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El asturiano que investiga el "paraíso natural" de Chernóbil

El biólogo de la Universidad de Oviedo Germán Orizaola asegura que esa zona de Ucrania rebosa vida 35 años después del accidente nuclear que aterrorizó a toda Europa

El “sarcófago” construido en 2016 que cubre la central nuclear. | LNE

El “sarcófago” construido en 2016 que cubre la central nuclear. | LNE

“En Chernóbil puedes ver cosas que no ves en Muniellos”, sentencia el biólogo asturiano Germán Orizaola, uno de los tres españoles que tiene como campo de trabajo la zona cero del accidente nuclear. Y no, no son postales oscuras de árboles deshojados. El que fuese el lugar más contaminado del mundo es, treinta y cinco años después de la catástrofe, un paraíso natural. “Si le planteas el eslogan a un consejero de turismo local seguro que te dice que sí”, apunta Orizaola. En un principio, se pensó que las cincuenta toneladas de material radiactivo que escaparon del reactor de la central nuclear Vladimir Illich Lenin convertirían las inmediaciones de la instalación ucraniana en un desierto. Pero, tras más de tres décadas, el bosque y la fauna han reconquistado la zona. No solo han vuelto al estado que presentaban el 26 de abril de 1986, han ido mucho más allá. “Se ve cómo avanzan los bosques y los efectos de la radiación sobre la fauna no son tan fuertes como se esperaba”, explica el biólogo.

La consecuencia más llamativa que han encontrado en su estudio los investigadores del programa Ramón y Cajal es el cambio de coloración de algunas especies. Los investigadores asturianos trabajan especialmente con la ranita de San Antonio. El mismo anfibio, que fuera de la zona contaminada es de un verde brillante, dentro del área presenta tonos más oscuros que llegan, incluso, al negro. Su hipótesis es que se trata de un mecanismo de defensa similar al que presenta nuestra piel ante la radiación solar. “Cuando estás moreno estás más protegido de la radiación, una coloración más oscura podría funcionar de un modo similar”, explica. Así, se alejaría del imaginario colectivo la asociación de la radiación a los colores fluorescentes. Dentro del reactor en el que se produjo el incendio viven, incluso, hongos que también son de color negro. Por lo demás, explica el biólogo, “los niveles de radiación de nuestras ranas son bastante bajos, muy por debajo de lo esperado y cogiéndolas muy cerca del reactor”, relata.

Lo que ya no hay, salvando científicos y turistas, son seres humanos. Hace treinta y cinco años, la ciudad que habitaban los trabajadores de la central nuclear, Prípiat, tenía 43.000 habitantes. Hoy está desierta. El día del desastre, las amplias avenidas de la ciudad, arboladas y decoradas con rosales y la hoz y el martillo, rebosaban actividad. Hoy, es terreno reconquistado por el verde. Salvando las rutas turísticas, que se dispararon tras la miniserie “Chernóbil”, la antigua ciudad es una selva. El accidente llevó a la creación de una Zona de Exclusión de 4.700 kilómetros cuadrados entre Ucrania y Bielorrusia. Un total de 350.000 personas fueron evacuadas de ese área. “Es similar a lo que sería la zona central de Asturias”, compara el biólogo. El accidente registró 49 víctimas de manera inmediata, pero se cuentan por más de 4.000 las que han muerto de forma prematura a causa de la radiación.

Una rana hallada lejos de Chernóbil. | LNE

Una rana hallada lejos de Chernóbil. | LNE

Un ejemplar oscurecido recogido en el área afectada.

Un ejemplar oscurecido recogido en el área afectada.

Germán Oriazola lleva visitando Chernóbil desde 2016. Y tiene ganas de volver. La pandemia ha supuesto un parón y, sobre la mesa tiene una nueva investigación. Pasará de las ranas a los caballos salvajes. Uno de los ejemplos de que, tras el accidente y el abandono de la zona por el ser humano, la vida rebosa en la “zona de exclusión”. Los caballos de Przewalski, al igual que otras muchas especies amenazadas a nivel europeo se refugian al calor de Chernóbil.

Es por esto que el científico asturiano considera que esta zona, aunque se pueda hacer “ya mismo”, no se debe volver a habitar. A sus ojos deben coexistir los usos turísticos, como recuerdo de lo que ocurrió, con su función actual, la de reserva natural y ámbito de estudio científico. “Son zonas que habrá que seguir estudiando durante unos años”, indica el biólogo. Chernóbil es, hoy, una de las reservas naturales más grandes de toda Europa y tiene “un potencial de conservación tremendo”. Ese es el caso del caballo de Przewalski, prácticamente extinguido en las regiones de China y Mongolia, se recuperó en el área afectada por el accidente nuclear. Hace unos años se soltó una treintena de ejemplares en la zona y, hoy, hay más de ciento cincuenta caballos salvajes. Con ellos, los investigadores quieren estudiar aspectos de genética.

Junto a Oriazola trabaja un biólogo local, Sergey Gashchak. Quien se dice que es quien mejor conoce la zona. El ucraniano colaboró en las labores de limpieza tras el accidente. Solo cuatro meses después de que explotase el reactor sobre el que, desde 2016, se levanta un “sarcófago” de contención. Sobre la energía nuclear, el biólogo no se pronuncia. “Como investigador no puedo estar a favor ni en contra. Hay gente con planteamientos muy claros y esto ha condicionado su forma de trabajar”. Lo que sí que deja claro es que, para él, es “un lugar fantástico”.

–¿Un paraíso natural?

–Sí. Y en ese no se matan lobos.

Germán Orizaola, en Chernóbil.

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