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Hoy es siempre todavía Ramón Gallego Árbitro de balonmano

“He asistido a siete Juegos Olímpicos; este verano volveré a verlos en la tele, como en 1988”

“Dejé un contrato fijo y un puesto de jefe de turno en Ensidesa a los nueve meses porque me impedía seguir con el balonmano”

Ramón Gallego, en el puerto deportivo de Gijón.  | MARCOS LEÓN

Ramón Gallego, en el puerto deportivo de Gijón. | MARCOS LEÓN

Ramón Gallego (León, 1956) asistió a los siete últimos Juegos Olímpicos. Renunció a ir a los octavos como jefe del arbitraje internacional del balonmano.

–Veré los Juegos Olímpicos por televisión, algo que no hago desde 1988. Los veía de modo tan intensivo que casi me llevaban la comida. Los primeros que seguí fueron los de Moscú 80.

Dimitió de la Comisión de reglas de juego y árbitros de la Federación Internacional de Balonmano (IHF) por discrepancia con el presidente, Hassan Moustafa.

–¿Qué tal lo lleva?

–Física y mentalmente muy bien después de dos semanas de estrés a nivel mundial.

–¿Por qué tomó la decisión?

–Era mejor irme: llevo mucho tiempo y solo los idiotas se creen imprescindibles. La decisión ha sido única en el balonmano. Mucha gente me ha felicitado y he tenido que atender prensa de países nórdicos, de Alemania y de España.

–¿Se pierde conocer Japón?

–No, en 1997 arbitré la final del Mundial y en 2019, el Mundial femenino. En febrero de 2020, fui a los preparativos como delegado internacional del balonmano para los Juegos Olímpicos. Había un crucero detenido por un virus y pensaba “¡qué exagerados son!”.

–Y en seguida, pandemia. ¿Cómo llevó el confinamiento?

–Bien. Descubrí el circuito de casa, 15 metros y a correr. Las videoconferencias online seguirán porque ahorran dinero y tiempo en viajes, pero dan un trabajo de preparación que no se valora.

–¿Cuántos países conoce?

–Más de 80, en los 5 continentes. Los últimos 4 años atendí en casa a 200 países. El balonmano no me ha dado dinero, pero sí conocer gente y respetar a los que están en las antípodas.

–Por ejemplo.

–En Qatar y Baréin aprendí a tratar con gente de cultura diferente, que no es fácil que confíe en ti.

–Ascendió a árbitro internacional hace 36 años. ¿Y ahora?

–Haré una vida normal: estar en casa, con la familia... ir a conferencias, exposiciones, teatro, leeré... como hasta ahora no he podido hacer. Seguiré practicando deporte individual. La vida sigue.

–¿El verano?

–Entre Gijón, donde vivo desde los 3 años, y mi pueblo en León, Valdesaz de los Oteros.

–Arbitrar no parece relajado.

–No. Es una mentalidad especial. Necesitas verlo todo desde una perspectiva neutra, cero grados, como el chiste. Nada es personal y hay que aplicar las reglas. Lo hago en la vida, donde hay más tiempo para pensar que la décima de segundo en la que han de funcionar lo que has visto, tu experiencia y el conocimiento del reglamento. Aun así cometes errores como persona.

–En la vida no hay dos árbitros, como en el balonmano.

–No, muchas veces tomas las decisiones solo. Estaba en contra del arbitraje en pareja y quería empezar con el individual.

–¿Por qué?

–Asciendes en pareja hasta que terminas y tantos años juntos no es bueno. No es bueno depender de alguien que se puede lesionar, tener problemas sentimentales, económicos, profesionales, sociales. Antes viajabas y compartías habitación. A alto nivel pasas más tiempo con tu compañero que con tu mujer y es más complicado que un matrimonio.

–¿Por qué se rompe una pareja de árbitros de balonmano?

–El carácter, el estrés, las circunstancias.

–Su pareja fue Pedro Lamas. En 3 años llegaron a Primera División y en 1982, a División de Honor. En 1986, internacionales. Acabaron en 2000. ¿Se ven?

–No. Yo seguí en el balonmano, él no. Nos llevamos correctamente.

–¿Son cansados los Juegos Olímpicos?

–Lo serían si fueras a disgusto. Mis juegos de Río fueron 3 días de asentarse y 16 de balonmano, de las 7.15 a las 00.15, pendiente de preparar algo. Una tarde escapé a las 6 para ver a Nadal ganar oro en dobles, a Mireia Belmonte y el baloncesto de EE UU. Otro mundo.

Ramón Gallego es el mayor de los cuatro hijos de Silvino Gallego, maestro industrial leonés que vino a trabajar a Uninsa, y de Maxi Santos, ama de casa. Se instalaron en Pumarín y a los tres años se mudaron al barrio La Arena, donde sigue viviendo.

–El balonmano era el deporte del colegio Corazón de María.

–Por José Antonio Roncero, el seleccionador nacional. También había básquet, pero no fútbol.

–Un deporte felino, de salto y zarpazo.

–Peculiar, donde ahora hay gente de dos metros muy ágil.

–Empezó a jugarlo con 10 años, estuvo en el Sporting y empezó en el arbitraje organizando un torneo infantil. ¿Tenía un plan?

–No, descubrí el ambiente agradable, que podía seguir haciendo deporte y que no se me daba mal. Puedes arbitrar fútbol sin haber jugado, pero en balonmano necesitas la experiencia de saber qué ha pasado “casi” sin haberlo visto. Y para prevenir. Los chicos y las chicas están preparados para golpes y choques duros, pero hay tensión y es mejor tomar decisiones antes de que ocurra nada.

Fue profesor de expresión gráfica CAD en la Escuela Politécnica de Ingeniería hasta hace dos años, Su mujer, María Dolores, se prejubila de higienista dental. Tienen una hija Alba, periodista por Salamanca, máster en marketing digital, que trabajó 3 años en Londres y 5 en Barcelona, y acaba de contratarla Inditex en La Coruña.

–¿Cómo conoció a su mujer?

–Por la calle, cuando había acabado de estudiar y empezábamos a buscarnos la vida. En 1988 entré en Ensidesa como ingeniero técnico jefe de turno, nos casamos, dejé Ensidesa a los 9 meses y entré en la Universidad. Cambié un contrato fijo y a mi padre casi lo mato, pero de haber seguido tendría que haber dejado el balonmano.

–Fue concejal socialista en Gijón de 2011 a 2015.

–Como independiente. José María Pérez me ofreció que llevara los deportes. Es cansado. Decir político suena negativo, pero recomendaría que todos los ciudadanos pasen por ahí y vean la realidad. Un nórdico me dijo hace años, generalizando, “en mi país los ciudadanos están orgullosos de sus políticos y los políticos están orgullosos de sus ciudadanos”. La responsabilidad de decidir sobre la vida de los demás es enorme, incluso a nivel localín. Dejé amigos como Gabriel Díaz, del PP, o Fernando Couto, de Foro, con el que corrí la maratón de Nueva York.

–Ha hecho seis maratones.

–Desde 2005, en Madrid, uno cada dos años. Hasta entonces el arbitraje no lo hacía recomendable. Corro contra mí, sabiendo cómo voy y mientras que se pueda. El atletismo es el rey de los deportes. El grupo de 10 amigos que corremos maratones es Only Finisher. Cirujanos, periodistas, abogados, empresarios, diseñadores...

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