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Hoy es siempre todavía || Pablo Alonso | Físico e investigador

“Estoy a la expectativa de la vida misma, estar bien en estos tiempos es de sociópata”

“El 31 de diciembre acaban mis dos contratos y mi vida volverá a ser inestable, pero así es la del investigador y la acepto”

El investigador  Pablo Alonso, en la Facultad de Ciencias de Oviedo. | Irma Collín

El investigador Pablo Alonso, en la Facultad de Ciencias de Oviedo. | Irma Collín

Pablo Alonso González (Grado, 1980) fue el mejor investigador novel por la Real Sociedad Española de Física en 2015, es “Asturiano del mes” de LA NUEVA ESPAÑA y “Moscón de oro”. Físico, con varios artículos en la revista “Nature”, después de doce años en Madrid, Pekín, Cambridge y el Centro de Investigación CIC NanoGUNE de San Sebastián, decidió volver.

–Estoy a la expectativa de la vida misma. Hace año y pico que no visito la casa de mis abuelos, Edelmiro y Azulina, de 90 y 89 años, aunque los veo a distancia. Estoy tranquilo, trabajando en casa, pero sin el cariño de los míos ni de los amigos. Estar bien en estos tiempos es de sociópata.

–¿Dónde vive?

–En Agüera de Candamo, en una casa de pueblo que diseñó mi hermano Abel, arquitecto, premio “Asturias”. Mi hermano vive a 150 metros y mis abuelos a 200, en otra dirección. Mis padres están en Grado. La casa tiene jardín y pasé el confinamiento con una calidad de vida de afortunado.

–¿Afectó mucho a su vida?

–Vivía a mil por hora, en viajes de trabajo y reuniones, y la vida de verdad, la de la familia y la crianza, no tenía la intensidad que debería. Hace dos años mi hija Lara dibujaba a su madre con ella y a mí en un edificio aparte, trabajando. Ahora tiene 5 años y, desde la pandemia, estoy con ella en su dibujo.

–¿Y su mujer?

–Cristina, es de Grado y nos conocimos en el instituto. Es enfermera en el HUCA, estuvo en UCI y vivimos la pandemia a través de ella, que volvía de ver cosas que afectan muchísimo. Al principio yo lloraba de emoción con los aplausos a los sanitarios, pero después vi que era irreal. Me dio rabia cuando al abrir la gente salió en masa a tomar café sin mascarilla, en lugar de recuperar la libertad al aire libre con amigos.

–¿Costó en el trabajo?

–El confinamiento total nos retrasó en el laboratorio y nos dedicamos a escribir resultados. Ahora solo pueden coincidir en el laboratorio dos o tres personas y el resto del tiempo trabajamos en casa el análisis de datos y de resultados. Es casi como antes.

–¿Las clases telemáticas?

–Bastante bien. A veces, parece que estás en la radio e intento interactuar. Los alumnos se han adaptado mejor que los profesores.

–¿En qué situación se encuentra en la Universidad de Oviedo?

–Tengo una plaza de investigador distinguido y un proyecto Starting Grant, del Consejo Europeo de Investigación (ERC), muy prestigioso y dotado con millón y medio de euros que cubren a la gente que tengo contratada, el equipamiento y parte de mi contrato. Los dos acaban el 31 de diciembre. A partir de ahí mi vida volverá a ser inestable. Es la vida del investigador y la acepto.

–Pero ya tiene 41...

–Quiero una plaza permanente, pero no la veo. Mi perfil puramente investigador lo hace muy difícil. No puedo cumplir con las horas de docencia que se piden. Yo decido investigar porque es lo que me hace feliz. Me gusta la docencia y aprendo, pero no puedo dar más clases y hacer mi proyecto. Debería estar asentado. Hace años había catedráticos de mi edad y hoy creo que ni a la edad de jubilación podré llegar. La crisis de 2009 a hoy hizo perder una década en estatus profesional a mi generación.

–¿Por edad, en qué fase está de una carrera científica?

–La creatividad mayor es en la etapa posdoctoral. Ahora la gestión –organizar contratos, asegurar financiación– lleva el 30% o 40% del tiempo. Con los años es aún peor.

–Supongo que prepara el siguiente salto.

–Sí, voy a pedir la continuación del proyecto, el Consolidator, a través de la Universidad de Oviedo, para seguir otros 5 años en Asturias. Vine con la idea de que se podía hacer investigación de alto nivel aquí y, aunque gente de la Universidad me dijo que sería difícil, ha ido bien. Vine pese a cuatro ofertas de instituciones en las que cobraba el doble y me daban equipamiento, personal y estabilidad.

–¿Por qué ese empeño?

–Por estar cerca de mi familia y de mi entorno, sabiendo que no iba a perder la carrera. Mi mujer y yo decidimos que, si queríamos una familia, debíamos volver. Estoy muy unido a mis abuelos y quiero disfrutarlos.

–¿Por qué?

–Viví periodos con ellos. Son un ejemplo de lo mejor de este país. Huérfanos de padre los dos por la guerra, mi abuelo araba con 6 años y después de trabajar en canteras y minas lograron que sus hijos estudiasen. Mis otros abuelos, Amelia y Alfredo, fallecieron hace unos años. Todos son de Candamo, Las Regueras, Grado...

–¿Qué son sus padres?

–Mirta y Gerardo son maestros. Con otros profesores de Grado crearon la Fundación Vital, en la que hay un aula de la naturaleza en Yernes y Tameza en la que las energías renovables permiten vivir como en la ciudad en medio del campo. He tenido un concepto del aprendizaje que va más allá del que hay en las aulas y facultades.

–¿Cuándo supo que quería ser investigador?

–Fui buen estudiante, pero indeciso. Elegí la Física porque era la carrera que menos me disgustaba. Empecé motivado, pero me decepcionó y dejé de asistir a clases durante casi toda la carrera. Encontré mi sitio en la tesis, el único reducto de creatividad dentro del sistema de enseñanza. Pensé en probar en la investigación. José Ignacio Martín, del área de Materia Condensada, me recomendó la visita a un centro en Madrid, entré en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en un tema de óptica cuántica y encontré mi sitio.

–Tuvo premios muy joven. ¿Necesita más?

–Fueron inesperados, regalos, mi ego está más que pagado.

–¿En qué está trabajando?

–Intentamos controlar la luz en espacios muy pequeños, a nanoescala. Con ese control se podrían hacer tecnologías ópticas de la comunicación más rápidas e integradas. Podríamos tener teléfonos enrollables para el bolsillo de la camisa. Sería un cambio de paradigma: pasar del silicio duro a materiales bidimensionales. Es difícil y, además, para desplazar las inversiones de la industria en torno al silicio, ha de ser muchísimo mejor. La economía traba la investigación porque sus plazos son muy cortos y nosotros miramos a veinte años.

–¿Lo verá?

–Ahora todo va acelerado en tecnología y en diez o veinte años va a haber una revolución y se va a pasar a utilizar la luz como transporte de información en lugar de corrientes eléctricas.

–¿Qué hace fuera del trabajo?

–Ya no leo novelas, solo artículos científicos desde hace año y medio. A veces me parece una obsesión y es una pérdida porque leer por ocio da otra perspectiva. Salgo con la bicicleta de montaña por las pistas de la zona y conozco a la gente de los pueblos.

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