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Legazpi, mágica visita a Oribe

La familia del artista fallecido en 2019 presenta un libro de dibujos y relatos que componen su testamento creativo

Por la izquierda, Alfonso Palacio, director del Bellas Artes; Lucía Falcón, vocal del patronato del Bellas Artes; Diego Martínez, hijo de Legazpi, y la catedrática Soledad Álvarez, ayer, en la presentación de “Gusarapas”. | Bernabé Valle

Por la izquierda, Alfonso Palacio, director del Bellas Artes; Lucía Falcón, vocal del patronato del Bellas Artes; Diego Martínez, hijo de Legazpi, y la catedrática Soledad Álvarez, ayer, en la presentación de “Gusarapas”. | Bernabé Valle

En sus últimos meses de vida, ya enfermo del pulmón, el artista plástico José Manuel Martínez Legazpi (Bres, Taramundi, 1943) regresó a su infancia y se instaló en una villa imaginada llamada Oribe, en el occidente de Asturias, donde pululaban en el margen de existencia decenas de personajes singulares. “Gusarapas”, los llamó. Regresó a sus orígenes apoyado en la memoria de lo que ocurrió pero también auxiliado por la fantasía y el humor. Su objetivo era dibujar los retratos y escribir las historias de aquel mundo. Para Legazpi, fallecido en junio de 2019, el hombre era un ser frágil, agusanado, como las gusarapas, esos animalejos en estado larvario que pululan en los márgenes de los ríos.

Ayer tarde se presentó en el Museo de Bellas Artes de Asturias el libro “Gusarapas”, compuesto por 21 relatos y 44 dibujos, en el que Legazpi recrea todo ese mundo mágico de la imaginaria villa de Oribe. Se trata de un volumen prologado por su hijo, Diego Martínez, y editado por Luis Martínez Legazpi, hermano del fallecido. Se trata de una edición que no saldrá a la venta, pero que está a la espera del interés de un editor para comercializarla. No obstante, estará disponible para consulta en las bibliotecas públicas de Vegadeo, en la Pérez de Ayala de Oviedo, la del Museo Arqueológico y la del Muséu del Pueblu d’Asturies.

“Gusarapas” es el testamento creativo de Legazpi, un hombre que tocó todas las disciplinas artísticas y que en sus últimas series (“Billy Conejo”, “Perra vida” y “Santos inocentes”) mostraba su preocupación por la condición humana y por los personajes situados en la marginalidad, como destacó en la presentación Soledad Álvarez, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo y comisaria de las exposiciones de Legazpi, principal experta en su obra. Álvarez emparentó “Gusarapas” con esas últimas series del artista taramundés. Habló de los textos –“En la línea de la mejor tradición literaria española; fue un verdadero clásico escribiendo”– y de las ilustraciones, donde resulta magistral el manejo de la mancha, hasta alcanzar una sorprendente hondura en algunos de los retratos. Y en el origen del libro, en la base de este viaje a la infancia vivida y también fantaseada, siempre una “actitud vital y el humor”, subrayó la catedrática, que ilustró la presentación con la proyección de algunos de los hombres y mujeres retratados por Legazpi en este libro: Caracaballo, El Rajao, el cura don Aurelio, Advertida y el cabo Perales, María Lagañas... Todos ellos “personajes entrañables, imagen de la fatalidad del destino, pero tratados siempre en tono humorístico”, indicó Soledad Álvarez.

Lucía Falcón, miembro del patronato del Bellas Artes, historiadora del arte y amiga de la familia, también glosó la figura de Legazpi, de quien subrayó su generosidad, su cultura y la habilidad como acuarelista y dibujante, algo que exhibe especialmente, en “Gusarapas”. Indicó que este libro, hecho en sus últimos momentos por un hombre que siempre estaba dibujando y con ansia de conocimiento, es “el regreso al lugar donde nació, una vuelta a casa como la de Ulises”. Falcón también expresó su deseo de que el Museo de Bellas Artes dedique una gran exposición a Legazpi.

Diego Martínez, hijo del artista, tomó la palabra para recordar que su padre “siempre trabajó entre polvo y fibras de vidrio que, si no se manipulan debidamente, son un veneno”. Por ello “no sé si murió por su arte o fue su arte el que lo mató”, añadió. Diego relató que “en 2017, cansado y con los pulmones mal, empezó a tomárselo con más calma. En el dibujo, su pasión, encontró el remedio a sus malestares, se dedicó también a escribir, quitándose la losa de artista y haciendo su voluntad”.

El hijo de Legazpi también expresó su agradecimiento “a los amigos de LA NUEVA ESPAÑA para sacar adelante la edición” de un libro que aún está esperando a un editor interesado en hacer una edición comercial. Legazpi es el autor de la estela que LA NUEVA ESPAÑA entrega a los distinguidos con el premio “Asturiano del mes”, un símbolo de bronce que durante años han recibido, mes a mes, los hombres y mujeres que más han sobresalido en sus respectivas actividades y que han contribuido de manera destacada al bien común.

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