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Adelanto exclusivo del libro de Maxi Rodríguez: empieza a leer aquí "Quiero ser como Villa"

Maxi Rodríguez.

Maxi Rodríguez.

LA NUEVA ESPAÑA adelanta un fragmento del nuevo libro del dramaturgo Maxi Rodríguez, colaborador habitual del periódico. En este capítulo de “Lear o el deporte rey”, el autor recuerda sus tiempos de guaje en el fútbol asturiano de base, que años después pariría un genio de talla internacional: David Villa, “el guaje”.

El máximo goleador de la historia de la selección española salió de aquí. Aquí, a veinte minutos de casa, aquí al lado, sí (de la cuenca buena a la cuenca mala o al revés, que la coña es reversible). De Ujo a Tuilla hay 25 kilómetros por carretera. Y de Tuilla al Vissel Kobe japonés hay más de 300 goles. La distancia, en balones que acaban en el fondo de la red, vivida y recorrida –en su brillante trayectoria deportiva– por David Villa, es el sueño de cualquier guaje o guaja de la cuenca minera asturiana. “Quiero ser como Beckham” se quedaría en una bromilla angloindia frente a Quiero ser como Villa, ese filme soñado por cada crío que arriesgó su tobillo regateando a la mina en nuestros campos de carbonilla. Hace años, los hijos de minero teníamos más facilidades para entrar a trabajar en la empresa –Hunosa– en la que curraba nuestro padre. Ser descendiente de productor te daba más puntuación. El pozo (cuando había pozos abiertos, con la minería en pleno esplendor) era una alternativa laboral para quienes lo tuvieran claro de chavales o no se les diera bien estudiar.

–O estudias, o te apunto en Hunosa y te pones a picar.

–Pero… pero…

–Tú verás.

En mi casa usaban esa disyuntiva para motivarme con los libros. La posibilidad del oro negro, jugándome la vida bajo tierra, o el proyecto de ser alguien cultivado (con algún título y tal) paseando apuntes camino de la universidad. Lo de llegar lejos jugando al fútbol, sacar a tu familia de las colominas y ganar con España un Mundial era en aquella época un sueño tan imposible, tan delirante, que cuando vimos al cabrón del guaje (dicho sea con todo el cariño fraternal asturiano) lograrlo, lloramos de emoción, hombre, lloramos.

–¡Ahí lu tienes, qué finu ye! ¡De Tuilla teníes que ser!

Los que hemos fozado como jabalíes en aquellos entrañables patatales de segunda regional sabemos de sobra que no es nada fácil lograr que la pelota haga lo que tú quieres. Ibas a entrenar con la ilusión de que un día afinarías la puntería y quedarías ya para siempre en posesión del olfato goleador. Una temporada, y otra, y otra, y otra, y ese día, coño, a mí nunca me llegó.

–¡Vamos, venga, vaaaa, vaaaa! ¡Ya saldrá, ya saldrááá!

Cuando nació el guaje Villa yo estaba en primer año de juveniles. No es que asistiera al parto ni nada de eso, es que acabo de mirar la fecha en la Wikipedia. Y, uf, acabo de verme a mí mismo con flequillo, perdido en pleno campo embarrado, y el míster en la banda gritando:

–¡¡¡Juegas andando, Maxi, joder!!! ¡¡¡Así no pue- de ser!!!

Lo siento. Me ha venido esa imagen y ya, por deformación, he imaginado, en aquel momento, mi monólogo interior:

–¿Qué necesidad de correr? Al pie, hombre, dámela al pie. Levanta la cabeza, oye, voy, voy, mírame. Vamos a jugar un poco en corto, tanto correr, tanto correr… No hacemos más que bombear balones, qué mierda, hala, venga, ¡al patadón! Qué aburrimiento, por favor. ¿Y aquella morena que aplaude, es de los nuestros o qué? Cara conocida me parece pero no sé… Puf. Me duelen los pies cantidad, estas botas me quedan pequeñas, mierda. ¿Y el mío? ¿Cuál era el mío? ¡Hala! Otro pase a voleo. Miradme, coño, que estoy solo. ¿Por qué me gritan? ¿Cuál era el mío? ¿El alto o el otro? ¿A quién coño cubro yo? Dámela al pie, coño. Puf. Qué muermo, por favor…

En aquel tiempo, el entorno futbolero en lo más profundo del profundo norte, solía perdonarte que fueras malo (esa era, de hecho, la tónica general) pero lo que rozaba para ellos la provocación es que fueras frío. Si no rascabas bola, al menos debías rascar un poco el tobillo rival, soltar alguna patada, segar… Eso justificaba en buena medida tu compromiso con el equipo.

