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Darío Villanueva Exdirector de la Real Academia, el día 18 pronunciará una conferencia en la Cátedra Emilio Alarcos de la Universidad de Oviedo

“Las palabras no crean realidades, es al revés, y cambiar la lengua no cambia el mundo”

“Existe el riesgo de implantar una nueva forma de censura, cuando creíamos que en las democracias había libertad de expresión”

El académico Darío Villanueva. | LNE

El académico Darío Villanueva. | LNE

En su último libro, “Morderse la lengua. Corrección política y posverdad”, editado por Espasa, Darío Villanueva Prieto (Vilalba, Lugo; 1950) trasciende lo lingüístico y cuestiona los fundamentos de la sociedad contemporánea. El ex director de la Real Academia España (RAE), mitad gallego y mitad asturiano –lo es por vía materna y por su infancia en Luarca–, regresa a la Cátedra Emilio Alarcos Llorach, con la que tantas veces antes ha colaborado, con la conferencia “Neolengua o poslengua: corrección política y posverdad”, el martes 18 de mayo a las 19.00 horas, en el Aula Magna del edificio histórico de la Universidad de Oviedo. Alguna de las ideas que desarrollará este día están contenidas en esta entrevista con LA NUEVA ESPAÑA.

–¿Las lenguas son machistas o feministas? ¿Hay idiomas más igualitarios que otros?

–En marzo de 2012, ante la proliferación de guías de lenguaje no sexista publicadas desde 1987 por organismos públicos como consejerías o universidades, por sindicatos, oenegés y otras corporaciones, el pleno de la RAE hizo suyo por unanimidad un amplio informe del académico Ignacio Bosque, ponente de la “Nueva Gramática de la Lengua Española”, de 2009. Este documento titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” provocó un alud de reacciones en la prensa y en las redes sociales. Parte de estos comentarios fueron de rechazo, un repudio por lo general no fundamentado en argumentos lingüísticos sino en pulsiones ideológicas, cuando no puramente emocionales. Tanto fue así, que el 6 de marzo de 2012 se hizo público un manifiesto de apoyo a Ignacio Bosque titulado “Acerca de la discriminación de la mujer y de los lingüistas en la sociedad”, promovido por cuatro especialistas menores de 40 años: un profesor de la Universidad de Tromsø en Noruega, y tres profesoras de Zaragoza, Alcalá y Kent, en el Reino Unido. Este manifiesto, que en fechas posteriores a su publicación llegaría a ser firmado por 500 lingüistas, hombres y mujeres de muy diversa procedencia, da réplica a las críticas contra el informe académico y afirma que “la gramática no puede ser sexista, de la misma forma que no puede ser comunista, anarquista, liberal o ecologista”. Los cambios necesarios en la sociedad, entre ellos los conducentes a la plena igualdad y visibilidad de mujeres y hombres, no es posible implementarlos mediante reglas que afecten al uso de la lengua, configurada como un sistema de equilibrios entre elementos interdependientes, de modo que la modificación gratuita o irreflexiva de uno de ellos altera el conjunto todo.

–¿Descartado entonces que la lengua española sea machista?

–Pude comprobar por propia experiencia la confusión que puede darse en algunos casos entre género y sexo a raíz de la pregunta que me hizo una joven asistente a una conferencia que di en el Instituto Cervantes de Shanghai en septiembre de 2018. Quería que le respondiera afirmativamente a su valoración del español como una lengua machista, según demostraba, como ella estaba convencida, el hecho de que en nuestro idioma la palabra “triunfo” fuese del género masculino y, al contrario, “derrota” fuese femenina. Para mi interpelante, esto era tanto como un agravio continuo e intencionado del español contra las mujeres. No fue difícil encontrar una respuesta, pese al desconcierto inicial que la cuestión me había provocado. Además de invocar lo inconveniente de aquella confusión, le propuse que considerara dos sinónimos de los vocablos por ella escogidos: en vez de “derrota” (femenino), “fracaso” (masculino); y en vez de “triunfo” (masculino), “victoria” (femenino).

