ribamar, el tercer chalé que figura en la obra sobre Ribadesella, llamaba a este “La Casina”. Lo cuenta uno de sus miembros, Javier Taboada Arechabala, quien aborda la historia en nombre de todos sus hermanos. Ya van por la sexta generación familiar (la pequeña Juana) que disfruta de esa “casina” que es un “lugar especial, lleno de recuerdos” para todos y que hunde sus raíces en 1919, cuando la bisabuela Pilar Caro y Széchény encargó el proyecto. Costó 51.500 de las antiguas pesetas y se levantó en un terreno en el centro de la playa, muy pequeño. “Hoy, 100 años después, continúa orgullosamente erguida sobre los cimientos originales de arena de la playa, práctica habitual de la época”, describe Javier Taboada. Como estas tres, decenas de casonas jalonan la costa cantábrica, esa donde los veraneos son muy distintos a los mediterráneos, de vez en cuando llueve y el cielo está encapotado, lo que es una delicia para hacer una pausa playera y emplear el tiempo libre en amenas charlas con la familia, en compras o escapadas a algún pueblo cercano.

No hay que olvidar que en Ribadesella ha pasado muchos veranos la hoy Reina de España –su abuela materna allí reside–, al estilo de los antepasados de su familia política. Queda en sus manos que los veraneos de los Borbones vuelvan a donde empezaron, al exclusivo y regio Cantábrico y, por qué no, a la asturiana villa de Ribadesella, de la que es, además, hija adoptiva.

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