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Hoy es siempre todavía || José Pajarón | Policía, judoka y tirador

“Fui de los ‘grises’ que en la Transición rejuvenecimos la Policía; el traje imponía miedo”

“Entré a trabajar en la mina y en el cuerpo por el judo, y conocí a mi mujer porque entrenaba con una prima suya”

José Pajarón, en Oviedo. |  | JULIÁN RUS

José Pajarón, en Oviedo. | | JULIÁN RUS

José Pajarón (Monesterio, Badajoz, 1956) es un policía y deportista cuyo vector en la vida ha sido el judo. Es técnico superior y entrenador nacional de judo y defensa personal, cinturón rojo y blanco séptimo dan.

“Fui de los ‘grises’ que en la Transición rejuvenecimos la Policía; el traje imponía miedo”

“Fui de los ‘grises’ que en la Transición rejuvenecimos la Policía; el traje imponía miedo”

–Este año quiero prepararme para sacar por examen el octavo dan. Estoy muy bien en lo deportivo y profesional, y de salud, fenomenal, después de una operación de un tumor en el timo, en abril hará un año.

–En pandemia.

–Nadie podía ir a verme. Mi cuñado me llevó a Madrid hasta la clínica Quirón y me operaron el mismo día. Buenos profesionales, robot Da Vinci y al cuarto día estaba caminando en Pola de Lena, donde vivo.

–¿Cómo se supo enfermo?

–Tenía una tos extraña y, al hacer deporte, la inspiración no llenaba bien mi pulmón izquierdo. En un reconocimiento de empresa la médica me vio algo en el corazón. Después de varias pruebas me hicieron una placa torácica y vieron que el timo, una glándula vital en el crecimiento pero que con el tiempo pierde su función, crecía y pesaba sobre mi pulmón.

–¿Tuvo miedo?

–Algo de recelo a entrar en quirófano y la ilusión de quitarlo.

José Pajarón llegó a Mieres con 13 años. Es el mayor de los cinco hijos de Antonio, un capataz de minas de Huarte, subcontrata que trabajaba por toda España, y de Ángela, ama de casa. Antonio tiene 88 años y se llevó a la familia con él a Barcelona. Pajarón, que se define como “asturmeño”, es el único que quedó en Asturias.

–Empecé a trabajar al cumplir 16 años. De camarero, durante dos años en Casa Villa. Encima de la Freiduría Castiel vivía Ramón Menéndez, alumno del maestro de judo Shu Taira. Coincidíamos en el polideportivo, donde yo hacía baloncesto. Era 1973, no me perdía “Kung Fu” en la tele y mi ídolo era Bruce Lee. Quise probar, luchar y tirar, a ver quién puede más. Se lo dije a Menéndez, se ofreció a darme clases en Pola de Lena y me prestó un traje. Fui y hasta hoy. Entré en la mina y en la Policía por el judo.

–¿Por qué en la mina?

–Para tener libres todas las tardes de lunes a domingo. Al cumplir 18 entré de peón en el pozo San Luis. Entrenaba lunes, miércoles y viernes en Pola de Lena. Martes, jueves y sábado, en Mieres, y el domingo, en Oviedo con Taira. En tres años fui cinturón negro, algo que se consigue en cuatro. Estuve tres años en la mina.

–¿Por qué la dejó?

–Me incorporé a filas y ya iba leído por dos policías que entrenaban conmigo de que me preparara para policía en el campamento. Hice el CIR en Colmenar Viejo, me presenté a las COES, los boinas verdes, hice las pruebas para Policía Armada y soy uno de los 240 que pasamos. El 1 de enero de 1978 ingresé en la academia especial de Canillas (Madrid). Hice el curso de formación y las prácticas en Madrid.

–“Gris” en la Transición...

–Era un cuerpo envejecido y por eso la Policía, como se preveía una transición política alterada, fue a reclutar a los CIR. Llevábamos la bocacha por fuera, casco y barbuquejo... El traje imponía miedo y no nos gustaba ni a nosotros. Mejor el azul. Con el título recién sacado, marché destinado a San Sebastián en 1978.

–Malos años.

–Solo había terrorismo y “kale borroka”. En 1978 hubo 107 o 109 víctimas. Eras policía 24 horas: vivía en el cuartel, salíamos dos o tres juntos, y si entrábamos en un bar, uno quedaba fuera... Me quedó el reflejo de la autoprotección permanente y me gusta. Acabé y vine a Cangas del Narcea cuatro meses.

–¿Quería volver?

–Por Margarita, hoy mi mujer. Es licenciada en Historia del Arte, aunque no ejerció. Tenemos dos hijos: Nadia, de 1981, oficial de policía en Torrejón de Ardoz, y Rubén, de 1983, ingeniero informático en Gijón. Son deportistas.

–¿Cómo conoció a su mujer?

–Por el judo. Una prima suya entrenaba conmigo y dijo a su pandilla: “Tenéis que ver a un chaval, ya veréis qué piñas pega”. En un campeonato de Blimea apareció con las amigas. Pasé casi dos años saliendo solo en pandilla con aquellas cinco chicas. Estamos casados desde 1979. Vine a vivir con mis suegros a Pola de Lena.

Inició su vida deportiva dentro de la Policía en 1980. Fue campeón de España policial de judo, luego de las Fuerzas Armadas y de pentatlón policial en los noventa. Al volver a Asturias empezó con el tiro IPSC, que simula casos reales, del que fue campeón de Asturias de la Policía y también en la categoría senior civil.

–En Lena creó un núcleo deportivo.

–Sí. Estaba dando clase de judo, hice el curso de instructor de educación física en Toledo y en verano era socorrista y profesor de natación. De 1982 a 1988 enseñé a nadar a centenares de niños en la helada piscina de Pola de Lena. Como fui diez años director técnico del equipo de judo del Cuerpo Nacional de Policía y seleccionador, federé al Club de Artes Marciales de la Policía en el Club de Judo Lena.

–¿En qué ha afectado la pandemia al judo?

–Ahora está prohibido. Normalmente doy nueve horas de clase a la semana y seis horas más para mí.

En la Comisaría de Mieres hizo seguridad ciudadana de uniforme en los ochenta y noventa, y luego, durante ocho o diez años, estuvo en inspección de guardia haciendo atestados. Fue escolta en Madrid, en comisión de servicio, voluntario, de la fiscal Olga Sánchez cuando el 11M. Lleva diez años en la Policía judicial, en la Unidad de Familia y Atención a la Mujer.

–Protejo a víctimas de violencia de género, un servicio permanente en el que tengo que estar localizable las 24 horas. Lo elegí por cambiar de aire y porque, a partir de una edad, los turnos te levantan dolor de cabeza.

–Se jubila este año.

–Seguiré haciendo judo, tiro, algo de escalada y montaña y baile de salón con mi mujer. Nunca me aburro. Cuando hay que hacer, me involucro. Soy sereno y nada agresivo por mi educación de respeto a los demás de casa, de las artes marciales y de la Policía.

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