–¿La RAE es una institución conservadora?

–Sí, claro. Porque tiene un compromiso trascendental, al que viene atendiendo desde hace más de tres siglos, ahora, además, ayudada por otras 23 academias de África, América y Asia reunidas en la ASALE. El compromiso de conservar la limpieza, la fijación, el esplendor y sobre todo la unidad de la segunda lengua con mayor número de hablantes nativos en el mundo, que es el español. Ningún otro idioma, ni el chino mandarín ni el inglés, disponen de un instrumento como ASALE, ni de una ortografía y una unidad equiparable a la del castellano global. Para ello la RAE usa instrumentos de la máxima innovación: por ejemplo, su oferta gratuita del diccionario de la lengua española (DLE) en línea tuvo, en 2020, mil millones de consultas procedentes de doscientos países.

–¿Qué piensa usted cuando escucha a alguien hablando de “todos, todas y todes”?

–Me vienen a la mente las palabras de uno de los tangos más famosos, escrito por Enrique Santos Discépolo, que se titula “Cambalache”. Dice así: “Qué falta de respeto, / qué atropello a la razón”. Me gustan tanto que las puse como uno de los lemas al principio de mi último libro “Morderse la lengua. Corrección política y posverdad”.

–¿Hasta dónde es lícito violentar la gramática? Las lenguas crecen y evolucionan con la transgresión gramatical.

–Sin duda es así. De otro modo no hubiesen nacido del latín las lenguas romances que tantos millones. Pero entonces se “violentó” –por usar su misma palabra– la lengua que los romanos nos trajeron por razones exclusivamente nacidas de la propia lógica lingüística. Por ejemplo, se prescindió de la flexión del caso, lo que inmediatamente exigió una ordenación sintáctica de los elementos de la frase más rígida que la que obraba en latín. Pero no por razones ideológicas. Las palabras no crean las realidades, sino al revés. Y cambiar las lenguas no produce el cambio del mundo. En el idioma guajiro, que se habla en Venezuela, el femenino es el género inclusivo como en las lenguas romances y otras lo es el masculino. Y sin embargo la situación de la mujer en la sociedad que habla dicha lengua es oprobiante, a diferencia de lo que ocurre en Francia, España, Portugal, Italia o Rumanía.

–En cuestiones lingüísticas, ¿mejor mantener lejos a los políticos?

–Evidentemente. Hitler y Mussolini sí que lo intentaron, pero el alemán y el italiano les sobrevivieron. Un destacado lingüista, José Antonio Martínez, aprovechó la lección inaugural del curso académico 2006-2007, precisamente en la Universidad de Oviedo, para afirmar que la intencionalidad de la corrección política va en la línea de «erradicar las actitudes y pensamientos nocivos por la vía de reemplazar palabras de uso corriente con neologismos de nuevo cuño», ideados en gabinetes donde generalmente brillan por su ausencia estudiosos de la lengua y mandan los políticos. Y mientras instituciones creadas ad hoc, como las academias, van siempre por detrás y al ritmo de la lengua común, a la que consideran patrimonio exclusivo de sus hablantes, las organizaciones controladas por la política, incluso de origen democrático, parecen confiar más en sus iniciativas voluntaristas que pueden derivar peligrosamente en cierto “despotismo ético o moral”.

–¿Cuáles son las consecuencias de excederse con la corrección política en el lenguaje?

–Dos, sumamente graves: primero, implantar una nueva forma de censura, cuando creíamos que en las democracias existía plena libertad de expresión. Y segundo, “deconstruir” –como diría Derrida– el idioma. Cuando en la URSS, después de la revolución, el lingüista Nicolai Marr propuso que el ruso era la lengua de los zares y la burguesía y había que crear un nuevo ruso soviético, el propio Stalin paró en seco la iniciativa, diciendo que Marr era un mal marxista y argumentando en contra con preguntas como estas: «¿Quién puede necesitar que la variación de los vocablos en la lengua y su combinación en las oraciones no se hagan con arreglo a la gramática existente, sino ateniéndose a una gramática completamente distinta? ¿Qué provecho obtiene la revolución con semejante cambio en la lengua?” y “¿Cómo se puede destruir la lengua existente y crear en su lugar otra nueva en unos cuantos años sin llevar la anarquía a la vida social, sin crear un peligro de disgregación de la sociedad? ¿Quién, de no ser un quijote, puede platearse semejante tarea?”. Pues eso.

