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Lastres perdió un potosí

Las riquezas que importó a su localidad natal un llastrín que dirigó las legendarias minas de plata bolivianas se esfumaron en la Guerra Civil

Mujeres ante el balneario de Salinas en una fotografía de José Zamora. | LNE

Mujeres ante el balneario de Salinas en una fotografía de José Zamora. | LNE

Lastres, Asturias, siglo XVIII, un comerciante local se pasea por la localidad, por sus empinadas cuestas, subido en una silla tapizada con piel de tigre y tirada por un esclavo negro venido de Turquía. Es una simple anécdota, pero denota cómo se vivía en la villa marinera en los años de la emigración a América, cuando los indianos enviaban dinero, plata y multitud de objetos de valor a sus familiares lastrinos.

Lo detalló ayer la doctora en Historia del Arte Milca Iglesias durante su ponencia “El Lastres del siglo XVIII: patrimonio mueble perdido”, que formaba parte del seminario “El arte mueble perdido en Asturias. De la Guerra de la Independencia a la Guerra Civil”, organizado por el grupo de investigación acreditado “Ceán Bermúdez”, de la Universidad de Oviedo, y que se desarrolló de forma telemática.

Iglesias relató cómo los indianos dotaban los ajuares, las casas y la iglesia parroquial de elementos de gran valor enviados desde el otro lado del Atlántico. Así “en Lastres llegó a haber seis crucifijos de marfil, cuando en la actualidad en toda Asturias se conservan tan solo siete”. “En todas las casas de los pescadores había piezas de plata, aunque solo fuese una taza o una cuchara”, subrayó. Entre las familias más destacadas estaban los Robledo Colunga. José Antonio Robledo llegó a ser director de las minas de Potosí, en el alto Perú. Felipe V le había otorgado el cargo en agradecimiento a la familia por la construcción de la fortaleza de Lastres que evitaba los ataques piratas y de armadas rivales.

Desde Potosí, José Antonio Robledo Colunga, mantenía contacto constante con su familia lastrina. Enviaba dinero, plata y lujosas piezas ornamentales en beneficio del pueblo para la construcción de retablos y decoración de la iglesia parroquial. La historiadora tiene documentado que en 1773 envió “dos cajas de plata, dos relicarios de oro y perlas y un cáliz”. En 1791 el envío incluía “tres baúles de piezas para los oficios de jueves y viernes Santo”. Buena parte de todo ese patrimonio desapareció durante la Guerra Civil, apuntó Iglesias.

Cristian Franco, a la derecha, en el archivo de los herederos de Eduardo Martínez en Colloto en 2007

Antes de analizar la riqueza de Lastres en el siglo XVIII, Gretel Piquer, de la Fundación Museo Evaristo Valle, dictó la conferencia “Destrucción, recuperación y (auto)censura en el patrimonio artístico asturiano, 1934-1950: en torno a Evaristo Valle”. La experta explicó las vicisitudes del pintor gijonés durante la guerra civil y los años posteriores, su actividad artística y su relación con otros intelectuales de la época. En un primer momento, Valle no lo tuvo fácil. Sus amigos habían muerto y su familia había pasado a zona nacional. Él se quedó en Gijón y allí, en su estudio, recibía las visitas de las autoridades, y hasta de un comité soviético “que consideraron que su arte no tenía nada de revolucionario”, con lo que no pudo hacer ya que “no estaba al servicio de la guerra”. Ya en la posguerra, tuvo que reutilizar muchas de sus obras para seguir pintando. “No tenía materiales y sacrifica obras anteriores de gran tamaño para utilizar los lienzos hacer pequeños cuadros comerciales”, explicó Gretel Piquer.

Del patrimonio perdido y recuperado habló el también doctor en Historia del Arte Juan Carlos de la Madrid en su conferencia “Retratos de José Zamora: un patrimonio perdido y hallado en Arnao”. De la Madrid repasó la trayectoria del que fuera capataz de la fábrica de zinc y superfosfatos de la Real Compañía Asturiana en Arnao y fotógrafo aficionado, de quien se conservan en torno a 1.500 retratos realizados a los trabajadores de la factoría para sus fichas. El historiador definió a Zamora como “el fotógrafo que nunca existió” ya que en ningún momento tenía intención de dedicarse a la fotografía. Aún así, a través de las imágenes que dejó, en especial los retratos, ese “patrimonio perdido y hallado”, De la Madrid apuntó que se puede reconstruir buena parte de la sociedad asturiana. En esos retratos están los procesos de trabajo, el espacio y el tiempo en el que vivieron los fotografiados.


El patrimonio cinematográfico, olvidado y, en ocasiones, arrojado al mar


Uno de los patrimonios culturales más difíciles de conservar con el paso de las décadas es el cinematográfico. Lo explicó ayer Cristian Franco Torre, doctor en Historia del Arte y redactor de LA NUEVA ESPAÑA, durante su participación el seminario seminario “El arte mueble perdido en Asturias. De la Guerra de la Independencia a la Guerra Civil”, de la Universidad de Oviedo.

Franco Torre habló de “Incomprensión, abandono y olvido: el vía crucis del patrimonio cinematográfico asturiano” y expuso que el gran problema de este patrimonio “es que, hasta fechas relativamente recientes, no existía la concepción de que, efectivamente, había algo que preservar”. Un patrimonio que no se destruyó en la Revolución del 34 o en la guerra civil sino que su pérdida “responde a razones más prosaicas: el desconocimiento, la dejadez, el olvido”. Por un lado está, explicó el ponente, “el peligro asociado a la película de celuloide, altamente inflamable” y por otro que las películas tenían poco recorrido comercial más allá de su estreno, algo que “provocó una destrucción sistemática y continuada de películas, que en ocasiones eran arrojadas al mar. Literalmente”.

Aún así, sí que se conserva algo de ese patrimonio como el importante archivo de los herederos de Eduardo Martínez descubierto en Colloto en 2007, o todo el material que ha logrado reunir el Muséu del Pueblu d´Asturies.

Con esto, Franco Torre afirmó que “el porvenir para el patrimonio cinematográfico es muy negro”. En su opinión “haría falta una política decidida de defensa de este patrimonio, establecer un organismo adecuado de protección y salvaguarda, y peinar el territorio regional para tratar de rescatar todo aquello que aún perviva. El tiempo se agota, y posiblemente mientras hablamos, en alguna panera o en algún oscuro desván, se esté perdiendo de forma irreparable, esta vez sí, alguna joya de la cinematografía asturiana”.

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