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"Pasear por la calle Uría arriba y abajo buscando un ligue me parecía muy aburrido": así contaba Menchu cómo llegó a la radio

Las hermanas Álvarez del Valle, Menchu y Marisol, vieron reconocidas sus vidas laborales por la Academia de la Radio en 2013

Menchu Álvarez del Valle, con compañeros.

Menchu Álvarez del Valle, con compañeros.

Este es un artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA en 2013



La madre de Menchu Álvarez del Valle y Marisol del Valle emitía una onda muy especial. Se llamaba Plácida y, confirma la mayor de las hermanas, «tenía una voz maravillosa, y la conservó hasta el día de su muerte, con 97 años. Y mi padre también leía muy bien. Nos hacían leer muchísimo en voz alta: poesía, obras de teatro... Y corregían cualquier error». Esa devoción por la voz se transmitió a las hijas. «Cuando tenía 14 años, escuchaba mi voz dentro de mi cabeza, y cuando leía podía oír mis palabras», cuenta Menchu.

Sabía al instante el tono que me parecía justo y adecuado para expresar lo que sentían los personajes o el autor del poema. Sí, en mi casa siempre se habló mucho, organizábamos unas tertulias tremendas y se opinaba de todo con ánimo positivo». Menchu Álvarez del Valle estaba en el cuadro de teatro de Educación y Descanso cuando la descubrieron para la radio. « Cuando llegué de León aquello de pasear por la calle Uría arriba y abajo buscando un ligue me parecía muy aburrido. En ese cuadro, precisamente, conocí al que sería mi marido.

Una jovencísima Menchu Álvarez del Valle.

Un día, uno de los hermanos Toyos, de Radio Asturias, nos vio ensayar y dijo: qué bien lo hacéis, ¿queréis repetirlo en la radio? Y nos fuimos a hacer una obra. Estuvimos como un mes haciendo cosas. Y de ahí pasamos a Radio Oviedo, donde teníamos la ventaja de que no había medios, así que podíamos crear los programas que quisiéramos. Teníamos la cabeza echando humo permanentemente a la busca de ideas. Y ahí entra en escena mi hermana Marisol. Con 9 años la llevé para que participara en un cuento infantil, “ El hada ilusión”, creado por mí.

Ella ponía voz al conejito, a la ratita... Así le entró el virus radiofónico». Hábleme de ella. «¿ Marisol? Tiene una voz maravillosa, una voz de soprano extraordinaria. Recibió clases de cante de un gran profesor... cómo se llamaba... nada, no me acuerdo, bueno el caso es que era excelente, y muy claro: o cantas o hablas, le dijo, porque la impostación de voz es diferente. Y ella se decidió por la radio. Fuimos durante mucho tiempo compañeras, pero nunca competimos entre nosotras». Y en casa, la mejor de las críticas: « Mi madre nos decía: hoy no habéis dado ni una, ni un punto ni una coma en su sitio.

Hasta que un día nos dijo: ¡qué bien! Y fue la noticia más maravillosa que podíamos recibir, ni premios nacionales ni nada: el elogio de nuestra madre». Una madre que se creía a pies juntillas lo que anunciaban sus hijas: « Un día pusimos voz a una cuña de un detergente, que si es maravilloso, que si está la ropa limpísima, ideal de la muerte, vaya. Y fue mi madre y compró el detergente, claro, como para no hacerlo. Y lo usó. Y cuando llegamos a casa la encontramos medio llorando. Pero mamá, qué te pasa. Y qué iba pasar, que la ropa lavada con el dichoso detergente estaba quemada. En fin, ahí nos dimos cuenta de que convencíamos hasta a nuestra madre». Marisol del Valle decidió irse de Asturias en busca de otros horizontes profesionales. Su hermana se quedó en su tierra. « Me hicieron ofertas para irme a Venezuela, pero si hago lo que quiero donde quiero, soy la mujer más afortunada del mundo. Además, tenía a mi marido y a mis hijos. No necesitaba aventuras». Aunque Menchu lleva ocho años a Marisol, asegura que nunca se notó que hubiera diferencia de edad entre ellas.

Marisol del Valle decidió irse de Asturias en busca de otros horizontes profesionales. Su hermana se quedó en su tierra. « Me hicieron ofertas para irme a Venezuela, pero si hago lo que quiero donde quiero, soy la mujer más afortunada del mundo.

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« Marisol fue siempre una niña muy madura. ¿Sabes que pinta muy bien? Me da mil vueltas...» La suya es una amistad cultivada día a día, «con una complicidad enorme y una confianza absoluta». Y eso que el día que Marisol nació... «Mira, me la pusieron en brazos y tenía unos ojos de mala uva (y además aquellos ojos negros enormes) que ni te cuento. Meca, pensé, a ver si nos vamos a llevar mal... ¿ Pelusa? Bueno, algo de eso debió de haber, porque sé que una tía me llevó con ella una temporada, pero poca cosa». Ambas vivieron momentos duros: «Quizá la vida me ha dado más golpes a mí, pero ella también sabe lo que es sufrir».