–El debate sobre el lenguaje inclusivo no es exclusivo del español. ¿Está al tanto de lo que ocurre en Francia?

–Lógicamente, sigo muy de cerca el asunto desde hace años cuando era secretario primero y director después de la RAE, aunque tengo que decir que la Academia francesa ha reaccionado más tardía y desabridamente que la española. El revisionismo lingüístico vinculado a la reivindicación de un lenguaje inclusivo, que comprende propuestas relacionadas tanto con la ortografía y el léxico como con la gramática de nuestras lenguas dio lugar a una “Déclaration de l’Académie Française sur l’écriture dite inclusive”, aprobada por unanimidad en 2017. Prestando especial atención a las propuestas ortográficas incluidas en el concepto de lenguaje inclusivo –que en francés son sumamente complejas mientras que en español se suelen concentrar en la novedosa utilización de la arroba (@) o de la equis (x)–, los “inmortales” franceses se manifestaron en un comunicado escueto pero no exento de tintes apocalípticos, como se puede apreciar en este párrafo que traduzco a continuación: “La lengua francesa se encuentra actualmente en peligro mortal, del que nuestra nación es desde hoy responsable ante las generaciones futuras».

–¿Vivimos bajo el imperio de los eufemismos

–Siempre han existido. Como decían nuestros sefardíes en la Biblia de Ferrara “y no nada nuevo debaxo del sol”. Por ejemplo, y lo recuerda Robert Hughes en uno de los primeros libros sobre la corrección política, en 1988 el “New England Journal of Medicine” exigía a sus colaboradores, cirujanos o forenses, no escribir nunca la palabra “cadáver”, sino sustituirla por la forma compleja “persona no viva”. Con humor concluía Hughes: «Por extensión, un cadáver gordo es una persona no viva de diferente tamaño». Y pasados los años, la guía práctica para el uso del lenguaje que se propuso en 2000 nada más y nada menos que a la Policía de Manchester contiene un completo repertorio de indicaciones referentes a diversos tabúes, y enumera una larga lista de correspondientes eufemismos, como “ederly” y no “old” para viejo, para referirse a nuestros mayores o a la tercera edad, a la que yo mismo pertenezco. Se debe tener sumo cuidado con todo lo que se relaciona con la muerte, la enfermedad, las adicciones y las discapacidades. Un sordomudo (“deaf and dumb”) será un “deaf without speech”. Remedando aquella referencia ridícula a “cadáver” que comenta irónicamente Hughes, “corpse” debe ser sustituido por “persona no viva” o “metabólicamente diferente”.

–Primar la inmediatez sobre la precisión del mensaje, los mensajes cortos y simplistas, el retorcimiento del lenguaje o el vaciamiento de contenido para no molestar. ¿Cómo está alterando la lengua española?

–Menos de lo que cabría temer. Porque existe algo muy poderoso, que yo llamo el sentido común lingüístico. El problema mayor está en la educación. En el momento en que los políticos, pese a estar en democracia, intenten imponer usos lingüísticos contrarios a la gramática, la ortografía y la libre creación léxica la cosa llegaría a mayores. Entraríamos entonces, quizá, en un escenario parecido al de la distopía de Ray Bradbury, “Farenheit 45”1, en la que, como se recordará, los bomberos se encargan de quemar los libros y hay un movimiento clandestino de rebelión por el que los ciudadanos se aprender de memoria una obra clásica para que no desaparezca.

–¿Cómo están afectando al pensamiento contemporáneo todos esos cambios en el lenguaje?

–El pensamiento se caracteriza por la exigencia de la libertad. Solo si nos mordemos la lengua por exigencias de la corrección política se encenderían las luces rojas.

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