–¡Así, bien, así! ¡Que pase el balón pero no pase el paisano!

–¡Así sí, coño! ¡Qué manera de repartir, macho!

–¿Ves? Hoy estás muy enchufado… Sudar la camiseta, mancharla pero bien manchada, apretar dientes, agachar la cabeza, volver a la caseta de barro hasta las cejas…

–¡Venga, hostia! ¡Que tu padre trabaja bajo tierra!

Esta frase me quedó grabada desde que un espectador me la espetó en los campos de la Toba en Avilés. Jugábamos los del Hulleras contra el Ensidesa, y aunque éramos unos niños, el público asistente veía el partido como un liliputiense duelo al sol entre mineros y metalúrgicos. Huelga decir a quién le habían asignado la responsabilidad del juego subterráneo.

–¡Venga, hostia! ¡Que tu padre trabaja bajo tierra!

La familia de David Villa, como la mía, trabajó en la minería asturiana durante generaciones. Su padre, Mel, curró 27 años en el pozo Mosquitera y (cuando el guaje tenía ocho años) resultó herido en un accidente en el que murieron cuatro de sus compañeros. Esos datos biográficos quizá expliquen aún más la firme solidaridad del delantero asturiano con las cuencas y los innumerables gestos de apoyo más allá de Asturias, como cuando reconoció públicamente que compartía la angustia de las familias de los 33 mineros chilenos atrapados 700 metros bajo tierra en la mina San José (Copiapó, Chile), y les donó varias camisetas firmadas para mostrarles su apoyo. Más allá del mito, el trabajo de minero exige tal esfuerzo físico y mental, y tantos riesgos, que dejarse la piel en el campo, sacrificarse en defensa, ir a muerte en cada partido o correr hasta el desfallecimiento, son –por comparación– una jarana llevadera en tu «finde laboral». Ves a tu padre madrugar cada día con un bocadillo en el bolsillo del anorak expuesto a caer bajo un derrabe o intoxicado por el grisú, y bendices la suerte de poder ganarte la vida dándole patadas a un balón. Queríamos ser como Villa antes de que Villa existiera. Y ahora tenemos la fortuna de poder enorgullecernos de él. Por su gran trayectoria, por su enorme talento para jugar a fútbol, por su sentimiento sportinguista y, sobre todo, por no perder nunca la humildad ni renegar en ningún momento de sus orígenes:

–Pertenezco a una familia de mineros y comparto la angustia de los chilenos.

Villa ha sido muy buen jugador, pero además el chaval supo sacrificarse (superó de niño una lesión en el fémur de su pierna derecha, lo que a la postre le convirtió en temible ambidiestro), se lo curró. Muchos guajes ansían coger su relevo. Las cuencas (la mala, la buena y viceversa) son ahora un desierto laboral con población envejecida y creciente despoblamiento. La gente menuda mataría por vivir del fútbol en un lugar donde cuesta horrores inventarse el trabajo. Las prejubilaciones, por cierto, y el cierre de las explotaciones mineras asturianas han mermado considerablemente en las generaciones sucesivas la cultura del esfuerzo. Los pozos se han cerrado, muchísimos padres reparten las horas del día entre el sofá y los bares mientras el dinero de la pensión prejubilatoria sigue entrando en casa, y sus hijos –con ese referente grabado a fuego– han perdido hábitos de trabajo, sacrificio y constancia.

–Pá, dame algo de pasta, ho.

(...) El máximo artillero de la historia de la Selección Española ye del Sporting (nunca ha perdido la ocasión de reconocerlo), básicamente porque –siendo rechazado a los nueve añitos por los técnicos del Real Oviedo para entrar en las categorías inferiores, y después de jugar en el U. P. de Langreo hasta los 17– en el Real Sporting de Gijón dio el salto a la profesionalidad formándose en la Escuela de Fútbol de Mareo, pasando antes por el juvenil de la División de Honor y el Sporting B. Uno di noi, por supuesto. El galán de la película soñada por todos los que pateamos los campos empedrados sobre el mayor laberinto subterráneo del mundo. La mina asturiana, con 5000 kilómetros de túneles cavados durante más de 200 años de historia, mató mucho tiempo echando partidos. Cientos de guajes corriendo detrás del balón y cientos de padres jaleando detrás de la barandilla, con gesto adusto y humor negro, muy negro, como el carbón.

–¡Venga, hostia! ¡Que tu padre trabaja bajo tierra!

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