Ella. Marisol. La mujer que también fue hechizada por la radio. Felizmente hechizada. Mejor lo cuenta ella: «Esa pasión se nos despertó a ambas más o menos al mismo tiempo. Como no había televisión ni radio, salvo una galena que se oía fatal, el entretenimiento familiar era leer en voz alta obras de teatro o poemas, y luego lo comentábamos. Era una formación divertida e interesante. Y yo, por mi cuenta, recitaba mucho a mis compañeros en el liceo asturiano. Un día, sin decirme nada, me apuntaron a un concurso de radio y lo hice fatal, se me olvidó la poesía a la mitad, pero el fracaso no me hizo daño en la vocación».

Siempre fue muy tímida. «Y lo sigo siendo, pero es un acicate, no un obstáculo. La radio tiene una gran ventaja, y es que los que te escuchan no te ven, ni los ves. De hecho, cuando hice televisión en la avenida de La Habana fue muy duro, porque había espectadores. En cambio, cuando doy clases no tengo problema, se crea con ellos una especie de empatía y les daba todos mis trucos para que leyeran bien un texto». Siempre tuvo una gran afición por el lenguaje y la dramática, coronada ahora por la tesis que está escribiendo sobre la entonación del español en los medios de comunicación: « Cuando dejé la radio me dediqué a la formación de futuros profesionales, y también a la formación de comunicadores de marketing telefónico.

El gran problema de la gente que trabaja con los teléfonos es que sufre mucho en las cuerdas vocales, y yo les daba cursos. Estuve siete años así hasta que lo dejé por la tesis». Escuchó su propia voz por primera vez gracias a un «magnetófono de hilo que se rompió en seguida. Y no me gusté, de hecho nunca me gustó mi voz grabada. Un día, sin embargo, estaba grabando a mis hijos cuando eran muy pequeños para tener su registro, y la voz que les ponía para animarles sí me gustó. En ese momento aprendí algo importantísimo: aprendí a usar un registro natural que no tenía en la radio.

La suya, la de las hermanas, es una amistad cultivada día a día, «con una complicidad enorme y una confianza absoluta». Y eso que el día que Marisol nació... «me la pusieron en brazos y tenía unos ojos de mala uva que ni te cuento"

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Y me pregunté: ¿cómo puedo hacer yo para ser más madre de mis hijos ante el micrófono? Eran tiempos de radio muy enfática, muy impostada, y gracias a mis hijos saqué mi voz más natural». Su madre tenía «un gran oído, con mucho sentido crítico, iba a conferencias, al cine... Sabía lo que estaba bien entonado y lo que no. Mi padre era más dramático, nos corregía la forma de construir las frases, nos daba la vara con la gramática. En su momento no lo apreciamos, pero con el tiempo te das cuenta de que fue una escuela impresionante.

Cuando le preguntábamos qué significaba una palabra, él nos decía: mira en el diccionario». ¿ Alguna espina clavada? « Hubo una época en la que el director de programas siempre era un hombre, estuviera mejor preparado o no que una mujer. Hasta que pude dirigir mi propio programa, ya en los años 80, tuve que ver cómo me adelantaban otros compañeros, aunque yo supiera más o tuviera más experiencia. Yo les ayudaba, por supuesto, aunque luego fueran ellos los que llevaran las medallas. Fue duro, sí». Cuando llegó a Madrid se llevaba la radio espectáculo, no había televisión y se hacía de cara al público, en un teatro donde Bobby Degláné había montado algo impresionante.

Menchu Álvarez del Valle, en su puesto de locutora.

Colgaban carteles en la Gran Vía con fotografías nuestras a tamaño natural. Ni Sara Montiel. Pero fue duro para mí. Ya sabes, la timidez...» Y un día la llamó una señora en agosto. « Hacía un calor que achicharraba, y muchísimas personas se quedaban solas en su piso. Aquella mujer estaba enferma, no tenía quién la atendiera y durante una semana no pudo levantarse de la cama. Y me dijo que la había mantenido con vida gracias a mi voz alegre y simpática, como si le dijera: sigue viviendo, te estoy acompañando. Ya partir de entonces me di cuenta de lo mucho que podía influir tu voz en los demás, y tuve muchísimo cuidado de no contaminar a la gente con ella.

Si llegaba con mala uva al micrófono, me lavaba el coco antes para quitarme los malos ánimos y me ponía alegre». ¿Y por qué se fue de Oviedo? « Veía que allí no iba a hacer mucho, Menchu era la estrella, era alguien muy importante, y yo sería siempre la última del barrio. Así que se convocó una oposición en la Voz de Madrid, me presenté y la gané. Todo cambió. En Asturias había poco espacio para dos mujeres con ambiciones». Y cada una tomó rutas distintas pero nunca distantes. Siempre cerca como compañeras.

Como hermanas. Como amigas. Dos hermanas con buena onda Marisol del Valle hizo carrera en Madrid porque « Menchu era la estrella y no había sitio para las dos en Asturias», y su hermana confiesa: « Ella me da mil vueltas» Menchu: « Nuestra madre nos corregía mucho hasta que un día nos dijo: ¡qué bien! Fue nuestro mayor premio» Marisol: « Yo siempre he sido muy tímida, y la radio tiene una gran ventaja: los que te escuchan no te ven ni los ves tú a ellos» Marisol del Valle, de pie, y Menchu Álvarez del Valle, en la casa de la primera en Madrid.

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