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Hoy es siempre todavía || María Luisa Torcida | Ilustradora

“Crecí en un internado militar regentado por monjas; dibujar me evadió y salvó de cierta locura”

“En 2000 tuve un grave conflicto con las editoriales y cambié de siglo, de profesión y de ciudad: vine a Asturias a tener hijos”

La ilustradora María Luisa Torcida, en Xivares  (Carreño).  | MARCOS LEÓN

La ilustradora María Luisa Torcida, en Xivares (Carreño). | MARCOS LEÓN

María Luisa Torcida (Oviedo, 1963), Bellas Artes en Madrid, profesora de Dibujo en las Escuelas de Arte de Asturias, un año en Avilés, el resto en Oviedo, 30 años de ilustración, más de 100 libros infantiles, algunos traducidos al francés, coreano, inglés y portugués. Su exposición “Más allá del papel”, originales de ilustraciones para cuentos de su carrera, superó los 20.000 visitantes en Gijón, La Coruña, Córdoba... Confina en Xivares (Carreño), en la casa que buscó hace 20 años para que la familia pudiera esparcir en veranos, cuando más trabajaba ella. Vive en Gijón.

–Estoy tranquila, bien conmigo. Ahora es la parte buena de los hijos, en 3 años me jubilo de la escuela y viajaré por España.

–¿Cuándo no fue así?

–No sé separar contratos y amigos, me viene de la infancia y tuve un problema muy grande con las editoriales en 1999 –uno llegó a decirme que no volvería a publicar en mi vida– se me cerró el mundo editorial de Madrid, y trabajé solo para Vicens Vives, en Barcelona.

–¿Qué le pasó?

–Mi editor, Emilio San Juan, contó conmigo para hacer todos los libros que van desde los 3 a los 6 años y acepté. Tuve un conflicto con la editorial, le pregunté, me dijo que pidiera los derechos de autor, lo hice y la bola de nieve se volvió alud. Vegap, la sociedad que gestiona a los artistas plásticos, asumió los costes de mi proceso y negoció otras cosas. Aborrecí el libro de texto y ser un esclavo de lujo. Cambié de profesión, de siglo, de ciudad.

–¿Cómo salió de su crisis?

–Mi marido me dijo que opositara a profesora de Dibujo. Me preparé año y medio. Decía a mi hijo que iba “a probar” y aprobé.

–¿Quiere a Roberto desde...?

–Los 18 años. Leonés, funcionario en Gijón, es fundamental por la compañía y por la seguridad económica: fui autónoma hasta 2006. Él es pachorra, reflexión y sentido del humor; a mí hay que aguantame, soy enérgica, estoy absorbida y tengo altibajos.

–Dice que dejó la profesión, pero no para de dibujar libros.

–Después trabajé para Bruño, con Isabel Carril, directora de publicaciones generales, a quien debo 15 años de proyectos bonitos: es la ideóloga de “Letras locas”. Imposible separar amistad y trabajo.

–Creció entre Guadalajara, Madrid, León y Asturias y a los 6 años estaba en un internado. –

Éramos tres chicos y tres chicas y pudimos estudiar en internados para hijos de militares. Ellos, a Madrid; nosotras, a Guadalajara. Cumplí los 6 años en el internado de monjas de Aranjuez. Horrible. Fui la que más permaneció en ese régimen para estudiar dibujo.

–Su padre era militar.

–Farmacéutico militar: Jaime Manuel, santanderino, murió tan joven que no lo recuerdo. Mi madre, Esther Álvarez, ovetense, hubiera querido ser artista, pero fue farmacéutica y maestra. Tiene 93 años, la veo cada semana, lee el periódico con lupa y la adoro.

–¿Qué marcó el internado?

–La carencia de afectividad que busco continuamente. Son importantes mis amigas, un montón de niñas como pollo sin cabeza, en dormitorios de 300 camas, que nos teníamos unas a otras, pero nadie nos indicaba el horizonte. No es de extrañar que hubiera problemas de identidad y mentales. Dibujar me evadió y salvó de cierta locura: cuando haces algo no piensas en otra cosa.

–Ganaba concursos de dibujo y tuvo la confianza de José Antonio Sánchez Mariño.

–Sus clases nos encantaban: siempre estaba contento. Las monjas organizaban unos premios anuales y como yo ganaba siempre el de dibujo decidieron no dármelo más. Entonces él inventó la mención especial, que ganaba yo siempre y, supe luego, pagaba él de su bolsillo.

–¿Había afecto en casa?

–En verano, en casa de los abuelos de Oviedo. A la abuela la llamábamos “mami”. Mi madre trabajaba en León en la Residencia. Volver al internado era el horror. Inicié la carrera un año que no hubo prueba de acceso, en una residencia militar para estudiantes. Pedí a mi madre ir a un piso.

–¿Se desorientó?

–Aquel Madrid me fue necesario: podía hacer lo que me diera la gana, pero era responsable y muy disciplinada. Suavicé el carácter y me hice más flexible. Era la Movida y conocí los locales por una amiga, pero i

ba al cine al día del espectador, al teatro, a librerías.

–Se especializó en grabado.

–Donde estábamos los mejores dibujantes porque la base es el dibujo, hay una plancha, ácido y no hay marcha atrás. Pablo Núñez, ahora editor, despuntó pronto.

–¿Por qué Bellas Artes en Madrid, tan libérrima y abstracta?

–Llamé a mi madre, agobiada, porque todos sabían más que yo. Buscaba formarme en dibujo, color y técnicas. No la encontré. El sistema educativo va detrás de lo social. Disfruté de la carrera, de los compañeros y de la vida. Un compañero de clase me dijo que podía trabajar de ilustradora, algo que no sabía que se podía ser a los 17 años. Fuimos a editoriales con mis dibujos y “vuelva usted mañana”. Dibujar no es ilustrar.

–Su crisis la trajo a Asturias

–Madrid está muy bien para la edad en que te construyes y te liberas y es donde se abren todas las oportunidades pero es compleja y difícil. Viví en Vallecas, Atocha, Chueca, Moncloa y en La Latina, encima del teatro de Lina Morgan. Nos quedamos embarazados y no quería tener hijos en Majadahonda y no ver a Roberto. Volví a Asturias con la barriga como un baúl. Vivimos 6 años en Faro y vinimos a Gijón porque disfruto mucho de la amistad, pero quería un sitio donde no me conocieran.

–Sus hijos.

–Andrés, de 29 años, hizo Ingeniería de Máquinas y un ciclo de gráfica impresa y un máster de visualización de datos. Pablo, de 26 años, hizo diseño de producto y hace un máster de diseño gráfico en Oporto. Les dediqué todo el tiempo que tenía. Jugábamos mucho y muy libremente. Fui una niña feliz, pero les di el cariño que me faltó. En cuanto tuve hijos perdí la ambición profesional.

–Le gusta dar clases

–Los alumnos me sufren. No digo que está bien hasta que le veo buena pinta y, en sentido contrario, me da miedo machacar. Ser profesora me cambió. Salvo cuatro dibujantes, en España no pueden vivir de la ilustración y los que lo hacen es a base de mucha producción rápida durante muchas horas. Eso genera vicios que rompí de profa.

–Para conocerla por uno de sus libros, “Te quiero un montón” y por sus preferencias Ulises Wensel, Quino y Maurice Sendak. ¿Cuánto dibuja al día?

–Por semana, como doy clases, algo menos. En fines de semana, jornadas de 12 horas. Lo necesito, es vicio. Cuando sale, es un subidón de adrenalina insuperable.

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