Hundirse. Resurgir. Marchitarse. Florecer. La vida es un largo lío intranquilo de necesidades y urgencias que convierten los sentimientos en volcanes que fingen dormir. Paula Fernández-Miranda Marín reabre en los poemas de “De aquellas ruinas, estas flores” un paisaje de heridas que hablan, de heridos que callan.

Son versos que buscan las distancias cortas, versos de tornillo que engarzan emociones a bocajarro. Pieles escondidas que salen a la aventura del vivir tenso e intenso, palabras que te pueden matar en su reino de bronce, escaparates en los que las sílabas sueñan con amar las miradas que pasan cerca, que se alejan tan pronto.

“Cuando descubrí mi valía / me puse en venta”. Es un camino de aprendizaje, una vía abierta a los paraísos donde las cenizas cobran vida y las imágenes cristalizan de forma poderosa y sugerente: piernas como percheros, niños pintores aunque mancos, pantanos solitarios donde se ahogan lo que fuimos, o lo que nunca seremos.

Besos podridos, rencores expectantes de quien no acepta perdones: la memoria se nutre de contradicciones que laten como corazones extraños.

El desamor como fuente de inspiración sedienta, tipografías de pasado cautivo, pensamientos errantes y oraciones sin fe. Besos podridos, rencores expectantes de quien no acepta perdones: la memoria se nutre de contradicciones que laten como corazones extraños. ¿Por qué desear unas zapatillas de ballet cuando nunca se ha bailado ballet? Buena pregunta: una de las muchas que han estas páginas de interrogantes y exclamaciones en susurros, princesas desencantadas, almas dulces y camas amargas, mariposas exhaustas entre luces de dolor, gimnasios de sentimientos para entrenarlos en el arte de la tristeza enmascarada. Los días de lluvia son hermosos porque “parece que no soy la única que llora”. El amor que viene y va como estribillo de una canción que es vaivén: “Adiós, amor”. ¿Adiós al amor? No lo parece. Es un libro luminoso incluso en sus sombras y, al final, la poesía que salva vidas también ayuda a sobrevivir a los naufragios: la isla de las palabras aguarda para darnos sentido, para recomponernos: estas flores son lo más bello que acogieron aquellas ruinas.