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Director de cine ovetense, premio revelación en el Festival de Cine de Solothurn, en Suiza

Lucas del Fresno: “Con el confinamiento continuado vemos más que la Cultura es una necesidad colectiva”

“Las pantallas electrónicas banalizan el contenido, son intermitentes y la temporalidad se vive de una manera distinta a las de cine”

Lucas del Fresno explora el tema del desarraigo en "Europa", la película galardonada en el festival de cine más importante de Suiza Amor Domínguez

El director de cine ovetense Lucas del Fresno, de 27 años, acaba de ganar el premio revelación en el Festival de Cine de Solothurn, el más importante de Suiza, con un cortometraje sobre el sentimiento de extranjería protagonizado por un temporero español en Suiza y por su vaca, “Europa”, a la que la película le debe el título. Del Fresno salió de Asturias con 16 años y ha emprendido una vida nómada “buscando el cine”. Estudió la carrera de Comunicación Audiovisual, hizo un Erasmus en Glasgow, pasó un año en Barcelona, un tiempo en Sarajevo, vivió dos años en Laussana y actualmente reside en Ginebra. Antes de “Europa” había rodado “Once and again”, un corto autofinanciado por él y su director de fotografía, y en colaboración con la escuela de cine del director húngaro Bèla Tarr.

–Acaba de ganar el premio al director revelación por su corto “Europa” en el Festival de Cine de Soleure, ¿es su primer premio importante?

–Sí lo es, sí. Estoy muy agradecido. Sobre todo, por la alegría que da esto al equipo de la película. No fue un rodaje especialmente agradable... lluvia, nieve, frío, horarios nocturnos... Algunos decían que era el rodaje más complicado en el que habían estado, y desde fuera nos decían continuamente que era imposible rodar lo que queríamos rodar. Pero el esfuerzo y el cariño han dado sus frutos. Y era posible.

–El jurado se refiere a su película con expresiones como odisea lírica y lacónicamente absurda, ¿está de acuerdo? ¿Qué quieren destacar con ellas?

–Estoy de acuerdo, pero habría que matizar quizás ese “absurdo”. Es, sí, la odisea de un personaje opaco, que no nos muestra sus emociones, escondidas bajo una barba tupida y un pelo que le cae sobre los ojos y que rima con el paisaje invernal de la película. Pero no es tanto el absurdo que podría provocar la carcajada sino el absurdo inherente al ser humano, el de sus contradicciones. El absurdo de entender la vida a través de objetivos cuando lo que necesitamos es, casi siempre, otra cosa. Y que, muy a menudo, nuestros gestos comunican esa necesidad.

–Con 27 años, ¿ya ha encontrado su camino en el cine o está en proceso de búsqueda?

–Cada proyecto es un comienzo tan distinto del anterior que no puedo afirmar haber encontrado nada. Además, uno encuentra casi siempre lo que no está buscando. Pero si hablamos de lo que me interesaría reflejar en la pantalla, me interesan esos momentos que visitamos una y otra vez sin saber muy bien por qué tienen la fuerza que tienen sobre nuestras emociones y sentimientos. Diría que filmar con la amplitud e intensidad hipnótica que tienen siempre ese tipo de recuerdos sería mi intención general.

–Vive en Suiza desde hace algunos años, ¿qué ofrece ese país a los cineastas?

–Me iría a cualquier país donde hubiera un proyecto interesante. Salir de la zona de confort permite que no se te pasen los días y de repente te preguntes: ¿qué he estado haciendo?

El cine y las nuevas formas de verlo, ¿qué opina de las grandes plataformas de difusión? ¿Resistirán las pantallas de cine?

–Creo que con esta situación imposible del confinamiento continuada “ad infinitum” vamos viendo cada vez más que la cultura es una necesidad colectiva y que es también una actividad social. No podemos dejar que desaparezcan los eventos en vivo, y el cine es uno de ellos. Las pantallas electrónicas banalizan el contenido, son intermitentes, la temporalidad –elemento central en el cine– se vive de otra manera. Son dos formas de vivir el cine y la cultura compatibles, igual de necesarias y no excluyentes; el streaming es necesario para el archivo y consulta, y el espectáculo en vivo, como participación activa en la cultura.

–¿Qué cine le gusta? ¿A qué directores mira como ejemplo?

–Siempre me cuesta responder a ese tipo de pregunta. Por ejemplo, no leería a Kafka en determinados momentos y tampoco leería poesía en otros, aunque las dos cosas me gusten mucho. Hay películas que nos recuerdan sentimientos que habíamos olvidado o que te hacen descubrir cosas de ti que no sabías. Algo se queda contigo cuando termina la película. Tienen un efecto en la experiencia cotidiana. Miro a muchos directores y directoras como ejemplo, pero sobre todo miro películas como referencia. No son siempre cines que yo querría hacer, pero me fascinan los momentos en los que se hacen presentes, por ejemplo, la “verdad” de Lav Díaz, la “fantasía” de Apichatpong Weerasethakul, la “poesía” de Theo Angelopoulos, los “juegos” de Agnès Varda, la “crudeza” de Sharunas Bartas, la “sencillez” íntegra y profunda de Óliver Laxe, la “melodía” de Alice Rohrwacher, el mágico caos de Lucrecia Martel. Carla Simón, Nuri Bilge Ceylan, Claire Denis, Mekas, Wong Kar-wai, Kiarostami, Antonioni... y tantas otras y tantos otros.

–¿Cómo se ve el cine español desde fuera? ¿Regresará? Aunque nunca ha trabajado en España...

–Evidentemente, echo de menos España y me encantan ciertas películas del pasado y del presente. Como decía en nuestra última conversación, los recuerdos familiares, de la familia que elegimos y la que no, son para mí el origen de nuestro mundo emocional, son el molde de nuestra experiencia. Por eso, en mi caso, que he crecido en España, veo en cierto cine español cosas que me atraen mucho. Pero la vuelta a casa cinematográfica requerirá un buen distanciamiento para poder ver desde fuera de qué trata aquello que tanto me interesa a mí en particular. Estar fuera me enseña a ver lo que hay dentro.

¿De cuál de sus trabajos hasta ahora se siente más orgulloso?

–Nunca se puede estar orgulloso, yo creo. Y si algunos pueden, no deberían... El orgullo quita mucha energía, la tuya y la de otros, necesita mucho mantenimiento. Y esa energía se necesita para hacer cosas.

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